Paolo (50) era contable con trabajo estable, pero lo dejó todo para buscar oro en el río: "Estaba ocho horas delante del ordenador, necesitaba aire libre"
Ahora, sus jornadas se extienden durante horas, pero las lleva con alegría
Llegado a una edad, es posible que más de uno se plantee cambiar de profesión. Paolo Baron así lo hizo, pero lo suyo fue un giro de 360º. Durante muchos años, trabajó en una empresa de contabilidad, pero un día decidió dejar su empleo de oficina para coger un cubo y una pala y lanzarse a buscar oro en el río.
"Pasaba ocho horas frente al ordenador, aburriéndome, y necesitaba algo que hacer al aire libre", confiesa en una entrevista en el medio italiano La Repubblica.
Un folleto sobre un viaje en canoa por el río Ticino lo cambió todo. "Descubrí que era un grupo de buscadores, y empecé a sentir curiosidad", señala y añade que, en un principio, aprendió por su cuenta para después asociarse con un buscador experimentado que le enseñó todo. "Y entonces me entró la fiebre del oro", comenta, si bien la curiosidad por este sector ya le entró a los 13 años, "como un hobby", agrega.
Su día a día
Las jornadas de Paolo comienzan temprano. Con el cubo y la pala a cuestas, además de buenas dosis de paciencia, intenta conseguir unas décimas de gramo de oro al día, que equivalen a diminutas pepitas. A pesar de lo costosa que resulta la tarea, esperando horas, ha logrado encontrar en ella la paz que tanto ansiaba.
Actualmente, son más de 2.000 las personas de zonas del norte de Italia dedicadas a ello. La historia geológica de las regiones, muy montañosas, invita a desarrollar esta actividad. "La erosión libera el metal de las rocas y los ríos lo arrastran río abajo, donde su peso hace que se concentre en ciertas zonas del lecho rocoso", apunta el experto en el sector minero italiano, Matteo Niccoli.
Paolo ha hecho así de su afición su profesión. Tiene un canal de YouTube donde documenta su oficio y ofrece información para quien quiera dedicarse a él. Además, organiza excursiones y hace de guía entre los principiantes. "También voy con algunos amigos, pero tienen que ser personas de confianza: es como darle a alguien el PIN de tu tarjeta de crédito", matiza.
Así, día tras día, sumerge las piernas en el agua y, con la espalda inclinada y los brazos extendidos, empieza a hacer las pruebas. Comprueba el estado de la arena, para cerciorarse de si la tierra es fértil y apta para llevar a cabo la búsqueda. Retira los granos más pequeños, si es que los hay, sucesivamente, hora tras hora, pero "cuando ves esas pepitas, las ves saltar, sabes que tienes la fiebre del oro. Y así sigues adelante", concluye.