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Más que un expresidente, más allá del PSOE: por qué la imputación de Zapatero puede ser una herida letal para la izquierda

Más que un expresidente, más allá del PSOE: por qué la imputación de Zapatero puede ser una herida letal para la izquierda

José Luis Rodríguez Zapatero no sólo ha sido líder del Ejecutivo, también ha sido el referente de la izquierda —dentro y fuera de los socialistas— que más lejos ha llegado en la política institucional. Ahora, todo puede desmoronarse.

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.
El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero.Europa Press via Getty Images

Dicen que no es lo mismo que te ponga los cuernos una novia que el amor de tu vida. Igual que no se vive del mismo modo la separación de Oasis que la hipotética de Estopa, ni una traición de Mbappé al Real Madrid que la imposible de Toni Kroos. Hay personas y símbolos que uno da por inquebrantables; lugares seguros en los que nunca hace falta echar la vista atrás, aquellos donde puedes bajar la guardia; figuras que parecen pertenecer a ese pequeño grupo de certezas emocionales que jamás fallan o, al menos, de las que nunca imaginarías una decepción. Hay golpes que terminan convertidos en anécdota de terraza y caña, en una historia que se cuenta entre risas unos días después. Y hay otros que dejan un vacío extraño, difícil de explicar y todavía más de rellenar.

Para buena parte de la izquierda española, lo conocido esta semana sobre la imputación del expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en el caso 'Plus Ultra' pertenece claramente a la segunda categoría. No se trata únicamente de un antiguo líder socialista. Zapatero fue el presidente que anunció el final de ETA, quien impulsó el matrimonio igualitario y quien convirtió los avances sociales en la gran bandera de una etapa política: la ley de dependencia, el permiso de paternidad, la ley antitabaco, la ley de memoria histórica, la regularización de migrantes o la ley contra la violencia de género forman parte de un legado político que incluso muchos de sus adversarios ideológicos han terminado reconociendo con el paso del tiempo. A ello se suma un dato que durante años reforzó su imagen pública: ninguno de sus ministros había quedado salpicado por grandes tramas de corrupción, algo anómalo en la historia democrática.

Sin embargo, la dimensión política de Zapatero trascendió hace tiempo el simple papel de expresidente. Desde su salida de La Moncloa, se convirtió en algo parecido a un referente moral e ideológico para amplios sectores progresistas, incluso más allá de las fronteras del Partido Socialista. Para muchos dirigentes de izquierdas, representaba la prueba de que era posible gobernar desde posiciones progresistas sin renunciar a una agenda de transformación social profunda, aunque siempre se quedara corto. Era, en cierto modo, la figura institucional que más cerca había conseguido situarse de la izquierda alternativa sin abandonar nunca el aparato del PSOE.

Zapatero fuera del Partido Socialista

La reacción de Gabriel Rufián resume bien el sentir del espacio progresista. "Estoy jodido", confesó este miércoles el portavoz de Esquerra Republicana tras conocerse el auto judicial elaborado por el magistrado José Luis Calama, que apunta a presuntos delitos de tráfico de influencias, organización criminal y blanqueo de capitales. No hablaba únicamente en nombre propio. "A mucha gente de izquierdas en este país, más allá de sus banderas, se les rompe el corazón", añadió. Y probablemente no exageraba. La conmoción no responde sólo a la gravedad de las acusaciones, sino al hecho de que afectan precisamente a una de las figuras más respetadas y emocionalmente protegidas dentro del espacio progresista.

La admiración de Rufián hacia Zapatero viene de lejos. Ya en una entrevista concedida en 2023 en La Fábrica —un espacio mediático del portavoz de ERC—, el dirigente republicano le preguntaba cómo llevaba el hecho de que "casi todos los líderes de la izquierda, incluso a la izquierda del PSOE", hablaran bien de él. "Yo me incluyo", admitía entonces. Esa cercanía no era casual. La labor de intermediación desarrollada por Zapatero en algunos de los principales conflictos y negociaciones políticas de la última década reforzó enormemente su prestigio entre partidos tradicionalmente alejados del puño y la rosa. Su implicación en el conflicto catalán y su papel en la distensión política posterior al procés consolidaron una relación de respeto mutuo con sectores independentistas que históricamente habían sido muy hostiles al PSOE y al propio Zapatero después de que fuera su Gobierno quien aprobara el estatut que desencadenó el conflicto. 

