Ni Maradona, ni Pelé, ni Ronaldo Nazario, es Mikel Oyarzabal: el delantero que terminó la carrera y ahora es la esperanza española
La Selección Española goza de grandes estrellas en sus filas. Sin embargo, el extraordinario partido del delantero de la Real Sociedad ante Arabia con dos goles y una asistencia ha hecho que todo un país deposite en él sus esperanzas.

Hubo un tiempo en el que Mikel Oyarzabal parecía condenado a vivir en un extraño segundo plano. Entrenadores, compañeros y rivales coincidían en definirlo como uno de los futbolistas más inteligentes del fútbol español, pero fuera del vestuario seguía existiendo la sensación de que era un gran jugador al que siempre le faltaba algo para ser considerado una auténtica estrella. Nunca era el más rápido, ni el más espectacular, ni el que protagonizaba las grandes campañas publicitarias. Mientras otros construían una imagen pública casi tan importante como su rendimiento sobre el césped, él seguía haciendo lo único que ha sabido hacer desde niño: jugar al fútbol con una naturalidad extraordinaria, sin ambición mediática, tan solo centrado en el balón.
El Mundial de 2026 ha terminado por derribar ese viejo prejuicio. Después de un estreno gris de España frente a Cabo Verde donde el marcador quedó sin goles añadidos por ninguno de los equipos, el delantero de la Real Sociedad respondió como hacen los futbolistas destinados a marcar una época. Su exhibición ante Arabia Saudí, con dos goles y una asistencia, no sólo impulsó a la selección española, sino que cambió definitivamente la conversación sobre su figura y la percepción que algunos ya tenían, pero que logró generalizarse. De repente, el futbolista al que durante años muchos consideraban infravalorado se ha convertido en uno de los líderes de una generación que sueña con conquistar el mundo. En 2010 teníamos a David Villa, hoy tenemos a Mikel Oyarzabal.
Las redes sociales hicieron el resto. En pocas horas comenzaron a multiplicarse las comparaciones con Maradona, Pelé, Ronaldo Nazário o el delantero asturiano. Eran memes y exageraciones propias de la pasión futbolística que se dan cada cuatro años, pero escondían una realidad evidente: España ya no necesitaba buscar al heredero de nadie. Bastaba con disfrutar de Mikel Oyarzabal. Un futbolista cuya carrera nunca ha necesitado artificios.
Un niño que no podía vivir sin un balón
La historia de Oyarzabal comienza en Eibar, una ciudad donde el esfuerzo no es un lema, sino una forma de entender la vida. Desde muy pequeño el fútbol ocupó cada minuto de su tiempo. No hacía falta un campo ni una portería para jugar. El pasillo de casa era suficiente para imaginar finales de Mundial.
Las puertas se convertían en porterías improvisadas y cada disparo terminaba demasiado cerca de un cuadro o de una lámpara. Sus padres han recordado en numerosas ocasiones aquellas tardes en las que algún adorno acababa hecho añicos después de escuchar un golpe seco procedente del salón. Prometía que no volvería a jugar dentro de casa, pero la promesa apenas duraba unas horas. Aquella pasión encontró muy pronto su lugar en Zubieta, lugar de formación de la Real Sociedad que terminaría moldeando tanto al jugador como a la persona.
Desde sus primeros años llamó la atención por una virtud distinta a la del resto. No era el juvenil más explosivo ni el atacante que dejaba las mejores jugadas para los vídeos de YouTube. Su talento estaba en la cabeza. Entendía el juego con una claridad impropia de su edad. Sabía cuándo acelerar una acción, cuándo pausarla y cómo interpretar los espacios antes que los demás. Los entrenadores repetían siempre la misma frase: Oyarzabal hacía fáciles cosas que para otros eran extraordinariamente difíciles. Unas propiedades que recuerdan a grandes nombres del deporte rey. De hecho, algunos periodistas deportivos señalan que sería el recambio ideal para Antoine Griezmann: la insignia en los últimos años del Atlético de Madrid que, por cierto, también provenía de la Real Sociedad.
El futbolista que nunca abandonó la universidad
Mientras su carrera deportiva avanzaba a gran velocidad, tomó una decisión que acabaría definiendo también su trayectoria: se matriculó en Administración y Dirección de Empresas cuando todavía ni siquiera había debutado con el primer equipo de la Real Sociedad. Nunca pensó que estudiar fuera incompatible con perseguir el sueño de llegar a la élite. Al contrario. Como él mismo ha explicado en numerosas entrevistas, comenzó la carrera porque todavía no sabía si algún día conseguiría consolidarse como futbolista profesional.
