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23/08/2015 10:41 CEST | Actualizado 22/08/2016 11:12 CEST

Historias diarias de humanidad

Me siento muy orgullosa cuando ahora vuelvo a las zonas afectadas de Vanuatu por el huracán Pam y veo que los niños van a la escuela en espacios temporales bajo las tiendas provistas por UNICEF mientras se reconstruyen sus escuelas. Desde el ciclón hasta finales de julio más de 6.000 niños pudieron volver a clase en estos espacios.

Imagen: Rebecca Olul, trabajadora de UNICEF, con la pequeña Pam, que nació en el punto álgido del ciclón Pam.

Estaba trabajando en Port Vila cuando el ciclón tropical Pam devastó Vanuatu el 13 de marzo de 2015. Mi familia vive en Vanuatu. El ciclón Pam es el mayor que se ha vivido nunca allí. Hubo un momento durante el ciclón en el que pensé: "¡Ya está! ¡Mi casa no podrá superar esto!", mientras abrazaba a mis hijos para que se durmieran. A la mañana siguiente, recuerdo que nada más despertarme fui a la casa a comprobar los daños. Se podía ver todo el barrio, de una punta a otra. Los árboles que no se habían caído casi no se sostenían en pie y no tenían ni ramas ni hojas. Los postes de electricidad y las señales se habían caído.

Yo formaba parte del equipo de evaluación rápida que voló a Tanna, en la provincia de Tafea, al sur de Vanuatu. Fui con compañeros del equipo de Coordinación y Evaluación de Desastres de Naciones Unidas y con un equipo médico para rescatar a una niña que resultó herida en el ciclón y había perdido a dos familiares. Recuerdo que cuando miré por la ventanilla del avión, solo pude llorar. Parecía que un fuego enorme había arrasado la isla.

Viajé a varias provincias en las semanas y meses siguientes como parte del apoyo de UNICEF al Gobierno de Vanuatu. La logística para llegar a alguna de las islas afectadas era complicada y muchas veces el viaje se convertía en muchas horas en un bote en condiciones peligrosas. Pero un día fue muy especial para mí. Una profesora de preescolar había tenido un bebé, al que llamó Pam. La escuela en la que trabajaba esta profesora había sufrido muchos daños por el ciclón, pero ella seguía dando clase a dieciséis niños temporalmente en su cocina. Esta es la capacidad de sobreponerse que yo admiro de las personas de Vanuatu.

Me siento muy orgullosa cuando ahora vuelvo a las zonas afectadas y veo que los niños van a la escuela en espacios temporales bajo las tiendas provistas por UNICEF mientras se reconstruyen sus escuelas. Desde el ciclón hasta finales de julio más de 6.000 niños pudieron volver a clase en estos espacios.

Para mí, ser una trabajadora humanitaria significa proteger a las personas en el momento que más lo necesitan, cuando las estructuras que normalmente tienen que protegerles ya no están. Después del ciclón vi a compañeros que habían vivido el impacto del ciclón en sus hogares volver a trabajar para ayudar en lo que podían. Para alguno de ellos esto suponía que podían pensar en otra cosa, más allá de la situación en sus casas, durante unas semanas. Fue un gran aprendizaje para mí haber formado parte de esto.

El Día Mundial de la Acción Humanitaria, celebrado el pasado 19 de agosto, es un día para rendir homenaje a aquellos que han perdido su vida en emergencias, pero también para celebrar el espíritu que inspira el trabajo humanitario en todo el mundo. Estoy orgullosa de ser parte de esta comunidad global que se levanta unida por la humanidad.