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21/01/2018 09:22 CET | Actualizado 21/01/2018 09:22 CET

'Hablar por hablar' o historias de la poliédrica vulnerabilidad

Pentación
Escena de 'Hablar por hablar' © Luis Castilla / elNorte Comunicación

Hablar por Hablar es el programa de la Cadena Ser que lleva años llenando las noches solitarias de muchas personas, solitarias que no solas. Esas personas que tienen un tesoro guardado en su interior y que se conectan buscando en los otros razones para mostrarlo. Porque mostrarlo es dejar ver esa belleza humana que, por bella, teman que su entorno, también de solitarios, no sean capaces de apreciar. Pues bien, en el Teatro Bellas Artes el director de teatro Sánchez Cabezudo con un puñado de buenos dramaturgos y otro puñado de buenos actores ha cogido algunos de esos tesoros y los muestra brillantemente para emocionar en una obra llamada Hablar por hablar. Emocionar significa tanto poner los corazones en un puño hasta sacarle la risa y la sonrisa al espectador.

Teatro de la gente y para la gente que tiene el gran acierto de mostrar como la realidad informativa de puigdemones y otras noticias políticas, poco tienen que ver con las historias de personas aparentemente corrientes y molientes. Con sus intereses reales. Con lo que les pasa. Pues ante al enfrentamiento y la bronca política con la que se abre el espectáculo en forma de boletín informativo, como corresponde a un espectáculo como este, susurrado al oído del espectador, se muestra la capacidad de escucha, empática y simpática, Incluso la que se manifiesta mediante la guasa y la ironía desde el cariño que a veces trae un simple tuit.

Obra que a la manera de Magnolia, la película coral de Paul Thomas Anderson, va creando un clímax para que lo inverosímil venza la incredulidad de un público resabiado y de vuelta de todo. Convertir lo inverosímil en una posibilidad real en un mundo que lo calificaría como imposible. Hacer que las madres y las familias encuentren a sus hijos. O que las personas arrolladas por la crisis la superen, o no, hablando para entenderse a sí mismos y a los otros. Mujeres y hombres que toman la palabra en nombre de sus seres queridos. Hombres y mujeres que se separan y se reconcilian, si es que es posible. Hombres y mujeres que cuentan sus pequeñas grandes miserias con las que han construido sus vidas. Un mundo en el que hasta las Julietas encuentran a sus Romeos.

Se hace así un pachtwork de piezas escritas con maestría por Alfredo Sanzol, Ana R. Costa, Juan Cavestany, Yolanda G. Serrano y Juan Carlos Rubio ¡Menudo equipo! Piezas cosidas a mano por Fernando Sánchez-Cabezudo, el director, la misma mano que usó para coser las "Historias de Usera" con las que se despidió de ese asombroso proyecto teatral que fue el Kubik Fabrik en el barrio de Usera, sobre el que todavía se pregunta cómo es que funcionó. Un cosido que todos y cada uno de los actores y actrices de este montaje convierten en un bordado. Unos pocos profesionales que son capaces de desdoblarse en un montón de personajes. A veces, con un simple cambio de registro, una peluca, un abrigo, un pequeño elemento escénico que preside un sencillo estudio de radio.

Una obra que desde la pequeñez (aparente) de las historias y de muchos de los elementos usados es capaz de construir grandes momentos teatrales para el recuerdo. Montada a partir de elementos pequeños. Las despreciadas palabras y las poco apreciadas vidas de esos que solo parecen servir para dar un voto y que, sin embargo, tienen mucho que contar desde el otro lado del teléfono. Ese cable o esas ondas que unen lo privado y lo íntimo con lo público. Ese cable o esas radiofrecuencias que convierten a los extraños en seres inverosímilmente solidarios por el gusto de hablar, de hablar por hablar, con otros. De ser escuchados y para poder escuchar y, así, acortar las largas noches de invierno o alargar las cortas noches de verano en compañía de otros solitarios.

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