¿La solución a la crisis del alquiler? Mirar 500 años atrás: el barrio donde se pagan 88 céntimos al año por una vivienda
Se llama Fuggerei, está en Alemania y es el complejo de viviendas sociales más antiguo del mundo: sus vecinos viven en viviendas reformadas por un precio de risa, a cambio de cumplir una curiosa condición.

¿Y si la solución al problema de la vivienda no estuviera en una ley nueva ni en un fondo europeo, sino en mirar quinientos años atrás? La idea suena a broma, pero en el sur de Alemania existe un barrio donde el alquiler cuesta 88 céntimos de euro al año. No al mes, ni a la semana... ¡Al año! No se trata de una promoción inmobiliaria puntual ni tampoco de una rareza turística, sino como parte de un sistema que lleva funcionando desde 1521 sin interrupciones. Lo sorprendente no es solo el precio que se paga aquí por tener un techo en el que guarecerse, sino que haya sobrevivido a guerras, reconstrucciones, la inflación y burbujas inmobiliarias sin tocar una coma de su contrato original.
El lugar en el que ocurre la magia está en Alemania, se llama Fuggerei y se encuentra a pocos minutos del centro histórico de Augsburgo. Se considera el complejo de viviendas sociales más antiguo del mundo que todavía sigue en uso y, mientras Europa parece que se ha instalado en una eterna crisis de acceso a la vivienda, tras las murallas del recinto el tiempo parece avanzar con otra lógica. Calles estrechas, adosados revestidos de estuco y una tranquilidad que se acerca más a la vida en un pueblo que a la de una ciudad alemana de 300.000 habitantes. Otros, en cambio, consideran que el buen ambiente que respiran aquí se debe al precio de los alquileres, que equivaldría al salario mensual de un trabajador de finales de la Edad Media: un florín renano que, si se convierte al euro que llevamos en la cartera, lo que pagan los residentes de la colonia al año se traducirían en unos irrisorios 0,88 céntimos, que en algunos casos puede llegar a ser de un euro.
Para entender el precio que pagan en Fuggerei por un alquiler hay que detenerse bien en la letra pequeña de los contratos que, como le pasa a la simbólica cifra de la renta, no se nunca se ha actualizado. Porque para tener la suerte de vivir en la colonia hay que cumplir unos requisitos: ser católico, acreditar que no se tienen ingresos para un alquiler normal y haber vivido en Augsburgo, al menos dos años. Además de esto, es indispensable aceptar una cláusula extra: rezar cada día un padrenuestro, un avemaría y el credo por el fundador del complejo de viviendas y también por su familia.
El complejo de viviendas lo fundó en 1521 Jakob Fugger, un comerciante, banquero y uno de los hombres más ricos de la Europa del siglo XVI, que también ejerció como consejero del emperador Maximiliano I. Como era un hombre profundamente religioso, concibió el proyecto como obra de caridad y, ya de paso, como seguro espiritual. Su plan era ayudar a los pobres y, al mismo tiempo, asegurar la salvación del alma a través de la oración, por lo que dejó por escrito que los beneficiarios de la iniciativa tendrían que rezar por él. Han pasado cinco siglos y, por increíble que parezca, esa cláusula sigue vigente.
Actualmente, la Fuggerei cuenta con 67 casas adosadas y alberga a unos 150 residentes. En su mayoría son personas mayores en situación de vulnerabilidad, aunque también se pueden ver algunos jóvenes y, de forma excepcional, familias. Como no existe una lista de espera, el proceso de admisión puede durar años; los trabajadores sociales entrevistan a los solicitantes y valoran tanto su situación económica como su encaje en el barrio. De hecho, la decisión final la toman todavía hoy los descendientes de la familia Fugger.
“No es el día de los Santos Inocentes. Vivo aquí por 88 céntimos al año", explica Angelika Stiebi al programa Euromaxx, de la cadena pública alemana Deutsche Welle. Su vivienda tiene alrededor de 60 metros cuadrados, está reformada, con cocina equipada, cuenta con calefacción moderna y hasta disfruta de un pequeño patio trasero. A ese alquiler de risa solo hay que sumarle unos 100 euros mensuales en gastos de suministros. Nada más.
Angelika nunca imaginó que acabaría viviendo allí. Trabajó durante años en la hostelería, practicó deporte, viajó... pero mientras la seguridad social alemana y la oficina de empleo discutían quién debía hacerse cargo de su pensión, sus ahorros se agotaron. Así que pidió una vivienda en la colonia de Fuggerei y esperó hasta que tres años después la llamaron: “Cuando me aceptaron, sentí que me quitaban un peso de encima”, recuerda.
La vida cotidiana también se rige por algunas normas que parecen anacrónicas, pero que funcionan. A las diez de la noche, por ejemplo, se cierran las puertas y los propios vecinos se turnan para vigilarlas. Quien llega tarde debe pagar una pequeña cantidad para entrar: 0,5 céntimos si el retraso es leve, un euro si pasa de la medianoche. Nadie ha pensado en eliminar una regla que nació para proteger a los residentes de los borrachos. Dentro de Fuggerei, además, hay tareas compartidas, jardines comunes, café los jueves y una red de apoyo constante. “Aquí todos nos conocemos”, dice Angelika.
El complejo residencial no cuenta con financiación pública. La colonia se mantiene gracias a la explotación forestal de sus terrenos y al turismo. Cada año, unas 200.000 personas cruzan sus puertas. Los visitantes pagan una entrada, que incluye una visita al museo y a un apartamento, mientras los vecinos siguen con su vida, acostumbrados a vivir dentro de una rareza histórica que sigue funcionando.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos destruyeron buena parte del barrio. Tras la contienda, lo reconstruyeron respetando su trazado original y adaptándolo a la vida moderna. En 2021, con motivo de su 500 aniversario, la entonces presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, visitó la Fuggerei y afirmó que el modelo podía inspirar la reconstrucción de Ucrania. “Europa necesita más Fuggereis”, dijo.
Angelika quiere quedarse allí para siempre: “Ojalá hubiera más personas ricas dispuestas a hacer algo así”, reflexiona. En Augsburgo, al menos, el experimento todavía funciona, por 88 céntimos al año... y tres rezos diarios.
