Cecilie Brons, arqueóloga: "Una estatua de mármol blanco no estaba destinada a ser percibida como piedra: se suponía que debía parecerse a un dios o diosa real"
El arte como experiencia inmersiva.
Durante siglos, la imagen del arte clásico ha estado dominada por una idea casi incuestionable: esculturas de mármol blanco, frías, perfectas e inmutables. Una estética que ha marcado museos, libros de historia y el imaginario colectivo. Pero la ciencia lleva tiempo desmontando ese mito. Y ahora, un nuevo hallazgo añade una dimensión inesperada: el olor.
Según recoge una investigación de la arqueóloga y conservadora del museo Glyptotek de Copenhague, Cecilie Brons, citada por eldiario.es y publicada en el Oxford Journal of Archaeology, las esculturas de la antigua Grecia y Roma no solo estaban pintadas con colores vivos, sino que también podían estar perfumadas.
Una práctica que transforma radicalmente la forma en la que entendemos el arte clásico y que revela que estas obras mundialmente admiradas y conocidas no estaban pensadas como objetos estáticos, sino como experiencias sensoriales completas.
El fin del mármol blanco
La idea de las esculturas completamente blancas ya había sido cuestionada en las últimas décadas, ya que estudios científicos y exposiciones han demostrado que muchas estaban decoradas con pigmentos intensos. Pero Brons va un paso más allá.
En su investigación, subraya que el problema no es solo el color, sino la percepción misma de estas piezas, y hace hincapié en que esto demuestra que antaño la concepción del arte era radicalmente distinta a la actual.
"Una estatua de mármol blanco no estaba destinada a ser percibida como una estatua de piedra. Se suponía que debía parecerse a un dios o a una diosa real", ha explicado la arqueóloga, haciendo referencia a que las esculturas no eran solo objetos para observar en silencio, sino elementos activos dentro de rituales.
El arte que también se olía
El descubrimiento más llamativo del estudio es la dimensión olfativa que tenía el arte clásico. Algo que hoy en día nos puede sonar muy extraño, la investigadora ha matizado que en esa época era una práctica totalmente normal.
De hecho, según Brons, el uso de perfumes y aceites no era solo decorativo, sino algo esencial para entender todo el significado de la obra. "Admirar una estatua en la antigüedad no era solo una experiencia visual, sino también olfativa", ha asegurado Brons.
Una manera de entender el arte que cambia por completo la relación entre el espectador y la obra. Frente a la simple y, a veces, incluso frenética contemplación de hoy en día, en la antigüedad el arte implicaba una experiencia inmersiva: ver, oler e incluso tocar.
El olor, en este contexto, tenía un significado profundo: podía estar vinculado a lo divino, a la pureza o a la presencia simbólica de la deidad representada. El objetivo era que la estatua no pareciera una piedra, sino algo vivo, cercano, casi humano.
Textos antiguos que lo confirman
Asimismo, el estudio no se basa únicamente en análisis arqueológicos, sino que también recurre a fuentes clásicas que ya mencionaban estas prácticas. En concreto, autores como Cicerón describían cómo las estatuas eran ungidas con aceites perfumados de manera habitual, un ritual común en templos y espacios sagrados.
Un ejemplo especialmente revelador se encuentra en la ciudad de Segesta, donde una estatua de Artemisa era tratada con esencias y fragancias. Además, inscripciones halladas en la isla griega de Delos indican que algunas esculturas eran frotadas regularmente con perfume de rosas. Y, según los investigadores, todo apunta a que esta práctica estaba institucionalizada.
Talleres de perfume y rituales
Las evidencias arqueológicas refuerzan esta teoría. En lugares como Delos se han encontrado restos de talleres de perfumería, lo que sugiere que la producción de fragancias estaba integrada en la vida religiosa.
Las esculturas, por tanto, no solo se esculpían y pintaban, sino que también se mantenían mediante rituales que incluían la aplicación de aceites y perfumes. Y, aunque no se conoce con exactitud la técnica utilizada, todo indica que estos ungüentos se aplicaban de forma periódica probablemente por sacerdotes o devotos.
Redescubrir el arte antiguo
Más allá de las implicaciones técnicas, el estudio de Brons deja conclusiones claras: lo que hoy vemos como frío y distante, en su origen era vibrante, colorido y sensorial.
Un arte lleno de vida pensado para emocionar, impresionar y conectar con lo divino. "No se trataba de contemplar una escultura, sino de experimentarla", ha dejado claro la arqueóloga.