El nacionalismo tal vez no se cura viajando

El nacionalismo tal vez no se cura viajando

No estaría mal que el nacionalismo o chovinismo se curara yendo a veranear a Almería o al Valle del Jerte, pero todos sabemos que no es así. En muchos casos, la gente utiliza sus viajes o acceso a otras realidades para ensalzar las diferencias, sentirse a gusto consigo mismos.

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Foto: ISTOCK

Se oye y lee mucho en España esa frase de que "el nacionalismo se cura viajando", "ese no ha salido de su pueblo", "tiene la barretina calada hasta las cejas y les obstruye las ideas", y cosas parecidas.

Suele utilizarse cuando se quiere poner en su sitio a los nacionalistas periféricos que creen que las pequeñas cosas hacen grandes diferencias y se sienten, en el fondo y a menudo en la forma, mejores, superiores.

No estaría mal que el nacionalismo o chovinismo se curara yendo a veranear a Almería o al Valle del Jerte, pero todos sabemos que no es así. En muchos casos, la gente utiliza sus viajes o acceso a otras realidades para ensalzar las diferencias, sentirse a gusto consigo mismos.

En las universidades estadounidenses ha ganado terreno con fuerza en estos últimos años la importancia de viajar a países extranjeros como parte de la experiencia universitaria. Hay incluso programas que hacen obligatorio tener una experiencia en otros países para poder graduarse.

No seré yo el que lleve la contraria en este terreno, ya que uno de los puntos débiles de los americanos es su tendencia a verse como miembros del ecosistema por excelencia, lo cual les exime en buena parte de aprender lenguas extranjeras, ver películas de otras cinematografías o traducir otras literaturas.

El problema que he observado es que estas experiencias overseas con frecuencia acaban en degenerando en un sentimiento de condescendencia. Vale, tu país es un desastre, no funcionan las infraestructuras, la gente no tiene dinero y las casas son pequeñas y contrahechas. Sin embargo, la gente es estupenda, no como esos paisanos míos egoístas y materialistas. "Es la gente, estúpido", como viene a decirnos la autora de este reciente artículo publicado en The Atlantic Monthly.

Ese es en buena medida el resumen de lo que muchos estadounidenses que me he encontrado me cuentan acerca de sus experiencias en Colombia, Nicaragua, El Salvador, China o Egipto. Cuando van a Europa, es un poco distinto ya que, como dice Vicente Verdú, el viejo continente les parece una especie de tercer mundo elegante. Pero solo hasta cierto punto.

Tienen clara una cosa, a eficiencia y en organización no les gana nadie. Literalmente, no les entra en la cabeza. Muy escasas veces se escucha en conversaciones o foros debatir o intentar copiar como sus mayores problemas se han resuelto en otras latitudes. Superándoles en eficacia e incluso en productividad.

La superación de estas cuestiones significa, en bastantes casos, que en unos cuantos lugares del mundo la gente vive con mayor tranquilidad, seguridad y calidad de vida, aunque tengan casas más pequeñas. Pongamos que hablo del sistema de salud, el control de las armas, el cuidado de la cadena alimentaria, que en América deja bastante que desear, o el relativamente bajo nivel educativo del americano medio. Pilares todos ellos de lo que constituye tener una buena vida.

Y de eso, incluso muchos estadounidenses educados y que viajan, jamás hablan.