"Cuando empecé todavía no había debutado con el primer equipo. Justo ese año hice la pretemporada, pero no sabía lo que iba a ser de mí", recordó durante una conversación en Lecturas.
El debut en Primera División llegó poco después, pero aquello no modificó sus planes. Mientras se abría paso en el fútbol profesional, continuó asistiendo a clase, pero evidentemente recibió ayuda de aquellos que no tenían tanta responsabilidad deportiva. Durante dos años compartió piso con tres amigos que cursaban la misma carrera, quienes le ayudaban con apuntes y trabajos cuando los entrenamientos, las concentraciones o los viajes le impedían acudir a la universidad.
Podría haber recurrido a un programa específico para deportistas de élite o haber cambiado la modalidad de sus estudios, pero nunca quiso hacerlo. Prefirió completar la carrera como cualquier otro estudiante, convirtiéndose en uno de los pocos futbolistas españoles de máximo nivel que logró graduarse mientras disputaba partidos de Primera División. Algo que antaño era más común, pero que de un tiempo a esta parte se ha convertido en una anomalía.
Mucho más que un capitán

Su forma de entender el esfuerzo fue la que terminó convirtiéndolo en capitán de la Real Sociedad. El brazalete nunca fue un reconocimiento simbólico, sino la consecuencia lógica de una trayectoria construida sobre el compromiso y la fidelidad a un escudo que le acompaña desde la infancia por el que incluso ha rechazado ofertas de la Premier.
Oyarzabal nunca necesitó levantar la voz para ejercer liderazgo. Lo hizo desde el ejemplo. Asumía responsabilidades cuando llegaban las derrotas, protegía a los más jóvenes y mantenía siempre el mismo nivel de exigencia en cada entrenamiento. Ese liderazgo silencioso también quedó reflejado en la conquista de la Copa del Rey de esta misma temporada, donde alzó la cuarta copa de la historia del club.
El delantero que hace mejor a España
Luis de la Fuente siempre ha defendido que Oyarzabal era mucho más que un delantero. No veía únicamente a un goleador. Veía un futbolista capaz de interpretar cada momento del partido, de asociarse con los centrocampistas, iniciar la presión, generar espacios y asumir responsabilidades cuando el equipo más lo necesitaba. "Mikel Oyarzabal es una persona muy inteligente y eso se ve en el terreno de juego. Para mí es uno de los mejores delanteros jugando al espacio, entre líneas... Esa interpretación que tiene del fútbol la tienen muy pocos futbolistas. Hay que saber mantener los pies en el suelo y él lo hace. Está tranquilo, sobrio. Cada día me encandila más", aseguró el seleccionador español en rueda de prensa donde enfatizó en que "si me permite, ha hablado de Mikel Oyarzabal, un grande entre los grandes" y que "por fin estamos empezando a reconocerle en España".
La actuación frente a Arabia Saudí fue la confirmación definitiva. Sus dos goles y la asistencia fueron la consecuencia de una interpretación perfecta del juego. Cada movimiento parecía elegido con precisión. Cuando debía abrir el campo aparecía en la banda; cuando había que fijar a los centrales permanecía en el área; cuando surgía un espacio entre líneas era el primero en detectarlo. Con el doblete, suma ya 27 tantos en los 55 partidos que ha jugado con España, superando ya a Emilio Butragueño (26 goles en 69 partidos) y a uno de superar a Fernando Morientes, que anotó esos 27 en 47 partidos y con dos igualaría a Fernando Hierro (29 en 89). Los treinta minutos en los que no tocó balón ante Cabo Verde se quedaron finalmente en una anécdota, algo que no tiene mayor importancia.
Los grandes delanteros viven del instinto. Oyarzabal ha añadido a ese instinto una inteligencia futbolística que lo convierte en uno de los atacantes más difíciles de defender del panorama internacional.
La normalidad como mayor virtud
En un fútbol cada vez más condicionado por la exposición mediática, Mikel Oyarzabal representa una rara excepción. No alimenta polémicas, no vive pendiente de las redes sociales y rara vez busca un titular fuera del campo. Su historia demuestra que todavía es posible alcanzar la élite sin renunciar a la discreción, a la formación académica o a una vida alejada del foco permanente.
Quizá esa normalidad fue durante mucho tiempo interpretada como falta de carisma. Hoy ocurre exactamente lo contrario. Las comparaciones con Maradona, Pelé o Ronaldo seguirán apareciendo cada vez que firme una actuación memorable. Forman parte del lenguaje emocional del fútbol y las redes sociales. Pero el mayor logro de Mikel Oyarzabal quizá sea otro mucho más difícil de alcanzar: el de ser un jugador del que la gente normal, de pie de calle, pueda verse reflejada y ser un ejemplo para todos.
