INTERNACIONAL
06/10/2019 10:02 CEST | Actualizado 06/10/2019 10:34 CEST

5 cosas que elogiar de Portugal y otras 3 que no, ahora que se celebran elecciones

El socialista Costa, virtual vencedor, ha gobernado con estabilidad, contra pronóstico, con apoyo de la izquierda. Una legislatura con milagro, y también con sombras

RAFAEL MARCHANTE / REUTER
El primer ministro y candidato socialista Antonio Costa, el pasado 24 de septiembre, durante un mitin en Lisboa.

Portugal celebra este domingo elecciones legislativas con la práctica seguridad de una victoria socialista, que mantendría en el poder a los del actual primer ministro, Antonio Costa. La duda está en si lograrán la mayoría absoluta o tendrán que compartir el timón del país. En la última legislatura, han gobernado junto a las fuerzas más progresistas (el Bloco de Esquerda, el Partido Comunista y Los Verdes) con acuerdos puntuales para la investidura, los presupuestos o leyes concretas. Cooperación pero no coalición. Y ha ido bien. Los que se reían de la llamada gerigonça (esa suma extraña y poco clara abocada al fracaso), han tenido que asumir que la fórmula ha funcionado. 

Cuando en España nos preparamos para las cuartas elecciones en cuatro años porque precisamente no hemos sabido reeditar un acuerdo como el portugués, es imposible no mirar de reojo ese espejo. Se habla de “milagro económico”, de un país “salvado” de la Troika, los créditos y el rescate a base de buena gestión y agenda social. Pero de Portugal también llegan las huelgas constantes por las carencias en los servicios públicos y los trabajadores pobres. 

Hay motivos para la admiración, muchos, pero también para la alerta, algunos menos.  

Motivos para el elogio

1) La izquierda ha sabido entenderse

El primero es básico: aunque las elecciones las ganó hace cuatro años el conservador Pedro Passos Coelho, se quedó a siete escaños de la mayoría absoluta, y las fuerzas de izquierda, no sin complicaciones y largos debates, supieron sumar y gobernar. De los 230 diputados del parlamento, los socialistas lograron 86, pero han ido sacando adelante votaciones con los votos del Bloco (los Podemos locales, con 19) y la alianza de comunistas y verdes (17 más). 

No todo ha sido entendimiento, ha habido momentos de enfrentamiento claro y propuestas que han peligrado o no han salido. Pero, en conjunto, el resumen es de una notable estabilidad institucional y una rápida actividad legislativa. Se han puesto de acuerdo en lo más urgente (lo económico y lo social), mientras que cada cual podía seguir defendiendo su propia naturaleza, porque no eran socios ni compartían consejo de ministros. 

2) Los socios han ido a lo importante

El Gobierno en minoría de Costa y sus socios puntuales ha iniciado una senda de recuperación económica impensable ante los recortes aplicados por Coelho a raíz de la crisis. 78.000 millones de euros supuso el rescate del Fondo Monetario Internacional, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea).

Frente a los despidos de funcionarios, los recortes generales de salarios, la cancelación de festivos o la congelación de pensiones, entre otros tijeretazos, se han repuesto los salarios de los empleados públicos (y reduciendo además su jornada laboral de 40 a 35 horas semanales), se han devuelto los días de libranza pendientes, se han restaurado las pensiones, ha aumentado el salario mínimo, se han cancelado procesos de privatización (como los de los transportes públicos de Oporto o Lisboa), se han dado incentivos a empresas con ayudas al desarrollo, mejoras fiscales y financieras, y se ha aprobado la gratuidad de los libros de texto para los menores de edad. 

3) Los datos económicos son indiscutiblemente buenos, sin austericidio

El “invento” de la izquierda no se desmoronó. Antes al contrario, Portugal, con ella, ha “resurgido de las cenizas”, en palabras del Financial Times. Lo constatan datos indiscutiblemente buenos en cuanto a paro, crecimiento y déficit. “Ha conseguido un progreso encomiable en afrontar los riesgos a corto plazo”, añade el FMI. 

