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27/04/2018 08:11 CEST | Actualizado 27/04/2018 11:16 CEST

La violación no es un delito

CARLOS PINA

Escribo con el estómago revuelto y los ojos llenos de lágrimas. Si te han agredido sexualmente hay un miedo que ya no se va nunca, porque como dice Virginie Despentes, se trata de un miedo fundacional, que desfigura y te constituye como mujer. Si te han violado, la sentencia de la Manada y otras sentencias anteriores a ella no son solo un terrible recordatorio, sino que son la constatación de que, o mucho cambian las cosas, o puede suceder de nuevo. En cualquier momento, ahora mismo cuando me baje de este tren y camine sola a mi casa por la noche. Siento miedo.

Os voy a contar algo terrible. No existe en nuestro Código Penal un delito de violación. Nuestro ordenamiento jurídico distingue dentro de los delitos contra la libertad entre agresiones y abusos sexuales. Sin entrar a desmenuzar tipos y agravantes, la principal distinción entre ambos, grosso modo, es que en los primeros se da violencia y/o intimidación, mientras que en los segundos esto no ocurre. Es decir, ser víctima de un abuso pero no de una agresión, se traduce en la práctica en que, por el motivo que sea, no se opone resistencia. El consentimiento va implícito en la ausencia de resistencia, en el silencio, y por tanto la pena es menor.

Si te resistes, te matan. Si tienes suerte y no te matan, la justicia dirá que por qué no te has resistido. Por tanto, no nos engañemos, la sentencia de la Manada puede ser más o menos injusta, pero se ajusta a los tipos penales que recoge nuestro ordenamiento jurídico, que no deja de ser un texto machista que asume que el silencio siempre es consentimiento, incluso cuando tienes 5 penes sobre tu cuerpo contra tu voluntad, te han dormido con burundanga, tienes discapacidad intelectual, o eras una niña y quien te violaba era tu padre.

La libertad sexual de las mujeres es un bien jurídico protegido desde hace poco en nuestra democracia

Esta tradición que inunda nuestro Código Penal es aquella en la que hasta hace no tanto los delitos sexuales contra las mujeres eran delitos contra la honestidad (la ley orgánica 3/1989 de 21 de junio, sustituyó la expresión "delitos contra la honestidad" por la de "delitos contra la libertad sexual"). La libertad sexual de las mujeres es un bien jurídico protegido desde hace poco en nuestra democracia. Esta sentencia nos recuerda que aún hay muchas cosas que cambiar ahí, que nuestra sociedad sigue siendo machista y que eso se refleja tanto en las prácticas cotidianas de la gente como en las relaciones entre hombres y mujeres.

Como no puede ser de otro modo, la justicia no escapa a este sesgo. Pero lo cierto es que unas justicias lo hacen más que otras. Decía ayer Anna Blus en Amnistía Internacional que "de 33 países europeos, sólo 9 reconocen la simple verdad de que el sexo sin consentimiento es violación.(...) La ausencia de reconocimiento legal de que las relaciones sexuales sin consentimiento constituyen violación fomenta la idea de que recae en nosotras como mujeres la responsabilidad de protegernos de la violación".

¿Cómo es posible que hayamos construído un ordenamiento jurídico en el que el silencio de las que históricamente no han tenido voz signifique que automáticamente accedemos a ser violentadas de las formas más salvajes?

He aquí el problema. ¿Cómo es posible que hayamos construido un ordenamiento jurídico en el que el silencio de las que históricamente no han tenido voz signifique que automáticamente accedemos a ser violentadas de las formas más salvajes? ¿A qué responde este retraso en nuestro ordenamiento jurídico comparado con otros países de Europa? Quizás haya llegado el momento de reflexionar sobre este silencio. Si la Violencia Machista debe ser Cuestión de Estado, la inseguridad de millones de mujeres es inaceptable. Quizás el 'No es No' ya no pueda operar más como garante de nuestras vidas y debamos caminar hacia 'solo el Sí es Sí'. Este cambio de paradigma de las relaciones sexuales, de las relaciones de poder entre hombres y mujeres, debería llevarnos a dejar de hablar de sexo consentido y comenzar a hablar de sexo pactado.

Las mujeres debemos convertirnos de una vez por todas en sujetos activos, también en el contrato sexual. Debería llevarnos también a cambiar nuestras leyes. Tenemos que afrontar como sociedad que lo que nuestro derecho penal dice sobre la libertad sexual necesita ser actualizado, asumiendo que es muy probable que esa distinción entre agresiones y abusos responda a una tradición del pasado que ahora mismo es totalmente anacrónica para un país en el que hombres y mujeres quieren convivir en igualdad. Es muy probable que con un Código Penal que incluyese perspectiva de género en este sentido, estuviéramos hablando de otra(s) sentencia(s). Pero ¿qué nos ha detenido hasta ahora para acometer esta reforma? ¿Desaparecería la violencia con más penas?

Para responder a estas preguntas puede ser útil hacer una genealogía del consentimiento, y las comparaciones que una puede hacer entre los crímenes de Alcàsser y el de la Manada son obvias e inagotables en este sentido, especialmente por el tratamiento mediático de ambos casos y la relevancia que esta tuvo para catapultarlos como hitos feministas. Este paralelismo nos debe dar una pista sobre aquello que puede desbloquear el debate. Nerea Barjola profundiza en ello en su libro sobre los crímenes de Alcàsser Microfísica sexista del Poder, rescatando esta cita de Michel Foucault: "... una vez más si planteamos el problema: ¿cómo ha funcionado el aparato judicial, y de una manera más amplia, el sistema penal? Respondo: ha funcionado siempre para introducir contradicciones en el seno del pueblo".

Ni Alcàsser ni la Manada son excepciones, y tampoco lo son sus sentencias, ni sus autores, ni sus víctimas.

Ni Alcàsser ni la Manada son excepciones, y tampoco lo son sus sentencias, ni sus autores, ni sus víctimas. Aunque existe un debate legítimo sobre las penas, y una tarea urgente implícita en él, no debemos escapar a la cuestión fundamental. El problema no solo es que la violación no sea un delito, sino que es una cultura. Aún con el dolor que hoy todas sentimos, la tarea feminista debe ser mantener la serenidad en el debate que se nos viene. No solo las penas no son la solución, sino que más allá de eso, la mejor seguridad ciudadana siguen siendo las políticas feministas, para dejar atrás la cultura de la violación y del consentimiento y comenzar a construir una cultura del pacto, democratizando las relaciones sexuales.

Los poderes del Estado deben escuchar lo que las mujeres dicen en las calles, protegerlas y empoderarlas, hacer todos los esfuerzos por eliminar, de manera sistemática, todos los resquicios machistas que existan en las propias estructuras legales y administrativas. Vivir sin miedo es ahora mismo el objetivo político sobre el que debemos construir un proyecto de futuro de país. Y esto pasa por hacer una ley de protección de la libertad sexual de las personas y del derecho a unas vidas libres de violencias sexuales. Esto pasa porque las mujeres formemos parte también de esos poderes del Estado.

Y a ti, hermana, si me lees, lo siento tantísimo... Vamos a hacer un país en el que ni a ti ni a mí nos dé este miedo volver a casa.

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