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24/04/2018 16:31 CEST | Actualizado 10/08/2018 13:29 CEST

Hola, me llamo Álvaro, tengo 27 años y odio las aceitunas

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Hola, me llamo Álvaro, tengo 27 años y odio las aceitunas.

La revista Vice publicó hace unos días un reportaje titulado "Si muerdo una, vomito": el extraño fenómeno de odiar las aceitunasen el que un nutrido número de personas confesaba que —al igual que yo— vive con una fobia a ese fruto que puede adoptar diversas formas y colores.

En España, país inventor del concepto tapa y caña, las aceitunas se han arraigado como uno de los aperitivos predilectos en cualquier bar castizo. En Madrid no hay bar que no acompañe los refrescos de rigor con un plato en el que predominan esos frutos nadando en ese liquidillo compuesto del material del que se fabrican mis pesadillas.

Pero aún hay algo peor, los huesos. Ese pequeño trozo ideado por Satanás que la gente saca de su boca y pone en la mesa, sin reparar en los demás, es la viva imagen del horror para mí. ¿Pero qué falta de respeto es esa? ¿Escupo yo en mi plato y lo dejo en la mesa a la vista de todos? Maldita sea, no.

No sé de dónde sale este odio irracional hacia ellas, que no probaría ni aunque la vida de toda la humanidad dependiera de ello. También detesto ese olor nauseabundo que desprende y que me cierra el estómago como si acabase de ver un cadáver putrefacto.

Nunca pude terminar de ver aquel capítulo de Aquí no hay quien viva en el que los vecinos compraron todo un lote de aceitunas para ganar un premio.

Salir por Madrid a practicar el noble arte del tapeo se ha convertido en una pesadilla. No hay ni un solo bar de esta noble ciudad en la que un plato de olivas no presida la mesa. En mi caso, cuando esto sucede levanto una barricada con vasos y servilleteros para que no entren en mi campo de visión.

Destruyen todo lo que tocan. Si por casualidad, las aceitunas se encuentran dentro de un plato en el que hay otros alimentos que sí me gustan, esa comida queda totalmente invalidada para mi consumo. Si el plato que me sirven tiene una aceituna, ya no hay nada que hacer, todo está perdido, todo está contaminado.

Lo peor de las aceitunas es que no estén a la vista, que traten de inocularlas en la sociedad sin que nos demos cuenta. Comprar una empanadilla y que por culpa de la divina Providencia encuentres dentro una de ellas o que debajo del queso de una pizza se asome un trozo de ese fruto que no ha traído más que disgustos a Occidente es algo que no puedo tolerar.

No me quiero curar. Hay amigos que han estudiado psicología que se han ofrecido a hacerme terapias de forma gratuita para intentar paliar los daños que las aceitunas me provocan en mi día a día.

No sólo no quiero rehabilitarme si no que no estoy solo, muchos amigos comparten conmigo este odio irracional que no queremos curar.

Somos legión. Con nosotros han pinchado en hueso. ¡Muerte a la aceituna!

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