Georg nunca llegaba a tiempo a la oficina y ahora trabaja desde casa: "Mi esposa y yo trabajamos, y nuestra hija tenía solo un año"
Aun así, extrae una lección clara de toda la experiencia: hablar abiertamente de las necesidades personales puede abrir puertas inesperadas.
Durante meses, Georg Löwen sentía que empezaba cada mañana perdiendo una carrera imposible de ganar. Vivir en Nueva Jersey, trabajar en Manhattan y ser padre de una niña pequeña convertía algo tan simple como llegar puntual a la oficina en un reto diario. Hoy, su realidad laboral es muy distinta: trabaja desde casa con un modelo flexible que le ha permitido conciliar sin renunciar a su carrera.
Löwen, de 35 años, es director sénior de marketing digital en una agencia de relaciones públicas. Cuando se incorporó a la empresa, a finales de 2024, tuvo claro qué era lo prioritario en su vida. “Mi esposa y yo trabajamos, y nuestra hija tenía solo un año”, explicó. Esa circunstancia marcaba por completo sus rutinas y también su relación con el trabajo.
La política interna exigía presencia en la oficina varios días a la semana. Sobre el papel parecía razonable, pero la práctica era otra historia. El trayecto completo le llevaba alrededor de una hora, siempre que nada fallara. Y casi siempre algo fallaba. Dejar a su hija en la guardería, encontrar aparcamiento cerca de la estación o perder un tren podían retrasarle hasta bien entrada la mañana.
Había días en los que tenía que atender llamadas con clientes desde el tren, con mala cobertura y transbordos incómodos. “En algún momento, me pareció que era un problema de matemáticas descubrir la mejor manera de equilibrar mi disponibilidad con el tiempo que paso en la oficina”, resume.
La situación se volvió más complicada cuando su hija atravesó una etapa difícil en la guardería. Su supervisor notó que algo no iba bien y decidió abordar el problema de frente. En lugar de sanciones o reproches, llegó una conversación clave. Primero barajaron reducir los días presenciales o compartir escritorio, pero pronto optaron por una solución más simple: flexibilidad total. Si una mañana todo se torcía, Georg podía trabajar desde casa.
El cambio fue inmediato. Pasó a ir a la oficina entre cero y dos días por semana, según las circunstancias. El trabajo seguía saliendo adelante y el equipo funcionaba igual. Aun así, la sensación de culpa apareció. Durante un tiempo, temió que sus compañeros lo vieran como alguien con privilegios especiales o poco comprometido.
Con el paso de los meses, esa preocupación se fue diluyendo. La cultura interna dejaba claro que la familia era una prioridad y que el rendimiento no dependía del lugar desde el que se trabajara. La confianza, dice, ha sido la clave para poder cumplir con su trabajo y, al mismo tiempo, estar presente en casa.
Ahora, su rutina es más flexible, aunque no perfecta. Algunos días logra ir a la oficina; otros, no. Ha llegado incluso a comprarse una bicicleta plegable para ahorrar tiempo y evitar los problemas de aparcamiento. Sabe que esta etapa no será eterna y que, a medida que su equipo crezca, las condiciones podrán cambiar.
Aun así, extrae una lección clara de toda la experiencia: hablar abiertamente de las necesidades personales puede abrir puertas inesperadas. Para él, la flexibilidad no ha sido una excepción caprichosa, sino una muestra de comprensión que ha marcado la diferencia entre vivir el trabajo como una carga o como algo compatible con su vida familiar.