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18/09/2019 20:55 CEST | Actualizado 18/09/2019 20:55 CEST

Duelo de gavilanes

Todo puede suceder, claro, pero unas cosas tienen más probabilidades que otras, sobre todo si nada cambia par que algo cambie. Puro Gatopardo.

KarSol via Getty Images
Uno de los leones del Congreso de los Diputados. 

Estaba visto, algunos lo vieron, pero la mayoría volvió a creer en los Reyes Magos, o, lo que es lo mismo, en que sus deseos se harían realidad. Y Dios puede que haga milagros, pero desde luego no hace imposibles. 

Esta investidura interruptus tuvo varios  anuncios: uno de ellos fue la fuga del centro hacia la derecha de Albert Rivera, que mantuvo la ficción de ser ‘como el PP’, pero PP solo puede haber uno. En este corral conservador, como decía de Gran Canaria su último cacique avant la lètre, Matías Vega, “sólo puede haber un gallo, y ese gallo soy yo”. 

Pablo Casado timoneaba un PP hundido, moral y electoralmente; castigado por los fiscales y los jueces por sus pecados de corrupción, y por los electores. Tuvo que desdecirse de sus dichos y proverbios y hacer lo que siempre criticó a los demás: un pacto de perdedores. Pablo Iglesias, con sus círculos cada día más escuálidos, con una tendencia a la baja; Ciudadanos, ambos válidos para el clásico ejemplo el queso gruyere, mantenía su exigencia de estar en misa y repicando, estar en el Consejo de Ministros y estar en la calle con su discurso radical, bolivariano y antisistema. ¿Un Salvini pero en rojo morado en Moncloa? Imposible con la que está cayendo en España y en Europa, con los tambores de los fantasmas que asolaron Europa que vuelven a resucitar. 

Y Pedro Sánchez, el ganador con amplia ventaja, a quien el ‘pacto de Colón’ le niega la primogenitura con un tripartito lleno de dudas y doble personalidad: el PP, Ciudadanos, y Vox. Según lo que dicen algunos de sus dirigentes, no es la ultraderecha, pero si se le aplica el principio del pato, hay tantas coincidencias que se despeja toda duda. Sobre todo si se analizan sus mensajes en las redes sociales. Quienes se le una, se extremarán.

El presidente del Gobierno se ha quedado solo ante el peligro. Populares y riveristas sueñan con tener una nueva oportunidad, ya que Abascal no fue suficiente para esa ‘España Suma’, que está por ver si en la nueva edición suma o resta. 

Y tiene por delante, a muy corto plazo la sentencia sobre el procés catalán, anunciada para finales de septiembre o principios de octubre; y la de los ERE para un poco después, y los primeros efectos del Brexit, con sus golpes en cascada, y la recesión que ya se anuncia en los países industrializados, y que la UE tendrá que afrontar mientras resiste la fuga inglesa, quizás sin acuerdo. A lo bruto. A lo Johnson. Y siente Europa en su nuca el aliento de los lobos, Trump y Putin, y la sonrisa impávida del chino Xi.

Todo indica que los líderes de los partidos no se quieren mover, siguen enrocados en sus posiciones, sobre todo la derecha trifásica.

Pues ya estamos otra vez asomándonos al abismo de las nuevas elecciones el 10 de noviembre, aquí a la vuelta de la esquina, mientras sigue la pelea de gavilanes emplumados. Todo puede suceder, claro, pero unas cosas tienen más probabilidades que otras, sobre todo si nada cambia par que algo cambie. Puro Gatopardo. O Lampedusa. 

¿Estaremos como estamos y como estábamos, o durante la campaña haremos un aprendizaje rápido, intrusivo e intensivo? Pero todo indica que los líderes de los partidos no se quieren mover, siguen enrocados en sus posiciones, sobre todo la derecha trifásica que no quiere acuerdos de centro a la europea manera. Ciudadanos nació para ello, pero luego le pudo la ambición del visir que quería ser califa en lugar del califa. Y la jodió. 

Lo peor es que no hay relevo posible. Ellos son el relevo. Y no tienen la altura y el sentido de Estado que tuvieron sus antepasados en la Transición, y después incluso. Adolfo Suárez y Abril Martorell, Santiago Carrillo y Sole Tura, Felipe González y Alfonso Guerra… El PP tiene en Galicia a Núñez Feijóo, a quien lo tienen en una hornacina, pero no le hacen puñetero caso a sus consejos.

Y es que no hay ‘cultura de país’, sentido de Estado. Las autonomías han metido la fractura territorial en el ADN de los españoles. Sobre todo –que es lo más peligroso– de la clase política. Del alcalde pedáneo para arriba, todos quieren su cacho. Piensan en su cacho. 

Después hay otro dato: a la clase política tradicional se le ha añadido otra clase política complementaria: los asesores, los estrategas y gurús cuyo sueldo depende de hacerle creer a sus jefes que van a ganar, aunque sea gota a gota y montar castillos de naipes. Pero los asesores, por mucho que un día haya ganado su caballo, siempre acaban estrellándose y enviando la montura a la cuadra. Porque perder y ganar van juntos. 

Por ejemplo, los volantazos de Albert Rivera, incluyendo el del último minuto, con las tres condiciones a Sánchez. Algunas sacadas de las medias verdades previamente prefabricadas. Ah, es muy importante que los políticos no se crean sus mentiras; y que los afiliados y simpatizantes –los electores– sepan distinguir la propaganda de la verdad, y no como algunos obsesos dispuestos a creer que la Tierra es plana, el cambio climático es un invento y el hombre no ha estado en la Luna.

Lo peor es que no hay relevo posible. Ellos son el relevo. Y no tienen la altura y el sentido de Estado que tuvieron sus antepasados en la Transición.

A pesar de que las encuestas señalan por ahora unas tendencias, para unos más firmes que para otros, sube el PSOE y algo el PP y bajan C’s y Podemos… las notas se dan a final de curso. En el examen. Los sondeos y barómetros son una foto fija. Un instante. Lo que en ese momento siente el encuestado. Es un sentimiento que traslada al que le pregunta. 

Hay que desempatar para que España funcione. Porque con iguales resultados tiene que haber alguien con mucho sentido común y visión de Estado, con mucha valentía y honestidad, para pactar con el ganador, si el ganador lo es con una significativa holgura. Lo que cabe entender como ‘mandato’ de los electores. Que en esta ocasión ya estarán súper cabreados.

El gran peligro es el hastío y la tentación de no ir a votar. Pues sería una tremenda equivocación; una enorme irresponsabilidad. España no se lo puede permitir. Ya está bien de infantilismos y alucinaciones esquizoides... Al contrario, hay que acudir masivamente a las urnas con el ánimo de superar el ‘punto muerto’ y poner la directa. 

Y al día siguiente, pero no vendría mal anunciarlo en la campaña, las líneas maestras de unos Pactos de Estado con ambición de amplio apoyo parlamentario.

 

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