Pero la influencia del expresidente del Ejecutivo no se limitó a Cataluña. También fue una pieza clave en la arquitectura política de la izquierda estatal durante los años más convulsos de fragmentación parlamentaria. En la primera investidura de Pedro Sánchez, desempeñó un papel decisivo para acercar posiciones entre Unidas Podemos y el Partido Socialista, facilitando así el nacimiento del primer Gobierno de coalición de la democracia reciente. Incluso, en la segunda vuelta de la votación, Pablo Iglesias llegó a revelar desde la tribuna del Congreso que una persona "con mucha autoridad dentro del PSOE" le había aconsejado desbloquear las negociaciones mediante la cesión de competencias en políticas activas de empleo. Aquella figura era Zapatero, que le insistía en la necesidad de "ser flexibles" y aprovechar "la oportunidad histórica".

La sintonía también se extendió a Yolanda Díaz y al espacio político que posteriormente daría forma a Sumar. Durante años, la vicepresidenta ha reivindicado públicamente la capacidad del expresidente para "comprender las nuevas sensibilidades progresistas" y para "interpretar los cambios sociales" del país. Zapatero actuó, además, como mediador entre Podemos y Sumar en una de las innumerables crisis de la izquierda y cuando la lista era el punto de discusión para los comicios de verano de 2023, contribuyendo a una candidatura conjunta que terminó siendo fundamental para la reedición del Gobierno de coalición y para que Sánchez prosiguiera en Moncloa. 

Por eso, la posible caída de Zapatero tiene una dimensión que trasciende lo judicial y golpea directamente en el terreno simbólico. Durante años, buena parte de la izquierda construyó alrededor de él una imagen casi excepcional dentro de la política española: la del dirigente que había sabido abandonar el poder sin degradarse públicamente, manteniendo una posición respetada incluso por quienes nunca le votaron. "Es el expresidente que mejor ha envejecido", han repetido hasta la saciedad dirigentes y analistas progresistas cada vez que comparaban su figura con la de otros antiguos líderes políticos o incluso de la anterior etapa del PSOE.

Mientras Felipe González se alejaba progresivamente de las posiciones del Partido Socialista y se aproximaba a discursos más en la órbita incluso del Partido Popular, Zapatero ocupó el espacio contrario: el del expresidente reivindicado constantemente por la militancia socialista y admirado por sectores de la izquierda que ni siquiera pertenecían al partido. Se convirtió en una especie de refugio emocional para el progresismo español, en la demostración de que era posible dejar huella política sin terminar convertido en caricatura de uno mismo. Algo que, fuera del Partido Socialista, también ha sucedido de forma habitual. 

Además, su papel internacional y su implicación en procesos de mediación, especialmente en Venezuela, reforzaron esa percepción de dirigente con capacidad de buscar soluciones por las vías diplomáticas. Aunque su función en América Latina siempre estuvo rodeada de controversia y críticas desde la derecha, dentro de buena parte de la izquierda se valoraba como un intento de buscar salidas dialogadas y democráticas en escenarios especialmente complejos. Con el paso del tiempo, Zapatero terminó convirtiéndose en la bestia negra del Partido Popular, uno de los principales objetivos a batir y un activo que ha usado Sánchez hasta hace dos telediarios en cada una de las campañas electorales que afrontaban los socialistas, la última, la más reciente: Andalucía. La inquina crecía de forma exponencial especialmente cada vez que reivindicaba algunos de los hitos de su Gobierno, como cuando recordó en una entrevista en la COPE que "fue bajo mi mandato y no con otro cuando se terminó con ETA".

La imputación del expresidente, por tanto, no supone únicamente un problema político para el PSOE. Representa algo mucho más profundo para el imaginario colectivo de la izquierda española: la caída simbólica de uno de sus referentes más sólidos. Zapatero era, para muchos, "el de él no me lo esperaba"; la respuesta fácil cuando se preguntaba "quién había sido el mejor presidente de la democracia"; la "prueba" de que un político podía abandonar el poder y conservar intacta cierta dignidad pública.

Lo que ocurra judicialmente a partir de ahora es incierto. Las investigaciones apenas comienzan y todavía queda un largo recorrido por delante para determinar si es culpable o inocente; por el momento, el 2 de junio, cuando comparecerá ante la Audiencia Nacional. Pero el daño emocional ya está hecho porque, como se ha repetido a lo largo de la semana, los indicios existen. Y en política, especialmente cuando se trata de símbolos, las heridas sentimentales suelen ser mucho más difíciles de cerrar que las puramente partidistas o judiciales. Para una izquierda acostumbrada en los últimos años a resistir desgaste tras desgaste, golpe tras golpe y decepción tras decepción, la sensación esta semana no ha sido sólo la de un nuevo escándalo, sino la de haber quebrantado una de sus pocas certezas.

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Redactor de Política en El HuffPost. Graduado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid, ha trabajado en elDiario.es, El Confidencial y Redacción Médica. Además de la actualidad política e informativa, ha cubierto efemérides como la DANA o la erupción del volcán de La Palma, realizado entrevistas a raperos o elaborado reportajes sociales, especialmente sobre migración y vivienda.

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