La industria se burla del plan de la UE para competir con las minas chinas: "En Europa tardas años en legalizar un garaje"
La lucha por las tierras raras se ha convertido en una prioridad para EEUU y Pekín dadas sus enormes posibilidades para numerosos procesos complejos.
Las capitales occidentales repiten el mismo mantra: diversificar suministros, reducir riesgos, reforzar la autonomía estratégica. A finales de 2025, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, citaba con optimismo proyectos como una planta de imanes en Estonia como prueba de que el continente está reaccionando. Pero en la industria el tono es mucho menos entusiasta: sin procesamiento competitivo y sin músculo financiero sostenido, la dependencia de Pekín seguirá intacta.
Desengancharse de China en tierras raras no es una decisión política que se firme en Bruselas y se ejecute al día siguiente. Es un rompecabezas industrial con al menos tres piezas críticas:
- Conseguir materias primas fuera de China. La UE busca acuerdos con Canadá o Australia para asegurar suministro minero
- Procesarlas también fuera de China. Extraer no basta: hay que separar y refinar
- Hacer viable el negocio. Las plantas occidentales deben competir en costes… o sobrevivir con apoyo estatal permanente
Ahí aparece el mayor obstáculo. Matthias Rüth, directivo de la comercializadora Tradium, advierte de un escenario recurrente: si surge un competidor serio, Pekín puede relajar temporalmente restricciones o bajar precios para asfixiarlo. Ya lo hizo en el pasado. Y puede volver a hacerlo.
En un mercado donde China domina los volúmenes y la capacidad de procesamiento, competir sin respaldo público sostenido roza la quimera. Europa no solo necesita inversiones; necesita resistir una posible guerra de precios.
¿Qué son exactamente las tierras raras?
Pese a su nombre, no son tan raras. Se trata de un grupo de 17 elementos metálicos presentes en la corteza terrestre, pero dispersos en concentraciones bajas. El problema no es su existencia, sino su extracción rentable y, sobre todo, su separación química, un proceso complejo y costoso.
Su relevancia es enorme, ya que es fundamental para motores de coches eléctricos, turbinas eólicas, teléfonos inteligentes y ordenadores, semiconductores y sistemas de defensa.
En Japón las llamaron hace años “vitaminas industriales”. Sin pequeñas cantidades de estos elementos, buena parte de la transición energética y digital simplemente se detendría.
El poder de mercado chino
El dominio de China no es casual. Pekín apostó por este sector hace cuatro décadas. Según datos de la Agencia Internacional de la Energía, el país concentra alrededor del 60 % de la producción minera mundial de tierras raras y cerca del 91 % del procesamiento. En el caso de los imanes —clave para motores eléctricos— la dependencia es especialmente acusada.
En un mercado global ideal, esa especialización no sería problemática: China produce barato, Occidente compra y todos ganan. Pero el comercio de materias primas críticas no se rige solo por la eficiencia económica, sino por la geopolítica.
Ya en la década de 2010, China suspendió exportaciones a Japón tras un conflicto diplomático. Más recientemente, ha impuesto restricciones a tecnologías de minería y procesamiento (2023) y prohibiciones a la exportación de varias materias primas críticas (2025). El mensaje es claro: quien controla el suministro controla la negociación.
Dependencia sin sustitutos
Europa importa aproximadamente el 95 % de las tierras raras que necesita. Sustituirlas no es sencillo. En algunos casos existen alternativas, pero suelen implicar menor rendimiento o mayores costes.
La alternativa radical —dejar de comprar— no es realista: supondría paralizar industrias enteras. La transición verde, la digitalización y parte del sector defensa quedarían comprometidos.
El problema, además, no es solo chino. Es estructural. Durante años, Europa compró barato y dejó cerrar minas y plantas propias. Ahora intenta reconstruir una cadena de valor prácticamente inexistente.
Un giro tardío, pero necesario
La respuesta comunitaria llegó con retraso. La Ley Europea de Materias Primas Críticas fija objetivos de producción, procesamiento y reciclaje dentro del continente. La lista incluye no solo tierras raras, sino también cobre, níquel, helio o fosfatos.
Existen iniciativas prometedoras:
- Refinerías en Estonia y Francia
- Descubrimientos de litio en Alemania
- Proyectos mineros como los de Norge Mining en Noruega
Pero el salto entre el anuncio político y la rentabilidad industrial es enorme. Las cuotas de reciclaje y producción nacional son ambiciosas, aunque difíciles de ejecutar en un entorno regulatorio complejo y con costes energéticos elevados.
La cuestión de fondo no es si Europa puede extraer y procesar tierras raras. Puede. La pregunta es si está dispuesta a pagar el precio: subvenciones, simplificación administrativa, inversiones masivas y, probablemente, años de pérdidas antes de alcanzar escala.
Desacoplarse de China no es imposible. Pero no será barato, rápido ni indoloro. Y mientras tanto, cada coche eléctrico europeo, cada turbina y cada chip recuerdan una realidad incómoda: la autonomía estratégica empieza bajo tierra… y hoy esa tierra está, en gran medida, bajo control chino.