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02/01/2016 10:04 CET | Actualizado 02/01/2017 11:12 CET

Es que solo tiene tres años

stephanie sprengerCuando estoy con mi hija de tres años, pocas veces me libro de su lado oscuro. Solloza constantemente por la injusticia de turno, ya sea porque no le dejo comerse un kilo de gominolas o porque su lámpara de Dora la Exploradora no está bien colocada. A veces me planteo seriamente triturar un tranquilizante y mezclárselo con el yogur.

Mi hija tiene la cara roja y no para de llorar. Se acaba de tirar al suelo del probador, enrabietada. Su abuela está a punto de comprarle un vestido, pero mi hija está enfadada porque ella quería tres. Sí, quería incluso el que, según ella, "no queda bien", y el que no ha querido probarse. Aunque los hubiera descartado, ella quería llevarse todos los vestidos. Así que, en lugar de darle las gracias a su abuela, se pone a llorar y a gritar tirada en el suelo del probador.

No es que sea una capulla, es que tiene tres años.

Una de sus amigas le suplica que jueguen a "pasear al palo" (no tengo ni idea de qué va el juego, sinceramente). Mi hija le dice que no con educación, pero la cara angelical de su amiga se llena de desilusión. "Oye, Sophie", le digo con cariño. "¿Te acuerdas de lo triste que estabas la semana pasada cuando querías jugar con tus amigos a los Transformers y ellos te dijeron que no? Pues así es cómo se siente Emma ahora. ¿Por qué no jugáis un rato a 'pasear al palo'?". Me mira con una expresión impasible. "No, gracias", me responde alegremente, se da la vuelta y se va.

No es que sea una sociópata, es que tiene tres años.

Es hora de ir al baño antes de salir de casa, pero mi hija se niega a ir. "Ay, mejor, porque yo tengo muchas ganas", miento, yendo hacia allí. "¿Tienes muchas ganas?", me pregunta mi hija. "¿Te vas a hacer pis encima?". Asiento con seriedad y echamos una carrera para ver quién llega antes al aseo.

No es que sea una sádica, es que tiene tres años.

"¿Puedo ver Transformers cuando lleguemos a casa?", me pregunta mi hija. "¡Claro que sí!", le digo yo. "Tu hermana tiene clase de piano, así que puedes ver un episodio antes de que vayamos a hacer la compra". De repente, mi alegre niña tira los cereales por el suelo del coche y empieza a gritar de indignación: "¡Pero es que yo quiero ver MUCHOS EPISODIOS!".

No es que sea egoísta, es que tiene tres años.

Todos sufriréis.

"¡Es la hora del baño!", anuncio mientras lleno de agua la bañera. "Pero es que no pueeeeedo", se queja mi hija. "Me duele la rodilla".

"¿Quieres una tirita?", le ofrezco.

"¡No! ¡Si me pongo una tirita, me dolerá más!", me grita, indignada por mi incompetencia.

"Entonces, ¿ponemos un poco de crema?", sugiero.

Si fuera coherente, se habría enfadado conmigo. En vez de enfadarse, suspira y se tapa la cara con las manos. Está claro que está rodeada de idiotas...

No es que sea adicta al drama, es que tiene tres años.

Cuando estoy con mi hija de tres años, pocas veces me libro de su lado oscuro. Solloza constantemente por la injusticia de turno, ya sea porque no le dejo comerse un kilo de gominolas o porque su lámpara de Dora la Exploradora no está bien colocada. Da la sensación de que vive en un síndrome premenstrual constante y que se acaba de enterar de que el consumo de chocolate es ilegal y de que han cancelado su serie favorita. A veces me planteo seriamente triturar un tranquilizante y mezclárselo con el yogur.

Pero enseguida me doy cuenta de que no es que esté desequilibrada, es que tiene tres años.

Ahora que lo pienso mejor, sí que es un poco capulla, pero no será así siempre.

© 2015 Stephanie Sprenger, publicado originalmente en la web Scary Mommy.

Puedes seguir a la autora en Facebook y en su blog, Mommy, for Real.

Este post fue publicado con anterioridad en la edición estadounidense de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros

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