El desempleo se ha desplomado desde el 13% al 6,7% -puede bajar al 6,4% a finales de año-, según datos del INE portugués; es su menor nivel desde 2002 y está por debajo de la media de la zona euro. En España estamos en el 14% actualmente. 

Costa ha ido dando pasos para recomponer la situación, pero sin olvidar la ortodoxia presupuestaria. Austericidio no, pero soltarse la melena a lo loco, tampoco. No obstante, con ese estricto control de las cuentas ha llevado el déficit de 2018 al 0,5% del PIB, su tasa más baja desde 1995, que podría ser del 0,2% apenas en diciembre. Venía de un 11% en 2010. Se espera que tenga superávit en 2020, lo que sería un hito en 25 años. 

Su deuda pública es ya similar a la española (aunque aquí no hubo rescate), del 121,5% –alcanzó un pico del 130,6% en 2014–, con la previsión de que se reduzca al 118,7% este año. Y la economía no ha dejado de crecer durante cinco años consecutivos: un 3,5% en 2017 y un 2,4% en 2018, por encima de la media comunitaria, resultado sobre todo de la explosión del turismo (especialmente el de lujo, el que tiene más dinero) y del florecimiento de la construcción, concentrado en el litoral.

4) Recibe el aplauso internacional financiero.... y social

Hasta cuatro agencias internacionales de calificación han subido su nota en los últimos meses y, por supuesto, estos pasos se dan cumpliendo con los compromisos impuestos por Bruselas y las instituciones financieras, que no le dejarían pasar ni una. Al FMI, por ejemplo, ya le ha devuelto por anticipado las cantidades prestadas. 

El hacedor de milagros en este campo ha sido el ministro de Finanzas, Mario Centeno, fichado incluso en este tiempo como presidente del Eurogrupo, al que llaman “el Cristiano Ronaldo de la economía”. Suyas han sido ideas como la de promocionar la inversión extranjera directa en el país (con desgravaciones fiscales para profesionales y jubilados o residencia a extranjeros a cambio de invertir en el país), que ha convertido Portugal en destino de moda, rondando lo masivo. Se le ha dado la vuelta a la imagen de la nación, además, ahora que es la casa de Madonna y John Malkovich.

Los críticos sostienen que no todo es mérito de los gobernantes y sus muletas en el Parlamento, sino que sin las reformas duras de Coelho en la legislatura anterior hubiera sido imposible. Y a ello se suma, en paralelo, que le ha ido bien a sus dos mejores socios comerciales, Alemania y España, que han podido, por tanto, seguir metiendo euros en Portugal. 

5) Los cambios en marcha reducen las desigualdades.

Los esfuerzos hechos en la legislatura que acaba han hecho posible reducir la desigualdad en el país. Portugal registra una tasa del 23% de población en riesgo de exclusión social, tres puntos menos que en España. Es, a grandes rasgos, una economía menos fuerte que la nuestra, pero con menos escalones intermedios. 

Los ingresos medios por hogar en el país han tenido un incremento del 13,5% en los últimos cuatro años. 

Esas son las alegrías, las que se han sumado en este mandato a la victoria de Salvador Sobral en Eurovisión en 2017, la de la Selección masculina de fútbol en la Eurocopa de 2016... pero también hay otras sombras que desdibujan el cuadro del pretendido milagro. No es tan claro. 

Motivos para la duda

1) La inversión pública, en mínimos históricos

Los 10.811.436 millones de portugueses que tienen que votar este domingo deben someter a refrendo todo lo hecho por Costa y sus socios. Saben que el “milagro portugués” es una etiqueta que vende bien pero que en la calle no es tan ideal, pero temen que una vuelta al conservadurismo les lleve a más tijera, de nuevo, cuando se avecina tormenta en la economía mundial. De ahí que las encuestas sean buenas para los socialistas, para un líder que no es especialmente carismático, además, pero que al menos tiene fama de buen estratega y tipo práctico. 

