¿Cómo es vivir como fisioterapeuta en la élite del atletismo mundial? La española Claudia Levoni lo cuenta desde dentro
La castellonense viaja y forma parte del día a día del equipo OAC Europa en el que están figuras como Marta García o Mohammed Attaoui, dos de los referentes nacionales del atletismo.

No sale en la foto cuando alguien gana. No cruza la meta, no sube al podio y no escucha el himno. Pero está ahí antes, durante y después. En cada entrenamiento invisible, en cada sobrecarga que amenaza con romperlo todo, en cada duda del cuerpo cuando la cabeza quiere seguir.
Así es la vida de una fisioterapeuta en la élite. Y así la está viviendo Claudia Levoni, una castellonense que, sin hacer ruido, se ha colado en uno de los ecosistemas más exigentes del deporte mundial. El atletismo es el deporte más global que existe, una especialidad donde cada detalle puede marcar la diferencia entre una medalla o un cuarto puesto.
Hace no tanto, el día a día de Levoni era más reconocible, casi previsible. Pasar consulta, pacientes, horarios marcados y una rutina estable. Un buen trabajo, incluso cómodo. Pero no suficiente. Había algo que no terminaba de encajar, una sensación persistente de estar en el lugar correcto… pero no en el destino final.

"Siempre he querido trabajar con deportistas de élite"
"Estar en una clínica es un buen trabajo, eso es cierto, pero no es lo que más ilusión me hacía. Digamos que no es con lo que soñaba cuando empecé a estudiar esto", reconoce en una entrevista con el HuffPost. Mientras estudiaba, ya intuía que su camino iba por otro lado, aunque todavía no supiera exactamente cómo llegar hasta ahí: "Siempre he querido tratar a deportistas de élite y no he dejado de formarme para conseguirlo. He peleado mucho hasta llegar aquí".
Ese "aquí" no llegó de golpe, ni con una decisión heroica. Llegó como suelen llegar las cosas que cambian una vida: a través de una oportunidad pequeña que exige un salto grande.
Una amiga le habló de una vacante en el equipo OAC Europa. Envió su currículum casi como quien lanza una botella al mar, se reunió con ellos en un Campeonato de España y, poco después, estaba en Suiza, probándose a sí misma en un contexto completamente nuevo. "Les gusté, me quedé como parte del equipo y aquí sigo".
Lo cuenta con naturalidad, pero en esa frase hay años de formación, de dudas y de insistir cuando no era fácil. Lo más sencillo de todo fue hacer la maleta, probar y decir sí a llevar adelante eso que tanto anhelaba.
Entre Castellón, Suiza y Sudáfrica
Desde entonces, su vida ya no se mide en semanas, sino en desplazamientos. Saint Moritz, en Suiza. Dullstroom, en Sudáfrica y también Castellón, cuando toca volver a casa y recargar. Tres puntos en el mapa que dibujan una rutina nómada, exigente y, al mismo tiempo, profundamente elegida. "Echo la vista atrás y si me hubieran dicho lo que iba a pasarme en pocos meses ni me lo hubiera creído", admite con una sonrisa recordando como cambió su vida de la noche a la mañana, como quien dice. Y, sin embargo, ya no hay rastro de vértigo en su relato. "Soy muy feliz". Y no hace falta más explicación.
Porque el trabajo tampoco es como muchos imaginan. No es solo camilla y masaje. No es esperar a que aparezca la lesión para intervenir. En la élite, el margen de error es mínimo y el verdadero objetivo es que nada ocurra.
"Estoy trabajando con ellos como fisio, pero también en las sesiones de gimnasio, haciendo trabajo de readaptación y de prevención de lesiones, que es fundamental para un atleta que convive diariamente en la élite". Anticiparse, leer el cuerpo antes de que falle, ajustar cargas, corregir gestos.
Marta García o Attaoui, referentes nacionales en el equipo
Es un trabajo silencioso, pero determinante. Y eso es lo que lleva con deportistas de talla mundial como los españoles Marta García o Mohammed Attaoui, reciente medallista de bronce en el último Campeonato del Mundo de Torun.
Ese nivel de exigencia lo atraviesa todo. Los horarios dejan de ser propios, el descanso se convierte en herramienta de trabajo y hasta la energía se gestiona como un recurso limitado. "Hay días que tengo más trabajo y no entreno porque mi prioridad es estar fresca en mis sesiones con ellos, que son los importantes", explica un poco sobre su día a día.
Porque, aunque ella también ha sido atleta, ahora su papel es otro. Aun así, el vínculo no desaparece del todo. Sigue corriendo cuando puede, buscando huecos entre sesiones, casi como una forma de no perder del todo su identidad. "Yo vengo del atletismo… y al final mi pasión también es correr, ponerme un dorsal, entrenar, mirar el reloj...". Hay cosas que no se negocian.
El contexto tampoco ayuda a acomodarse. Cada destino exige una adaptación distinta, no solo profesional, también vital. "Son dos extremos opuestos", resume al comparar Suiza y Sudáfrica. Saint Moritz es precisión; estructura, rendimiento medido al milímetro. Dullstroom es otra cosa: menos recursos, más incertidumbre, pero también un entorno que empuja desde otros lugares, como el clima o la altitud.

Y ahí aparece una de las claves del trabajo del equipo. La altitud no es un detalle, es una herramienta. "Entrenar en altitud, como ya mucha gente sabe, es muy importante, sobre todo de cara a ser lo más competitivo posible en las pruebas más trascendentes", explica. Cada atleta responde de forma diferente, cada cuerpo se adapta a su ritmo, y entender esos matices forma parte de ese trabajo invisible que no se ve, pero que se nota cuando llega el momento de competir.
"Estoy como en una nube"
En paralelo, hay algo que no se detiene nunca: el aprendizaje. Porque en la élite no basta con haber llegado. Llegar, en realidad, es solo el principio. "Sigo formándome con cursos, con másters… Creo que es fundamental seguir aprendiendo para poder ir aportando desde mi trabajo". Esta última es una frase sencilla, pero que esconde una realidad clara: aquí nadie se puede quedar quieto.
Hay una imagen que resume bien todo esto. No es una meta, ni un podio. Es una sensación. "Estoy como en una nube", dice. No lo cuenta como algo pasajero, sino como quien reconoce que, después de mucho tiempo buscando, ha encontrado su sitio.
Y eso, en un mundo donde todo va tan rápido, ya es una victoria enorme. Porque a veces el mayor salto no es físico. Es decidir cambiar de vida… y sostener esa decisión cuando todo empieza a moverse.
