Rusia va a por todas para hacerse con el Donbás: la "ofensiva final" que amenaza con más sangre

Putin quiere resultados rápidos que pueda vender como una victoria: ahora reduce en público los objetivos de la ofensiva y afirma que "no parará" hasta controlar el Este.

Rusia se centra en el este de Ucrania. Anunció su retirada de Kiev y Chernigov y ese paso aún está siendo verificado tanto por el Ejército local como por las Inteligencias internacionales que lo apoyan, pero hay movimientos que ya están claros, ratificados por las palabras y por los hechos: los soldados de Vladimir Putin están acumulándose en el Donbás, la región que quiere controlar como sea para crear un corredor con Crimea -que ya tiene anexionada desde 2014- y dominar así el norte del Mar Negro.

La ofensiva final, como la llama Moscú, arrancó el domingo pasado y se va desplegando en la zona. Desde el mismo lunes se notaron los cambios en la estrategia: las sirenas comenzaron a sonar a la vez en una quincena de ciudades de la zona, avisando de un bombardeo masivo, y se comenzaron a contabilizar unos 240 vuelos diarios de la aviación militar rusa atacando objetivos, además maniobras envolvente sobre nueve ejes de avance diferentes hacia el este y el sur del país y ataques antes no vistos a enclaves como Dnipro, donde se atacó un aeropuerto internacional. Son apuestas y números aportados por el Gobierno de Volodimir Zelenski y por el Ministerio de Defensa de Reino Unido.

Rusia ya cuenta con apoyos notables en la zona, donde se ubican dos provincias como Donetsk y Lugansk donde hace casi ocho años grupos prorrusos se levantaron en armas y declararon de forma unilateral su independencia. El reconocimiento de ambas como Estados soberanos el 23 de febrero pasado y su incorporación a la Federación de Rusia fue la antesala de la invasión de Ucrania, horas más tarde. Los prorrusos controlan hoy parte de estas provincias, de importante peso industrial, pero no todo el terreno, con porcentajes que no están claros, van de la mitad al 70% del suelo.

Putin quiere que sus aliados en la zona refuercen los ataques, en paralelo a los de su aviación, artillería y misiles, más 100.000 efectivos de refuerzo. En palabras del presidente ruso, “no parará” hasta dominarlo todo. Según han informado Vaym Denyeseko, consejero del ministro del Interior ucraniano, y el propio presidente Zelenski, los rusos “están acumulando y desplegando sus fuerzas”, aunque nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzarán a golpear de forma sistemática, implacable. “Aún no se han iniciado las grandes batallas que nos esperamos, pero podemos decir que la ofensiva ha comenzado”, indicó el alto funcionario.

Nadie puede estar en la cabeza de Putin -ha fallado el mundo entero en sus predicciones- pero la evolución de la guerra ha evidenciado que, al menos, sí ha tenido que cambiar de planes, sean los que sean en este instante. Los primeros virajes en la contienda se dejaron notar hace unas dos semanas, cuando públicamente se reconoció que se rechazaba la estrategia de ocupar toda Ucrania, cercando Kiev, la capital. Los numerosos errores tácticos rusos y la inesperada resistencia ucraniana, con ayuda exterior, ralentizaron la guerra. El Gobierno de Kiev estima que unos 20.000 uniformados enemigos, entre ellos nueve generales, han perdido la vida ya en esta guerra.

Putin ordenó entonces reorganizar todo su aparato bélico y revisar los objetivos estratégicos, que incluían el cambio del Gobierno, la invasión total y la instauración de un gabinete títere. Decidió centrarse en el este y en el sur, ocupando plenamente el territorio del Donbás y donde se encuentran ciudades principales como Odesa, que es la joya de la corona de la zona, la tercera ciudad ucraniana y el principal puerto del país. La jugada implicaría separar a Ucrania de la costa del Mar Negro, del que se puede extraer multitud de recursos muy valiosos y más en tiempos de guerra.