Los portugueses sufren más de lo que suele contar la prensa internacional. Para reducir las cifras del rescate, el primer ministro ha ido bajando drásticamente el gasto público, que ha bajado a mínimos históricos en cuatro años. El superministro Centeno, cada año, ha ido impidiendo que se ejecute el presupuesto completo, por lo que partidas esenciales se han ido reduciendo. 

Se nota sobre todo en infraestructuras (el 60% de las líneas de ferrocarril están en mal o muy mal estado, sirva el botón) y en otros servicios básicos como la sanidad, falta de medios y personal, en la que en 2018 se invirtió menos dinero que en los últimos 15 años. Ni con la Troika. Las universidades están al borde de la quiebra, mientras que en vivienda, que sigue siendo un problema crucial, apenas se destina un 2% del parque inmobiliario a pisos sociales. “El déficit heredado lo impide”, justifica Costa.  

Por eso un 53% de los ciudadanos estiman que aún no se ha salido de la crisis de 2010-2015, indica un estudio del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa

2) Trabajo, sí, pero temporal y mal pagado

También al país vecino ha llegado el fenómeno de los trabajadores pobres. Los sindicatos calculan que, desde la llegada de la Troika a la economía nacional, nunca había habido tantos empleos precarios, 73.000 más que en 2011, y la mitad de las horas extras trabajadas no se pagaban en el pasado año. Los más afectados son, nuevamente, los jóvenes: el 65% de ellos tienen contratos temporales, una cifra diez puntos superior a la de hace diez años. 

Los salarios en los dos sectores en boga (turismo y ladrillo) están en los 700 euros. La cifra ya es de por sí baja, teniendo en cuenta que el salario medio es de 1.529 euros al mes, pero los problemas se agudizan porque estos empleados se ven obligados a vivir en zonas de alta demanda, justo por los visitantes o justo por los nuevos residentes. O sea, tienen poco sueldo en zonas de grandes ciudades o costa donde es imposible pagar un alquiler con esos euros. 

Y eso está llevando, también, a la gentrificación de barrios históricos enteros en Oporto o Lisboa, por ejemplo. Las clases medias se empobrecen y son desplazadas por personas de estatus económico superior, mientras la demanda inmobiliaria se internacionaliza. De ahí que sea diaria la aparición en la prensa local de los portavoces de Stop Despejos (Stop Desahucios, en castellano) narrando nuevos casos, sangrantes, como el de Maria Nazaré Jorge, de 83 años, lisboeta, que se ha convertido en un icono de esta lucha. 

Pedro Nunes / Reuters
Manifestación por una vivienda digna en Lisboa, en septiembre de 2018. 

3) Las huelgas se suceden por lo que hay... y por lo que viene

La falta de inversión pública y la precariedad laboral han echado a la calle a los ciudadanos, especialmente en los dos últimos años. Trabajadores públicos (enfermeros, maestros, funcionarios de prisiones...) y privados (transportistas, tripulantes de ambulancias...) han ido convocando paros y manifestaciones constantes, que en ocasiones han causado importantes quebraderos de cabeza. 

Así, este año, un paro de los conductores de camiones de mercancías peligrosas llevó a declarar la situación de alerta por crisis energética, ante el desabastecimiento de hasta 2.700 gasolineras. Costa tuvo que recurrir al Ejército para garantizar el flujo de combustible. 

Las centrales sindicales, marchas aparte, avisan de que ya hay indicadores que alertan de que la bonanza de estos años puede frenarse y las cosas, empeorar. El aumento del número de turistas se ha ralentizado en 2018 –ha subido un 3,8%, poco en comparación al 9,1% de 2017– y el Banco Central avisó en verano de la posible “fuerte interrupción” de la burbuja inmobiliaria.

Ante estas crisis, el Bloco de Esquerda y los comunistas-verdes están tratando de buscar nuevos apoyos en las elecciones, para desmarcarse en campaña de Costa, diferenciarse de la templanza socialista y, quizá el lunes, ya a la vista de los resultados, poder exigir más que acuerdos puntuales cuando se les necesita. 

Los ciudadanos deciden. 

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