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17/12/2019 06:46 CET | Actualizado 17/12/2019 09:59 CET

El sentido de Estado del PP y el estado del sentido

La alternativa a la abstención de la derecha tiene demasiadas contraindicaciones, tantas, que es mera homeopatía política.

Eduardo Parra via Getty Images
José María Aznar y Pablo Casado. 

A lo largo del ejercicio práctico de la democracia, Alianza Popular y su evolución, el Partido Popular, han dado claras muestras de cuál es y cómo se ejerce su muy pregonado y a la vez particularísimo sentido de Estado. Quizás sirva como arranque del relato el despliegue de patriotismo llevado a cabo por AP con ocasión de los apasionados debates sobre la entrada de España en la OTAN. 

Como es sabido y recordado, el PSOE fue en principio un firme defensor del NO; neutralista convencido, estimaba que España contribuiría mejor a la defensa de la paz fuera que dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (NATO en sus siglas en inglés), pero su llegada al Gobierno en octubre de 1982 coincide con la ruptura del statu quo de la guerra fría en el llamado ‘teatro europeo’ por parte de la URSS. 

Fue cuando Moscú sustituyó sus viejos misiles por unos con mayores ‘prestaciones’. Las democracias europeas entraron en modo pánico, cosa que hoy no se entiende cabalmente porque los años edulcoran la realidad; llega la crisis de los misiles, las manifestaciones multitudinarias en las capitales europeas orquestadas por el Kremlin, y mientras, como era natural, en la Unión Soviética todo eran golpes de pecho. 

A su vez, se negociaba el ingreso español en el Mercado Común, y, había además otra circunstancia sobrevenida: el ‘ruido de sables’ no cesaba; tras el fallido golpe de Estado del 23F hubo al menos dos nuevas intentonas, una de ellas en 1984, en A Coruña, desactivada a tiempo. Es en ese contexto cuando Felipe González decide dar un giro de 180 grados y apostar por el SÍ, que mataba varios pájaros de un tiro: apoyo solidario a las democracias, ventajas en la negociación con la CEE, y neutralización europeísta del golpismo militar ‘pata negra’. Y convoca un referéndum para que decida  el pueblo español.

Entonces, Manuel Fraga, acérrimo defensor de la OTAN, da una muestra práctica de cuál era verdaderamente su sentido de Estado, y proclama la abstención. El cálculo era el siguiente: tan grande era el pacifismo patrio que Felipe no podía ganar. Ni la derecha ni la izquierda le apoyaba. Estaba solo ante el peligro. Y con cientos de miles de ingenuos y alegres pacifistas en las calles. La estrategia era la siguiente: como iba a perder el referéndum, excepto un milagro, y Don Manuel, como buen católico, apostólico y romano, sabía que Dios podría hacer milagros pero no imposibles, el líder socialista tendría que dimitir y convocar nuevas elecciones. Y esa era la ocasión: Alianza Popular las ganaría de calle. 

Pero González ganó contra todo pronóstico, y la victoria le catapultó como estadista entre los estadistas. 

Esta vez en manos de la cuarta  generación: tras la fraguista, vino la aznarista, luego la marianista y ahora la casadista.

Pasan los años, y el 6 de mayo de 2003 José María Aznar, presidente del Gobierno, y José Luis Rodríguez Zapatero, nuevo secretario general de los socialistas, cierran las negociaciones  del pacto de Estado por las libertades y contra el terrorismo, que el secretario general del PSOE le había ofrecido reiteradamente –junto con otros acuerdos– al presidente Aznar. Se trataba de reforzar la unidad de los dos partidos para concertar la estrategia antiterrorista. Y no suscribir pactos con PNV y EA hasta que renunciaran a la vía soberanista que abrieron en Lizarra ( y que ahora están empezando otra vez a entreabrir aprovechando el rebufo catalán).

Antes de este acuerdo Aznar promovió, en mayo-junio de 1999 una ronda de contactos con representantes de la banda terrorista. Dando muestras de su buena voluntad y ganas de acabar con la violencia asesina, Aznar elevó el listón ‘protocolario’ y a la banda terrorista la llamó ‘Movimiento de Liberación Nacional Vasco’. Como habían fracasado los contactos anteriores (del PSOE de González) fracasaron los de Aznar a través de hombres de su absoluta confianza. 

ETA y su entorno trataban de ganar tiempo y mejorar la imagen, ofreciendo una blanqueada de actores políticos que trataban de igual a igual al Gobierno que los perseguía. Lo mismo tratan de hacer hoy Oriol Junqueras y Quim Torra, quienes, por supuesto, no dirigen una banda asesina sino solamente una rebelión separatista que se cisca en la Constitución y en el propio Estatut.

