Una anciana se queda mirando varios minutos el estante de pan del super: "Me las arreglo duramente con mi pensión"
La escena refleja la realidad de muchas personas.
En una tienda de Bucarest, la capital de Rumanía, una escena cotidiana resume la difícil situación económica que atraviesan muchos ciudadanos. Una anciana permanece varios minutos frente a un estante repleto de barras y hogazas de pan. Observa los precios, compara tamaños, revisa etiquetas. No busca el más tierno ni el más saludable, sino el más barato.
La mujer duda entre varias opciones. Algunas barras cortadas cuestan 4,50 lei ––unos 0,88 euros––. Otras parecen más caras. Suspira, vuelve a mirar, calcula mentalmente. Cada moneda cuenta. “Estaba mirando. Había unos cortados por 4,50 lei, estos… parecen más caros. Tendré que echarles un vistazo”, explica cuando un reportero de la cadena rumana Antena 3 CNN se le acerca.
La pregunta es directa: "¿Busca el más económico". Su respuesta refleja resignación. “Entonces, ¿qué debemos hacer para afrontar esto?”, contesta, dejando entrever que no se trata solo de una compra puntual, sino de una estrategia diaria de supervivencia.
Vivir con una pensión
Cuando le preguntan si logra llegar a fin de mes con su pensión, la respuesta es breve pero contundente: “Duro, duro”. La escena no es un caso aislado. Según Datos Macro, los últimos datos del sector minorista en Rumanía, las ventas han caído y según Antena 3 CNN han llegado a su nivel más bajo desde la crisis financiera de 2008. El aumento generalizado de los precios ha obligado a muchas familias a cambiar radicalmente sus hábitos de consumo.
Los rumanos compran menos alimentos y, en muchos casos, de peor calidad. Las marcas blancas y los productos más económicos han ganado terreno frente a las opciones tradicionales. Además, las compras de ropa, detergentes y artículos de cuidado personal se realizan con menos frecuencia.
Ajustes en la cesta de la compra
La anciana describe cómo ha tenido que reorganizar su alimentación. “Ya no podemos permitirnos comprar dulces. Ya basta, se acabó”, dice con firmeza. Ahora su compra se limita a lo imprescindible: leche por litro, dos yogures, algo de carne en pequeñas cantidades.
“La menor cantidad de carne posible, solo alimentos básicos”, explica. La proteína se ha convertido en un lujo ocasional. Las frutas y verduras de temporada, cuando están más baratas, ocupan un lugar prioritario en la cesta. Todo se mide y se calcula.
El encarecimiento de la vida, unido a salarios que no crecen al mismo ritmo que los precios y a una presión fiscal elevada, está reduciendo el margen de maniobra de miles de hogares. “Ni siquiera podemos pagar”, lamenta, reflejando la percepción de que los costes superan con creces los ingresos disponibles.