Victoria Camps, filósofa: "El neoliberalismo ha convertido la libertad en satisfacer deseos: y quien se deja llevar por sus deseos va a la deriva"
"Es una vergüenza que una minoría acumule la riqueza de medio mundo".
Vivimos tiempos donde no solo voces médicas, sino filosóficas, advierten de los límites nocivos a los que estamos llegando con la sociedad de consumo, pero también con la desigualdad. Una de esas voces es la de Victoria Camps, una de las pensadoras más notables hoy en día. En el pódcast Vidas Ajenas tiene clara la paradoja de estar cada vez más conectados, pero más alejados.
Camps vuelve a poner el foco en su libro La sociedad de la desconfianza en una de las grandes grietas de nuestro tiempo: la distancia entre una minoría cada vez más rica y una mayoría que vive con más precariedad, más ruido y menos confianza.
En esa obra, la catedrática emérita de filosofía moral y política de la UAB analiza cómo la desigualdad, el individualismo y la degradación de lo común están empujando a la sociedad a un terreno cada vez más frágil.
La Premio Nacional de Ensayo es de lo más contundente y directa: "Es una vergüenza que una minoría acumule la riqueza de medio mundo". Aunque en la conversación lo plantea de forma aproximada, el fondo del mensaje encaja con los datos más recientes sobre desigualdad global.
Oxfam sostiene que, en 2025, la riqueza de los milmillonarios creció hasta un máximo histórico y que las 12 personas más ricas del planeta concentran más patrimonio que la mitad más pobre de la humanidad, es decir, más de 4.000 millones de personas.
Victoria Camps pone nombre al malestar de hoy
La tesis de Camps es tan simple como incómoda: vivimos en una sociedad donde cada vez cuesta más confiar. No solo en la política, sino en los medios, en las instituciones, en el sistema sanitario, en la palabra pública y hasta en la información que consumimos a diario. En ese clima, explica, la sensación dominante es que siempre hay que estar alerta y que casi nada cumple del todo con lo que promete.
Ahí entra una de las ideas centrales del libro: la deriva de una libertad mal entendida. Camps distingue entre una libertad reducida a hacer lo que a uno le apetece y una libertad más exigente, ligada a la responsabilidad y al sentido. Cuando "desaparece la regulación", sostiene, se impone lo que en filosofía política se conoce como libertad negativa: la idea de que eres libre para hacer cualquier cosa salvo lo que la ley te prohíba.
Ese marco, según su análisis, deja fuera algo esencial: pensar para qué quieres ser libre y qué efectos tienen tus decisiones sobre los demás.
Del individualismo al egoísmo social
La crítica de Camps no va contra la libertad en sí, sino contra su versión más pobre. El problema aparece cuando la libertad se convierte en pura satisfacción del deseo, sin límites, sin deberes y sin conciencia de comunidad.
En ese punto, el sujeto ya no decide tanto como cree: se deja arrastrar por la publicidad, la propaganda, los algoritmos o la lógica del consumo. Y, como resume con una frase muy clara, "dejarse llevar es ir a la deriva".
Ese individualismo, además, tiene una traducción política y social muy concreta. Si cada uno mira solo por sí mismo, o por su grupo, la confianza se rompe. Se nota en el corporativismo, en el partidismo y en la percepción de que muchos dirigentes actúan pensando antes en su interés que en el bien común.
Para Camps, la desconfianza no nace solo de los errores, sino sobre todo de la distancia entre el discurso y los hechos: promesas que no se cumplen, decisiones que no se ejecutan y responsabilidades que nadie asume.
La meritocracia también deja heridos
Otro punto fuerte de su reflexión es la crítica al mito del "hombre hecho a sí mismo". Camps recoge aquí una idea muy cercana a la formulada por Michael Sandel en sus trabajos sobre la tiranía del mérito: cuando una sociedad repite que el éxito depende solo del esfuerzo individual, acaba insinuando que el fracaso también es culpa exclusiva de quien se queda atrás. Ese relato borra las desigualdades de partida y convierte la falta de oportunidades en un defecto personal.
En ese marco, frases como "eres pobre porque quieres" dejan de sonar marginales y empiezan a formar parte del sentido común. Camps lo discute de raíz: la igualdad de oportunidades, dice, no existe de forma plena, y la educación por sí sola no corrige todas las diferencias materiales, familiares y sociales con las que parte cada persona.
Pero pese al diagnóstico severo, Camps no cae en el derrotismo. Al contrario. Defiende que la ética tiene que partir de la crítica, sí, pero también de la posibilidad de corregir lo que falla. Por eso insiste en una idea que atraviesa toda su reflexión: "un mundo sin esperanza no es un mundo humano".