Una estadounidense afincada en España alucina al descubrir un barrio entero vasco en Idaho: "Hay gente que solo es 1/16 vasca y sigue bailando danzas tradicionales"
La norteamericana destaca el inquebrantable orgullo y el brutal arraigo cultural que los emigrantes vascos han logrado mantener vivo al otro lado del charco.

Emigrar y empezar de cero a miles de kilómetros de casa es un proceso durísimo. Se habla muchísimo del choque cultural o de la fase de adaptación, pero se habla poquísimo de lo inmensamente complicado que es crear una comunidad unida en un territorio ajeno y, sobre todo, lograr mantenerla viva durante el paso de las generaciones.
A finales del siglo XIX y principios del XX, cientos de vascos hicieron las maletas rumbo a Estados Unidos buscando ganarse el pan. La gran mayoría aterrizó para trabajar como pastores de ovejas, un oficio tremendamente sacrificado que muchos ya traían aprendido de los montes de su tierra, y acabaron echando raíces en estados como Nevada o California.
Sin embargo, Claire Quinn, una creadora de contenido estadounidense que lleva años afincada en España, ha viajado hasta Boise (capital del estado de Idaho) y se ha topado con una sorpresa mayúscula: un auténtico oasis euskaldun en pleno Medio Oeste.
A través de su canal de YouTube, Quinn ha querido compartir su experiencia tras charlar con los vascos de la zona.
Un trocito de Euskadi a 8.000 kilómetros de casa
La estadounidense señala la altísima y sorprendente concentración de población de origen vasco que reside en la ciudad: “Hoy la comunidad vasca sigue muy presente en la vida cotidiana; de hecho, aquí vive una de las mayores concentraciones con ascendencia vasca en EEUU, con entre 10.000 y 15.000 personas”, declara.
Quinn resalta que la cultura de Euskadi en Norteamérica está más viva que nunca, pisando fuerte a pesar del tiempo y de los más de 8.000 kilómetros que separan la península ibérica de Idaho. “Algunas tradiciones se han mantenido, otras se han adaptado, creando algo muy propio, una cultura vasco-americana. Hay restaurantes vascos, grupos de danza, festivales culturales, un museo y hasta una escuela en euskera”, detalla.
Preservar esa conexión profunda con las raíces y las costumbres de sus antepasados es el pilar fundamental de esta comunidad. Así lo cuenta Amanda, una joven estadounidense con sangre vasca. “Yo solo soy un octavo vasca, pero lo que me parece guay es estar tan involucrada en esta comunidad; crecí bailando aquí en Boise y participando en festivales”, sentencia.
Este sentimiento de pertenencia trasciende por completo los porcentajes de ADN: “Hay personas que solo son 1/16 vascas y siguen bailando danzas tradicionales”, concluye Quinn, dejando clarísimo que el compromiso cultural de los vascos en Boise es, sencillamente, indestructible.
