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26/01/2013 10:13 CET | Actualizado 27/03/2013 10:12 CET

La llamada de Amy Martin

Aunque parece que todos los políticos son corruptos y salen escándalos todos los días, la realidad del día a día en la política es bastante más ordinaria. Yo nunca creí que estaría tan cerca de una historia tan extraña.

Pasé unos seis meses trabajando en la Fundación IDEAS en 2011. Gestionaba los medios internacionales y un día, mi jefe me pasó la información de una escritora estadounidense. Ya teníamos un logotipo y un espacio reservado en la página web y la idea era que ella entregase un artículo mensual, que yo tenía que gestionar. Como íbamos a tratar los artículos de mi compatriota de forma muy especial en la web, yo quería saber quién era. La Fundación IDEAS solía colaborar con escritores y ponentes de EEUU de muy alta calidad, como Stiglitz, Lakoff, Greenberg, etc. Aparte de que era una escritora que supuestamente alguien conoció en un viaje allí, mi jefe no fue capaz de articular nada más sobre quién era. No entendía por qué no era necesario subir un biografía suya a la web, pero estaba claro que la suya iba a ser una colaboración menos convencional.

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Página del libro publicado por la Fundación IDEAS Work in Progress, 55 Terms for Progress, en el que participaron Bill Clinton, Felipe Gonzalez, George Lakoff, Joseph Stiglitz y... Amy Martin, supuestamente retratada en esa foto.

No soy una persona capaz de dejar mi curiosidad insatisfecha, pero tras unas búsquedas infructuosas lo tuve que dejar así, sin resolución. Y ella seguía siendo un enigma mientras intercambiábamos emails. Claro, no le iba a preguntar "¿Quién eres?", porque era supuestamente lo bastante importante como para merecer un espacio destacado en nuestra web. Había frases y palabras no exactamente adecuadas en su inglés y tuve que corregir sus artículos (algo que me parecía curioso y que comenté a mi jefe) pero, tampoco tan curioso, porque en EEUU hay mucha gente que ha nacido en otro país y tiene otro idioma nativo. En fin, desarrollé una relación cordial con ella por email y y luego otra cosa llegó a ocupar mi atención.

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Había olvidado completamente a Amy Martin hasta el miércoles por la noche, cuando me enteré del nuevo giro de los noticias sobre la Fundación IDEAS: fue un invento del director, Carlos Mulas. Y lo reconozco, como cualquier estadounidense me salio involuntariamente un "oh-my-God" y al reconocer plenamente lo que pasó, otro "OH-MY-GOD!!"

A veces la vida sorprende. Me sorprende que alguien tan admirable como Carlos Mulas tire todo por la borda y perjudique tanto a la Fundación como al partido por €50.000. Me sorprende que su exmujer se haya metido en el asunto con un cuento imposible (y además, la noticia se ha extendido en el ciclo de información y ha añadido más morbo).

Muchos hemos sufrido las acciones de Carlos Mulas de forma indirecta, pero personal: me marché de la Fundación en el verano de 2011 porque no había presupuesto para alargar mi contrato y, lo que es más penoso, el verano pasado despidieron a todo el departamento de comunicación, personas comprometidas con la misión de la Fundación. Buena gente, que se intentaba ganar la vida haciendo lo que se apasiona. Y los que quedan allí lo tienen peor. Sin tener la culpa de nada, tienen que tratar con las consecuencias y reinventar o reconstruir la Fundación, a pesar de que ha sido un escándalo de corrupción con la c en minúscula comparado con lo que estamos descubriendo del PP. Jesús Caldera acertó al tomar la decisión de destituirle porque realmente no es un escándalo de la Fundación IDEAS sino de Carlos Mulas.

Podemos tirar este incidente sobre la creciente pila podrida de corrupción y mal comportamiento que estamos presenciando. Más preocupante es que todo eso fomenta el cinismo, y el cinismo genera apatía e inacción.

Curiosamente, estuve de acuerdo con mis acompañantes de mesa en El Gato Al Agua el jueves: no es que todos los políticos sean malos sino que el problema es sistémico, empezando con los partidos políticos. Nadie renuncia al poder si no es absolutamente necesario. Confío en que gente valiente luche para cambiar desde dentro los partidos políticos, pero creo que los demás podemos aprender de la lección de Obama.

Hace cuatro años, Obama entró la Casa Blanca con la promesa de cambiar Washington, pero Washington le cambió y durante su campaña de 2012, concluyó que "solamente se puede cambiar Washington desde fuera". Su discurso de investidura fue un homenaje a la acción colectiva, nos dijo "Tú y yo, como ciudadanos, tenemos el poder de fijar el rumbo de este país". Y no son palabras vacías: la semana pasada anunciaron que la gran organización de activistas de su campaña, Obama for America, va a convertirse en Organizing for Action para seguir como un grupo de presión que apoye las políticas de Obama. Es un grupo entre muchos otros que luchan por sus intereses, pero es la única forma de cambiar las sociedades. También en su discurso, Obama mencionó Senecca Falls, Selma y Stonewall, momentos simbólicos de los movimientos de la igualdad de las mujeres y los derechos civiles para los negros y los homosexuales. Es la acción colectiva la que cambia el mundo, no los partidos políticos.

En lugar de acurrucarnos en posición fetal como respuesta a tanta corrupción, tenemos que verlo como una llamada a la acción. Hay que desarrollar una ciudadanía que sepa gestionar sus intereses. Hay que convertir la energía y enfado en la calle en acción colectiva que no solamente genere publicidad, sino que presione de forma estratégica al Gobierno y los partidos. Hay que organizar. El momento es ahora.

Las mías no son palabras vacías: antes de principios de marzo me comprometo a ofrecer talleres gratuitos en Madrid abiertos a todo el que quiera aprender de las mejores prácticas en la organización de activistas. Sígueme en Twitter o apúntate aquí para recibir los detalles cuando salgan.