Los flautistas pervertidos

Los flautistas pervertidos

Nuestra historia, nuestra mejor historia, es la de la lucha contra los monstruos y los fantasmas que nos apartan del saber.

burning cigarette on the dirty homeless handjax973 via Getty Images

Quien no haya crecido con miedo, no ha crecido. Esa parecía ser la consigna de nuestros mayores, que, en cuanto presentían que era capaz de entender lo que se le decía, sentaban al niño en sus rodillas para acogotarlo a fuerza de historias en que los padres abandonaban a sus hijos en el bosque, las ancianas los devoraban tras engordarlos, o el frío mataba a la huérfana a la que nadie compraba una caja de cerillas. 

En mi aldea se prefería el repertorio del lugar, por lo que pasé mis primeros años en compañía del Hombre del Saco o del Sacamantecas, cuyos bultos creía percibir en cada rincón de la casa o en las zonas sombreadas del corral. Ni las faldas de mi madre me valían para refugiarme del terror; tan solo la imponente mole de mi padre, al que sabía con la navaja en el bolsillo, me facilitaba un momento de alivio. 

El paso de los años y una excelente puntería para las pedradas consiguieron apaciguar el miedo.

Dicen los que de esto saben que tales cuentos eran la manera de preparar al niño para las desdichas que el mundo le reservaba. A fuerza de hadas vengativas, brujas sádicas y ogros voraces, el pequeño aprendía que la vida le deparaba un botín de penuria, de sufrimiento, de muerte. También servían, añaden, como aviso contra las tentaciones de la desobediencia, la gula o el deseo de ver mundo.

Bastante bien hemos salido con semejante pedagogía, que diría un castizo.

Y me pregunto si los trescientos niños secuestrados por los nauseabundos miembros de Boko Haram conocerán la fábula del flautista de Hamelin, y si ahora esperan que sus padres paguen la deuda que les impida acabar como las ratas a las que la música sedujo.

No logro entender qué clase de alucinación puede llevar a alguien a hacer daño a un niño, dejar de reconocer en él al enano acobardado y necesitado de cariño que fuimos todos y cada uno de nosotros. Nuestra cultura nace de nuestra capacidad de empatizar con el otro; saber que compartimos con los demás anhelos, necesidades y temores, abrió el paso a la ciencia, al arte, a la organización social. Nuestra historia, nuestra mejor historia, es la de la lucha contra los monstruos y los fantasmas que nos apartan del saber.

Y, por lo visto, tan solo al orden sacerdotal le ha parecido que lo más conveniente para el humano es permanecer en la ignorancia que facilita el miedo, que facilita la esclavitud.

A Boko Haram se le atribuyen treinta mil muertes y un incalculable número de torturados, expoliados, expulsados

Bibliotecas y escuelas han sido de siempre las dianas preferidas por las religiones. Quizás porque plantean más dudas que certezas y, al mismo tiempo, impulsan a la búsqueda de una respuesta propia, valiente y avanzada, lo que no se lleva muy bien con la inescrutable voluntad del creador,

Ardió la biblioteca de Alejandría. Siglos después, en Damasco y Córdoba fueron destruidos los libros que incitaban al hombre a conocer, a experimentar, a averiguar. Ardió Giordano Bruno y Galileo se libró por poco. Ardió nuestro Miguel Servet, como los libros degenerados en las plazas de Berlín o en las de Salamanca. Y la nómina de quienes, a falta de fuego, sufrieron paredón, cárcel, garrote o destierro, acabaría con la capacidad del servidor que acoge esta página.

A Boko Haram se le atribuyen treinta mil muertes y un incalculable número de torturados, expoliados, expulsados. Al parecer, es falsa la noticia según la cual su nombre puede traducirse como “la educación es pecado”, pero sus acciones no hacen sino dar por buena la traducción imaginaria.