Cuando José Luis Rodríguez Zapatero y Alfredo Pérez Rubalcaba hacen un nuevo intento en la misma dirección, el muy original y verdadero sentido de Estado del PP vuelve por sus fueros. Mariano Rajoy y toda su plana mayor sufren una repentina amnesia táctica. En sede parlamentaria ‘el bueno de Rajoy’, tan simpático en sus lides parlamentarias, acusa al Gobierno socialista (el 11 de mayo de 2005) de traición a los muertos y de vigorizar a una ETA moribunda, y de pagar un peaje…. Por hacer exactamente lo mismo, en unas circunstancias similares y con igual intención a lo que hizo Aznar, sin que el PSOE los acusara de felonía. Al contrario, en vez de hacer campaña oportunista y marrullera, de vuelo gallináceo (como diría López Aguilar) se les ofreció nada menos que un Pacto de Estado que entregaba la dirección de la lucha y la estrategia antiterrorista al Gobierno, con el amén del líder de la oposición.

A pesar de las duras acusaciones de Mariano Rajoy y todo su equipo sobre este tema o sobre otros, como la rebelión de la Generalitat o el subidón del soberanismo precisamente durante el Gobierno popular, el PSOE prefiere desgarrarse en octubre de 2016 y abstenerse en la investidura de Mariano Rajoy para que el ganador de las elecciones, pero sin mayoría absoluta, pudiese formar Gobierno. Días antes, el Comité Federal del PSOE derrota, por 139 votos a favor y 96 en contra sin muchas alharacas, el ‘no es no’ de Sánchez. El presidente de la gestora, el asturiano Javier Fernández, defendió la necesidad de permitir, “sin compromisos”, la formación de un nuevo Ejecutivo y evitar así el desgobierno y unas nuevas elecciones.

Y otra vez asoma el acendrado patriotismo y amor a España ( y a los españoles colectivamente considerados) del PP, esta vez en manos de la cuarta  generación: tras la fraguista, vino la aznarista, luego la marianista y ahora la casadista. Sin que nada haya cambiado en su peculiar y quizás hasta pintoresca concepción del llamado sentido de Estado, que parece un remake de aquella vieja canción infantil de “el patio de mi casa, es particular/ llueve y no se moja, como los demás”. Está impermeabilizado y hay sentidos que no lo traspasan.

Desde que el PSOE, con Pedro Sánchez al timón, ganó su ‘primeras’ elecciones, la estrategia del PP ha sido un frío cálculo de ganancias, como actúan los grandes tiburones financieros. Desde el principio, el PP aisló a Sánchez, el ganador, obligándole a buscar apoyos a su izquierda o en el campo separatista: Podemos y los secesionistas catalanes, o vascos, o de Cartagena si los hubiera. Esto era fundamental para seguir negando su apoyo o ‘devolución del favor’ y seguir rasgándose las vestiduras. 

La alternativa a la abstención de la derecha tiene demasiadas contraindicaciones, tantas, que es mera homeopatía política.

Todo lo cual ha sido compatible con el discurso del ‘pacto de Estado’, pero en Babia, y los lamentos de que no han sido consultados poco después de proclamar solemnemente que no acudirían  a las consultas si los llamaran o que en caso de acudir se negarían en redondo, en cuadrado y hasta en triangular a ayudar a “los amigos de los separatistas y los golpistas ”… en cuyos brazos están tratando de echarles para hacer la foto disculpa.

Pero la alternativa a la abstención de la derecha tiene demasiadas contraindicaciones, tantas, que es mera homeopatía política. Las condiciones de ERC y del mundo abertzale catalán son inasumibles; cuando los separatistas dicen ‘España nos roba’, ‘España es nuestro enemigo’, no lo olvidan en sus coqueteos. Su objetivo no es facilitar la gobernación del país, porque un gobierno sólido sería cicuta para ellos, sino ganar tiempo y conseguir contrapartidas que no solo bordean la legalidad sino que degradan y ridiculizan a la justicia, y al TS y TC. 

Los políticos catalanes fugados, condenados o en capilla lo están por haber cometido delitos concretos radiotelevisados en directo, o con acuse de recibo.

“¿Y si hay terceras elecciones?”, me pregunta una lectora. Pues aunque haya que preguntarle a Sánchez, tampoco conviene olvidar que hay otros culpables por cooperación necesaria como Pablo Casado y los desnortados de Ciudadanos, que fueron a por lana y salieron trasquilados. 

Así, que más ojo al dato que a la palabrería.

 

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