Hay más: el gran oblast (región) de Odesa limita a lo largo de una frontera de 405 kilómetros con la República disidente de Transnistria, en Moldavia, que por su posición geográfica se encuentra aislada del resto del mundo. La pequeña y no reconocida república tiene como objetivo final crear una vía terrestre que la uniera también con la anexada Crimea, actualmente ocupada por las tropas rusas. El poderío ruso en la zona sería formidable si ese corredor a este y oeste cristaliza y supondría, además, una amenaza a Moldavia, otro país de la zona, dentro de esa corriente de recuperar el espacio postsoviético que, temen algunos analistas, está en la cabeza de Putin.

Nuevo jefe, un ‘carnicero’

Tras atacar a 26 ciudades en la primera fase de la invasión, el cambio de estrategia comenzó también con nuevos nombres, por el reemplazo del responsable militar de la invasión. Ahora hay un nuevo comandante de los 160.000 soldados rusos desplegados en Ucrania, el general Dmitri Dvornikov, de 61 años, quien por sobrenombre lleva uno bastante poco esperanzador: el carnicero de Siria. Suyo fue el liderazgo de las tropas que, desde 2015, fueron al país árabe a ayudar al dictador Bashar el Asad y que luego fueron acusadas de perpetrar abusos generalizados contra la población civil e incluso de cometer crímenes de lesa humanidad. Malos presagios.

Dvornikov es partidario de la estrategia de tierra arrasada, por lo que se espera que se apoye notablemente en la artillería, en los bombardeos aéreos y en infantería. Tendrá que dar las órdenes sobre el terreno, otra novedad respecto a las semanas previas de guerra, en las que Rusia no contaba con un comandante de guerra central para todas sus fuerzas en Ucrania y mucho menos estaba previsto el desplazamiento a la zona de alguien de su grado.

Desde el inicio de la invasión a finales de febrero, la Oficina de Derechos Humanos de Naciones Unidas ha confirmado la muerte de más de 1.600 civiles, incluyendo más de 100 niños, pero sólo en Mariupol, la ciudad que está a un tris de caer en manos rusas tras seis semanas de ofensiva sin misericordia, su alcalde habla de no menos de 21.000 víctimas mortales, de los 447.000 habitantes que tenía al inicio de la ofensiva. La destrucción es impresionante, avisan las fuentes independientes que acuden con cuentagotas a la zona, de Cruz Roja a la prensa internacional. La ciudad ha sido divididas en dos y quedan dentro unos 3.000 defensores que siguen combatiendo y el 30% de sus vecinos, que se han quedado por múltiples razones.

Las cifras de la contienda, en general, son aún muy conservadoras, pero se teme que con la entrada en liza del nuevo despliegue y la mentalidad de Dvornikov la ofensiva del Este traiga más sangre, mucha más.

De momento, las fuerzas rusas han sido organizadas por el general en tres reagrupamientos, en varios distritos militares. El primero, llegado del asedio de Kiev y su periferia y el norte de Ucrania, asedia ya la ciudad de Izium (52.000 habitantes), considerada una ciudad estratégica, en el sudeste de Jarkov, la segunda metrópoli del país. El segundo reagrupamiento se ha sumado a los que ya reforzaban el camino a Lugansk y Donetsk, en el Donbás, donde el Gobierno de Zelenski ha informado de que los satélites muestran un convoy de al menos 13 kilómetros de largo formado por blindados, listos para avanzar. Parte de este segundo grupo reorganizado también acude a ayudar a sus compañeros de Mariupol.

El tercer reagrupamiento, el Meridional y Aerotransportado, apunta hacia la península de Crimea, que los rusos se quedaron sin reconocimiento internacional pero también sin oposición hace unos ocho años. Lo tienen sencillo ahí, porque es jugar en casa y contar con una infraestructura militar muy armada y estable y con la base naval de Sebastopol, la base naval de la Flota del Mar Negro rusa desde la emperatriz Catalina la Grande. La pelea vendrá, en este flanco, en los avances hacia las ciudades de Zaporizhzhia y Berdaynas, en un territorio donde ya se combate al este de Mykolaiv.

