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Irán lanza entre 70 y 90 drones al día con motores de moto y piezas de ferretería mientras EEUU gasta misiles de millones para derribarlos: así funciona la guerra

Irán lanza entre 70 y 90 drones al día con motores de moto y piezas de ferretería mientras EEUU gasta misiles de millones para derribarlos: así funciona la guerra

Muchos de los misiles lanzados por el régimen iraní utilizan compuestos y piezas muy baratas y accesibles.

Ataque iraní contra una base estadounidense en Kuwait
Ataque iraní contra una base estadounidense en KuwaitAnadolu via Getty Images

Irán lanza decenas de drones baratos cada día, construidos con piezas básicas, mientras Estados Unidos y sus aliados responden con sistemas de defensa que cuestan millones por cada interceptación. Esa asimetría —tecnológica y económica— se ha convertido en una de las claves de la guerra en el Golfo, donde la capacidad de producir en masa está pesando tanto como la potencia militar.

Una de las imágenes más recientes difundidas por el mando militar estadounidense muestra con claridad esa dinámica. Primero, un complejo industrial discreto en las afueras de Isfahán. Después, el mismo lugar reducido a escombros tras un bombardeo. Washington presentó el ataque como un nuevo golpe a la industria de defensa iraní y como una señal para sus aliados en el Golfo: la capacidad ofensiva de Teherán estaba siendo debilitada.

Pero la realidad sobre el terreno es más compleja. La destrucción de instalaciones concretas no implica necesariamente frenar la producción. Los drones que Irán está utilizando —especialmente la familia Shahed— no dependen de grandes infraestructuras industriales. Su fabricación puede trasladarse, fragmentarse o reproducirse en talleres más pequeños, lo que complica enormemente su neutralización.

Drones baratos frente a misiles millonarios

El corazón del problema está en el coste. Un dron Shahed puede fabricarse por unos 30.000 o 35.000 dólares utilizando componentes relativamente accesibles: aluminio moldeado, piezas comerciales, impresión 3D y motores similares a los de motocicletas. Frente a eso, los sistemas de defensa aérea que los derriban —misiles interceptores o despliegues aéreos— cuestan millones por unidad.

Esa desproporción genera un desgaste constante. Según estimaciones de analistas en seguridad internacional, Irán sigue siendo capaz de lanzar entre 70 y 90 drones diarios, aunque el ritmo ha bajado respecto a los picos iniciales del conflicto, cuando llegó a superar los 400 en una sola jornada. No hay cifras completamente homogéneas, pero el patrón es claro: volumen sostenido.

Además, estos drones tienen ventajas operativas. Se pueden transportar en vehículos civiles, lanzarse desde plataformas improvisadas y volar a baja velocidad, lo que obliga a cazas y sistemas avanzados a maniobrar en condiciones poco óptimas para interceptarlos. En muchos casos, helicópteros de ataque o incluso fuego directo son necesarios para derribarlos.

Una guerra de desgaste

El impacto no es solo militar, sino también estratégico. La concentración de ataques en el Golfo Pérsico, especialmente cerca del estrecho de Ormuz, reduce el margen de reacción de los países de la región. Algunos drones son interceptados —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Bahréin han informado de múltiples derribos—, pero otros logran atravesar las defensas.

Las consecuencias pueden ser graves. En uno de los ataques recientes, murieron militares estadounidenses en instalaciones portuarias de la zona. Cada impacto exitoso refuerza la eficacia de una estrategia basada no en la superioridad tecnológica, sino en la saturación.

En Washington y en otras capitales aliadas, la incógnita es doble: cuántos drones tiene Irán almacenados y cuántos puede seguir produciendo. Las estimaciones varían desde varios miles hasta decenas de miles. Pero más allá del número exacto, lo relevante es la lógica industrial: mientras el sistema sea replicable y descentralizado, resulta difícil de desactivar por completo.

Producción simple, impacto global

El desarrollo de estos drones no es reciente. Irán lleva décadas perfeccionando esta tecnología, desde modelos rudimentarios en la guerra con Irak hasta sistemas actuales con navegación GPS y alcance de hasta 2.400 kilómetros. Su evolución ha estado marcada por las sanciones internacionales, que han empujado al país a apostar por soluciones propias, más simples pero eficaces.

Esa misma lógica ha facilitado su exportación. Rusia ha incorporado estos drones en su guerra en Ucrania, y existe cooperación técnica que podría ampliar aún más la capacidad de producción. Algunos analistas advierten incluso de que Moscú podría escalar la fabricación a niveles industriales mucho mayores.

El resultado es una nueva forma de conflicto: no se trata de igualar al adversario, sino de obligarle a gastar más recursos de los que puede sostener en el tiempo. Cada interceptor lanzado contra un dron barato es, en términos estratégicos, una pequeña victoria para quien apuesta por la cantidad frente a la sofisticación.

En este escenario, la pregunta ya no es solo cómo destruir drones, sino cómo adaptarse a una guerra en la que lo simple, lo replicable y lo barato están redefiniendo las reglas.

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