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08/08/2013 07:01 CEST | Actualizado 15/10/2013 11:26 CEST

La agenda de Falsarius: el verano, mi pulpo y yo

Oye, tenía yo en la despensa una latilla de pulpo en salsa marinera, que parecía que estaba esperando el verano para aparecer. Ha debido estar escondida en alguna gruta hibernando, porque ha pasado del no ser al ser de una forma filosóficamente desconcertante.

LUNES: Este año el verano llegó como un cachorro desvalido que alguien hubiera abandonado en nuestra puerta. Con famélicos rayitos de sol, aún entreverados de lluvias y relente, y ojillos tristes de a quien le faltan grados de termómetro y vendavales secos de Levante. Un verano que parecía que nos lo acababan de dar en adopción, recién llegado de un orfanato de Vladivostok, y que aún venía con frío soviético en las entretelas. Y en seguida saltaron los listos "este año no va a haber verano". Y es posible que fuera a ser así, pero no hay verano por pequeño y desvalido que sea, que se resista a la tentación de dejar a un tonto en evidencia. Moraleja, toma calor.

MIÉRCOLES: Las tardes de verano echo de menos el Pulgarcito, el Tiovivo, el DDT, el TBO, el Pumby, la Pequeña Lulú, Sal y Pimienta, la Zorra y el Cuervo, Turok el guerrero de la edad de piedra, a Superman a Batman, y demás tebeos de Novaro, al capitán Trueno, al Guerrero del Antifaz, los Hazañas Bélicas, los Tintín de lomo de tela. Me gustan los tebeos porque no crecieron conmigo. Se quedaron allí, ajenos e imperturbables, manteniendo viva la llama de otros tiempos, esperando a que un día vuelva, los abra y el olor a tinta vieja me haga otra vez el pequeño lector que fui.

VIERNES: Oye, tenía yo en la despensa una latilla de pulpo en salsa marinera, que parecía que estaba esperando el verano para aparecer. Ha debido estar escondida en alguna gruta hibernando, porque ha pasado del no ser al ser de una forma filosóficamente desconcertante. No sé, la habrán dejado ahí los fantasmas, o los ovnis o quién sabe, porque por mi casa pasa mucha gente rara últimamente. Es lo que tienen los veranos, que vives cerca de la playa y tu casa irradia una extraña atracción gravitatoria sobre los cuerpos (no muy celestes, todo hay que decirlo) de la gente que vive lejos del mar. Lo que antes se llamaban gorrones, pero que ahora, con la crisis, la solidaridad y todo eso, podríamos llamar desasistidos vacacionales. La cosa es que he visto la lata, la he cogido y me la he zampado sin hacer preguntas. Al abrirla me ha consolado mucho ver que no había nadie durmiendo dentro, ningún pariente, ningún amigo del colegio ni nada de eso. Más que nada porque dado el sobregentío y la escasez de camas todo era posible. Pero no, dentro sólo estaba el pulpo. Y, pobrecito, invitados así no molestan.

(Puedes ver la receta AQUÍ)

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