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09/01/2014 07:41 CET | Actualizado 10/03/2014 10:12 CET

Diario de una JASP: De vuelta a la tele

No hay duda, soy una afortunada. Debo de ser de las pocas españolas de mi edad que vuelve a la tierra patria en lugar de irse; en un año, la cifra de emigrantes en nuestro país ha crecido un 30%.

Shit. Tráfico brutal en la A-6. Ya no recordaba las maravillas de vivir en una ciudad grande... Menos mal que he salido con tiempo. Observo la cara de cabreo del de detrás a través del retrovisor, y compruebo que es la misma que la de los que conducen los coches a ambos lados del mío. Yo, sin embargo, mantengo una sonrisa de oreja a oreja (literal; tengo la boca tan grande como Julia Roberts. Mi madre dice que en lugar de hijos voy a tener bocas). En cuanto salga de este atasco y llegue a mi destino, ¡empezaré de nuevo a currar en la tele! ¡No quepo en mí de gozo!

Pero la felicidad no me dura mucho. Desaparece en cuestión de segundos para dar paso a los nervios. Llego bastannnnte justa, ¡y aquí no hay dónde aparcar! Doy vueltas, y vueltas. Me alejo del portal de la productora, para volver después, porque no hay ni un solo hueco libre. Me doy cuenta de que encontrar parking aquí va a ser más complicado que dar con un bañador que le siente bien a Falete.

No es posible tener tan mala suerte. ¡No puedo llegar tarde el primer día! Bfff... respira hondo, Vero. Mantén la calma. Aparezco en una calle sin salida en la que, por supuesto, no queda ningún sitio. Decido poner mi coche detrás de otros muchos que han formado una fila en el centro, aun estando prohibido. En realidad no molestan, los de los lados pueden salir perfectamente, y si hay varios coches será que no pasa nada. Tampoco tengo tiempo para pensármelo. Pues eso, lo dejo aquí.

Me subo en el ascensor, y en cuanto alcanzo el cuarto piso, comienzo a sentir un hormigueo en el estómago. El mismo que percibí los dos días que vine a hacer las entrevistas, y el mismo que experimento cada vez que entro en una oficina relacionada con el mundo de la comunicación. Y es que el ambiente informal, la actividad, la tensión, el bullicio y, en general, todo lo que caracteriza este sector, no puede apasionarme más.

Pero no debo ilusionarme demasiado, porque no sé cuánto voy a durar aquí. El contrato que me han ofrecido es por obra, de forma que cuando terminemos de hacer el programa para el que voy a trabajar, volveré a estar en la calle. Mi caso no es una excepción, sino que la mayoría de los trabajadores de ésta y todas las productoras audiovisuales tenemos este tipo de contrato. De hecho, de todos los que se hicieron en enero de 2013 en el mundo de la información y la comunicación, casi la mitad fueron por obra.

Aunque, pensándolo bien, ¡claro que me tengo que ilusionar! No sé qué hago quejándome por mi situación, si total, el contrato indefinido a día de hoy es más bien una leyenda que una realidad. Sólo en torno al 7% de la contratación en nuestro país es indefinida... No hay duda, soy una afortunada. Debo de ser de las pocas españolas de mi edad que vuelve a la tierra patria en lugar de irse; en un año, la cifra de emigrantes en nuestro país ha crecido un 30%. Por lo tanto, ¡mentalidad positiva, y a dejarse la piel! Además, esos parones entre contrato y contrato por obra (siendo optimista y esperando que después de éste me salga otro), podré seguir escribiendo artículos para los medios con los que colaboraba en Dublín.

¡Qué satisfacción; qué buen rollo; qué felicidad! Lo que echaba de menos tener un equipo a mi alrededor! Me encanta escribir, pero hacerlo sola en mi casa de Dublín empezaba a afectarme. Esto es otra cosa; yo estoy hecha para trabajar rodeada de gente. Salgo casi dando brincos en dirección a mi coche. O más bien en dirección a donde pensaba que estaba, porque no lo veo por ningún sitio. ¿Me habré equivocado? A ver, a ver... ¡Yo creo que estaba aquí! Deambulo por la zona hasta llegar al mismo punto... No me lo creo... Ni rastro. ¿Me lo habrán robado?

Miro y remiro, en busca de la complicidad de alguien, de algún alma caritativa que pueda explicarme qué ha pasado. En su lugar, encuentro la media sonrisa de un portero que me observa desde una esquina cercana, apoyando su espalda en el muro del edificio residencial que regenta. Me acerco a él, y no tarda ni dos segundos en soltarme lo que, seguramente, ha estado planeando decirme durante todo el día. "Si es que claro, si aparcamos mal... pues pasa lo que pasa, señorita", me espeta a lo Torrente, orgulloso de la autoridad que cree tener. Ehmmm... ¿y qué pasa? ¿Cómo que pasa lo que pasa? No. No puede ser. ¿Mi primer día de curro, y viene la grúa a llevarse mi coche? ¡Pero si no molestaba a nadie! Qué cabrito... Seguro que la ha llamado él... Me alejo para no insultarle a la cara, pero me recreo imaginando cómo le retuerzo las orejas hasta arrancárselas. Ya desahogada, llamo a información. ¿¡QUÉ?! ¿250€ ENTRE LA MULTA Y LA GRÚA?! Maravilloso. Estupendo. Extraordinario. Inmejorable forma de estrenar trabajo (y salario). La primera y la última. No vuelvo a aparcar mal. Keep tuned...

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