Juan, profesor español en Tailandia, cobrando 900 euros: "Llamaba a mi mujer llorando... Hice el trabajo más duro"
“Cuando llegué pensé que sería asistente”, confiesa.
Cada vez son más los españoles que, ante la falta de oportunidades en su propio país, deciden hacer las maletas y probar suerte fuera. Jóvenes y no tan jóvenes que buscan un futuro más estable, mejores condiciones laborales o simplemente la posibilidad de crecer personal y profesionalmente. Muchos optan por destinos donde el coste de vida es más bajo y las puertas para desarrollarse profesionalmente están abiertas.
Entre ellos está Juan, que encontró en Tailandia un desafío que jamás imaginó, enseñando inglés en un país lejano mientras lidiaba con clases enormes y un salario modesto. Tras dejar España durante la pandemia, cuando sus negocios se paralizaron, buscó oportunidades de voluntariado que le llevaron hasta la provincia de Chonburi, en las cercanías de Pattaya. Allí, una entrevista con el director de un colegio le cambió su plan de vida.
"Cuando llegué pensé que sería asistente, pero me dieron cinco libros y me dijeron: 'Mira, ahí tienes tu clase. Era la clase más grande que había", confiesa en el canal de YouTube Me voy al Mundo. Lo que empezó como una experiencia de voluntariado se convirtió rápidamente en un reto diario: gestionar aulas con decenas de alumnos, preparar exámenes sin apenas recursos y adaptarse a un sistema educativo completamente distinto.
Un salario modesto
Juan relata que, en vez de recibir apoyo o formación, le entregaron varios libros y la responsabilidad de grupos muy numerosos: clases de hasta 40 alumnos, con rotaciones de 20 en 20. Su inglés estaba “olvidado” y tuvo que aprender los materiales sobre la marcha e incluso recurrir al tailandés para hacerse entender en clase. Cada día suponía un desafío nuevo en clase mientras intentaba mantenerse a flote en un entorno totalmente nuevo.
A su vez, las condiciones laborales fueron exigentes. Además de dar clase, Juan debía preparar exámenes, calificaciones y acatar la normativa local para niveles que iban de chicos de 12 años hasta jóvenes de 20. “Llamaba a mi mujer llorando… Hice el trabajo más duro, más que cuando picas piedra en la montaña”, asegura confesando que la carga emocional y física le pasó factura. Pese a las dificultades, valora la experiencia y la convivencia con otros extranjeros en el campus.
En cuanto a retribución se refiere, Juan cobraba unos 900 euros al mes, “un salario que no está mal” para alguien que quiera estar un año en Tailandia. Aunque la cifra puede parecer modesta si se compara con los sueldos europeos, el coste de vida en muchas zonas del país es más bajo y, en su caso, la escuela también le ofrecía alojamiento dentro del campus, lo que facilitaba cubrir los gastos básicos mientras vivía la experiencia en el extranjero.
Su caso resume dos caras de la migración laboral: la oportunidad de empezar de cero y el coste personal de aceptar empleos con responsabilidades que a menudo exceden la preparación recibida. Para muchos el balance compensa, pero para otros la experiencia sirve de aviso sobre la importancia de informarse y exigir contratos claros. En cualquier caso, historias como la suya reflejan la realidad de miles de españoles que, empujados por la incertidumbre laboral, deciden buscar fuera del país las oportunidades que sienten que en casa no encuentran.