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05/04/2016 07:03 CEST | Actualizado 05/04/2016 07:04 CEST

Lo que la dentadura de un niño refugiado cuenta a María Menenakou

mariaLa doctora María Menenakou se mueve entre bebés, niños y adolescentes que abren la boca para que examine sus dentaduras. Las más de las veces lo hacen con recelo. Con los más pequeños es fácil, una bolsa de fritos ayuda. Con los adolescentes es más complicado. Saben que la odóntologa griega puede averiguar su edad con un margen de error pequeño y eso significa muchas veces tener o no tener los papeles para marcharse o para quedarse.

La doctora María Menenakou se mueve entre bebés, niños y adolescentes que abren la boca para que examine sus dentaduras. Las más de las veces lo hacen con recelo. Con los más pequeños es fácil, una bolsa de fritos ayuda. Con los adolescentes es más complicado. Saben que la odóntologa griega -presidenta de la Asociación Dental de El Pireo- puede averiguar su edad con un margen de error pequeño y eso significa muchas veces tener o no tener los papeles para marcharse o para quedarse. A partir de los 18 años, no los puede retener, si tienen 14 o 15 aún puede evitar que abandonen las instalaciones del puerto o las casas de acogida de Atenas -de las que también pueden escapar, la ley no obliga a retenerles- y que se pierdan por los caminos de Grecia que llevan al norte, a la frontera con Macedonia, Bulgaria e incluso Albania. El caso es cruzar cualquier alambrada, menos regresar a Turquía.

De nada sirve decirles a estos miles de adolescentes que ha visto pasar por El Pireo durante meses y meses que allá arriba todo está cerrado, que la situación en lugares como Idomeni es insostenible. En la mayoría de los casos salieron de Siria, de Irán o de Afganistán con alguna familia amiga, con tíos o primos, pero la travesía ha sido dura y ahora ya son una carga. Otros emprendieron el viaje solos. "Para nosotros es una pesadilla, porque desaparecen pronto. Se habla de 10.000 niños-adolescentes desaparecidos, perdidos y sin control de nadie. Nos los decimos entre las ONG, pero no tenemos datos exactos. Es desesperante".

Menenakou se explica poco tiempo después de conocer el tratado de Bruselas con Turquía, que permite devolver a los refugiados que lleguen al Gobierno de Erdogan. Está espantada. Ya no tiene mucha fe en Bruselas, pero "confío en que la ONU, Acnur y todas las organizaciones no gubernamentales actuemos. He conocido jóvenes homosexuales afganos que si les devuelven a su país serán torturados; he atendido a chicos kurdos con sus cuerpos torturados ¿Cómo les vamos a devolver? ¿Qué les está pasando allá arriba -el Norte de Europa-, acaso solo quieren sirios e iraníes como mano de obra barata y cualificada? Ya ni eso".

La odontóloga trabaja con la ONG La sonrisa de un niño. Dicen sus compañeras que es una entregada que sólo se enfada -y se controla- cuando ve las injusticias de cada día, así que debería de estar enfadada a todas las horas, pero no es así. Es una creyente en la solidaridad de los griegos."Tendremos otros muchos defectos, pero solidarios, ya se ve. Y así seguiremos" explica, mientras hace una pausa, deja a un chaval al que acaba de examinar y detalla algunas de las cosas que lee en las bocas de par en par que observa cada día. "A menudo tienen escorbuto, porque llevan meses o años fuera de sus hogares. Hay diferencias notables entre los dientes de los niños sirios y los de los afganos u otros. Los niños de Siria a veces tienen los morales sellados para evitar caries, sus padres han sido conscientes de lo que es una dentadura sana y han podido pagarlo. Están mejor alimentados. Sí, hay veces que me basta con que abran la boca para saber de donde vienen". Menenakou sonríe y se despide para seguir con su trabajo, mientras saluda al pediatra Christos Kammilazos, el coordinador general del equipo de la ONG.

Es una mañana de marzo de 2016 en el puerto de El Pireo, donde 4.300 refugiados van recibiendo las noticias de lo que se ha decidido en Bruselas sobre su destino. Niños y mujeres forman cola para recoger su comida, arroz y un huevo duro. Los hombres, a otro lado, pan y una pieza de fruta. Los sirios y los iraníes en una parte, los demás refugiados en otra. La noche anterior se han peleado unos cuantos por los pocos enchufes que hay para recargar los móviles, también porque los sirios culpan a los afganos de las decisiones de Bruselas.

De los coches que llegan desde Atenas o de Drapatsona (uno de los barrios más pobres de El Pireo) bajan desde una pareja de jubilados -once veces les han rebajado la pensión- que traen frutas y verduras frescas, a amas de casa que vienen a ofrecer sus hogares para que las familias con niños más chicos vayan a ducharse, comer y descansar un día, unas horas. Harán turnos.

Eso es exactamente lo que haría la matriarca de los Tyrakis, Penélope, que acaba de cumplir 86 años el 8 de marzo. Los últimos tiempos en los que tuvo casa propia, ella y su marido, el pope Manolis Tyrakis, convirtieron su hogar en un monasterio por donde pasaron hijas de solteras, albaneses, desarraigados de las guerras de los Balcanes. Antes, Penélope había criado a nueve hijos, que son el orgullo de su vida y a quienes desde hace años, las políticas de Bruselas y de Alemania, están destrozando la vida, piensa ella. Pese a todo, si sus piernas funcionaran -ahora las arrastra- bajaría a El Pireo a recoger a estas otras almas en pena, lo que ella fue en los años cuarenta, cuando los nazis la echaron de su hogar.

Ana Cañil y Joaquín Estefanía acaban de publicar el libro Los Tyrakis: una saga familiar para entender la crisis de Grecia. Puedes leer aquí un fragmento del libro

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