Soldados prorrusos cargan munición en la zona del sur de Mariupol, el pasado 12 de abril.
Soldados prorrusos cargan munición en la zona del sur de Mariupol, el pasado 12 de abril.
Alexander Ermochenko via Reuters

Una nación dividida

En realidad, después de hablar mucho de que Ucrania no perteneciera a la OTAN o de que se eliminara al “nazi” Zelenski, con los días parece más claro que Putin lo que ansiaba con su guerra era justo quedarse con el este, de una vez por todas terminar lo que inició en 2014, instigando a independentistas y quedándose con suelo soberano ucraniano.

Con esta nueva operación, es probable que la segunda fase de la invasión concluya con la división del país, en un remedo de la Antigua Yugoslavia: la zona occidental, al norte y al oeste, estaría por una parte en manos del Gobierno de Kiev y la zona rusa, ocupada, quedaría del otro lado, en el este y el sur, ganando el mar. El área bajo control de Putin en el este se extendería de la región de Jarkov hasta la región del Donbas, todo un arco. Al oriente se encuentra una enorme frontera con Rusia, que ya quedaría totalmente abierta. Es una de las propuestas de negociación que está sobre la mesa en los contactos personales y digitales que siguen manteniendo las dos partes pero que, asumen ambas, están en punto muerto.

Según la Inteligencia británica, que revela despachos diarios sobre la evolución de la guerra, en el sur, junto a las costas del mar de Azov y el mar Negro, hay siete áreas donde ya se libran combates para afianzar este escenario, aunque por ahora no se ha producido la “gran ofensiva”, que Zelenski da por empezada. Londres entiende que la primera batalla crucial será por control de la ciudad de Sloyyansk (parte del Donbás), entre Izium y Kramatorsk (sur).

Si los rusos logran el control de Sloyyansk, avanzarán al este y hacia el sur para enfrentar a las tropas ucranianas que convergen desde el norte y el oeste para reforzar a los miles de soldados que ya combaten en esa zona.

En lo que nadie se la juega es en los tiempos. Una semana o 15 días sería el plazo ideal que se fija Rusia para aplastar el Este, pero viendo cómo le ha ido en el inicio de la guerra, ya nadie sabe si es posible un ataque relámpago o si la oposición será ardua. Putin cuenta en la zona con infraestructuras, medios, aliados, suelo sobre el que establecerse, y eso puede facilitar las cosas, pero tampoco hay que olvidar que, pese al desgaste, las fuerzas armadas ucranianas están nutriéndose de ayuda exterior que puede ayudarles a aguantar y que el daño de las sanciones internacionales puede impedir que las cosas vayan tan rápido como quieren en Moscú. Hay algún líder chechecho que pide que se usen ya armas químicas y santas pascuas. A qué esperar.

En lo que coinciden Inteligencias, Gobiernos occidentales y analistas en que Putin desea tenerlo todo terminado para el 9 de mayo, cuando en Moscú tendrá lugar la tradicional parada militar de la victoria sobre las fuerzas invasoras de Adolf Hitler, en la Segunda Guerra Mundial, que costaron más de 25 millones de muertos al pueblo ruso.

El presidente Zelenski ha afirmado, mientras espera el golpe, que Rusia está incorporando nuevas tropas para cubrir las pérdidas y la desorganización de sus fuerzas militares, por lo que siembra dudas sobre si están o no preparadas para una ofensiva intensiva, pero algunos generales retirados citados por medios como el Financial Times sostienen que no se trata de agregar tropas sino de acertar con la calidad de los hombres, con el mando y la apuesta.

La ofensiva viene. Lo que no llega es la paz.

Cadáveres de civiles ucranianos, algunos maniatados, en Bucha, a las afueras de Kiev

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