Resulta curioso que las herramientas con las que se propagan el terror y el desierto cultural provengan de las muy laicas y avanzadas industrias europeas y americanas, pero ya se sabe que es de muy mala educación preguntar por las creencias cuando hay dinero de por medio…

Tememos que el destino de esos niños sea la esclavitud o el reclutamiento forzoso, De las más de cien niñas que no regresaron tras ser secuestradas en 2009, sabemos, por los testimonios de las que volvieron, que dejaron de jugar con muñecas para ser ellas las muñecas con que jugaban sus captores.

Mientras, en Uganda, el Ejército de Resistencia del Señor (me duele que la corrección ortográfica me obligue a tratar a tanto malnacido con mayúsculas) expande el mensaje de Cristo gracias a los niños soldados que abultan menos que las armas con que fusilan.

En nombre de Dios, de cualquier dios, se dispara en un centro comercial, en un campamento juvenil, en una sala de conciertos, en una calle céntrica.

En nombre de Dios se condena al hambre, se viola, se incendia, se aplasta.

Y no me olvido de quienes, en nombre de Dios, de cualquier Dios, dedican su tiempo y sus fuerzas a socorrer a los otros, a distribuir comida, curar llagas, levantar un techo para los desalojados…

Dos imágenes me han conmovido especialmente en los últimos años.

La primera, la visita a la parroquia de San Antón, abierta veinticuatro horas, donde se ejerce la solidaridad, que no es más que la caridad inteligente. Quienes allí se acercan, no solo encuentran refugio y comida, sino Internet para poder actualizar la búsqueda de empleo, o aseos en que adecentarse para acudir a una entrevista.

Me conmovió fue el arranque de uno de aquellos chavales, que se rascó el bolsillo para darle calderilla a un indigente que le suplicaba vino

Y el retrato de la gran Gloria Fuertes, apóstola (sic) de la alegría en medio del dolor, escoltando el altar.

Asistí a la segunda en la estación de Atocha, hará dos o tres años, en una noche de enero de las que hielan hasta el futuro. En el exterior, un grupo de jóvenes, voluntarios de una parroquia, repartía bocadillos y bebidas calientes a los despojados que por allí pululaban.

Me llamó la atención que hubieran previsto entregar a cada uno de los que se acercaban cuatro cigarrillos que les ayudaran a pasar la noche. Conocer el consuelo que supone un poco de tabaco dice mucho de la humanidad de quien lo ofrece.

Pero lo que me conmovió fue el arranque de uno de aquellos chavales, que se rascó el bolsillo para darle calderilla a un indigente que le suplicaba vino.

-Tenga y cómprese un cartón, pero no vuelva a pedírmelo, por favor.

Pretextando entregarle una contribución a su fondo, le pregunté al muchacho por su gesto.

-Ni me imagino lo que es soportar semejante soledad. No tengo coraje para negarle un poco de vino.

A la humanidad que destiló aquel joven, tan sencilla y tan grande como un trago en medio de la helada, la mancha la alucinación de quienes logran convencerse de que hay un dios que los quiere asesinos y torturadores, un dios que ansía la ignorancia y la esclavitud.

Dijo el científico Richard Dawkins que la religión es la única fuerza capaz de lograr que gente buena haga cosas terribles. Quizás tenga razón, peo conmociona pensar que una superstición pueda haber calado tan hondo en las mentes como para que sus acólitos se hayan prohibido preguntarse a sí mismos qué sentido tiene el llanto de un niño vencido por el miedo.

¿Acaso no nos enseñaron aquellos cuentos que los ogros no eran humanos?

Mientras escribo esta nota, me llama un amigo para anunciarme que los niños secuestrados por Boko Haram han sido hallados en un bosque de una provincia cercana a su hogar.

Me alegra que este artículo haya perdido actualidad.

Me duele que su obsolescencia solo vaya a durar unos minutos.

Y tiemblo al pensar en la última miga de pan que uno de aquellos chavales tiró al suelo esperando, desesperadamente, que el cuento tuviera razón, que fuera posible encontrar el camino de vuelta a casa.

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He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”