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22/12/2014 07:05 CET | Actualizado 20/02/2015 11:12 CET

Nacionalismo y democracia: esto es una pipa

El nacionalismo es una pasión, de eso no cabe duda. Como todas las pasiones, forma parte de esas corrientes oscuras del ser humano que nos complican la vida, pero que también la llenan de intensidad y de entusiasmo, que pueden abocarnos a realizar las más portentosas hazañas, pero también a cometer los crímenes más execrables.

En unas declaraciones recientes, afirmaba Artur Mas que el independentismo catalán no está relacionado con el nacionalismo. La frase me hizo recordar el famoso cuadro de Magritte en el que aparece representada una pipa, pero el letrero en la base de la imagen desmiente lo que todos vemos: "Esto no es una pipa". ¿Qué sentido tiene negar lo evidente? Por supuesto que el independentismo y el nacionalismo están estrechamente relacionados. Llamemos las cosas por su nombre. Tal vez así podamos empezar a entendernos.

¿Qué es el nacionalismo? A primera vista, parecería una ideología, pero Benedict Anderson lo considera más afín a los sentimientos religiosos y a los lazos familiares. En los tres casos se trata de realidades dominadas por las pasiones, por esas fuerzas subterráneas, difíciles de entender, que nos arrastran con violencia ciega y nos hacen comportarnos de una manera impulsiva e irracional. Porque el nacionalismo es una pasión, de eso no cabe duda. Como todas las pasiones, forma parte de esas corrientes oscuras del ser humano que nos complican la vida, pero que también la llenan de intensidad y de entusiasmo, que pueden abocarnos a realizar las más portentosas hazañas, pero también a cometer los crímenes más execrables. Si se saben encauzar bien, son enormemente fructíferas, pero si nos dejamos dominar por ellas, pueden desencadenar graves tragedias. Del mismo modo que un ser humano que se guiara siempre por la razón carecería de vehemencia y de energía, una sociedad carente del sentimiento nacionalista sería una sociedad emasculada, amorfa, sin espina dorsal.

Las pasiones existen, y hay fundadas razones para creer que son productivas y necesarias, pero es preciso saber controlarlas. El fervor religioso, por ejemplo (una de las pasiones más intensas de la historia), ha sido durante siglos una de las mayores fuentes de violencia en el mundo. Ha provocado guerras, matanzas y deportaciones masivas. En el mundo occidental, costó siglos convencer a personas de distintas confesiones que aceptaran vivir con normalidad en el mismo espacio, respetándose mutuamente. Todavía hoy no puede decirse que se haya logrado del todo. Basta con pensar en la antigua Yugoslavia o en Irlanda del Norte. Pero, por lo general, la pluralidad religiosa ha dejado de ser un problema en nuestras sociedades. Creyentes de distintas religiones comparten barrios y espacios públicos sin mayores tensiones. La religión se ha convertido en una cuestión personal que cada uno vive a su modo, en la intimidad de sus templos y de sus espacios. No sucede así con los nacionalismos. Tal vez porque, mientras que el espíritu religioso ha comenzado a debilitarse entre nosotros, los nacionalismos han ocupado su lugar y han heredado su fuerza. De alguna manera puede decirse que constituyen la última barrera que pone a prueba nuestra capacidad de convivencia.

Las diferentes formas de gobierno que se han ensayado a lo largo de la historia han tenido que confrontar el problema del control de las pasiones. De entre todas ellas, la democracia ha probado ser la más efectiva. Churchill definía la democracia como la peor forma de gobierno que existe, siempre que excluyamos todas las demás. Parece una boutade, pero plantea la cuestión en sus justos términos. La democracia es buena porque ha demostrado funcionar bien. No es la panacea, no cancela las tensiones sociales, pero permite resolverlas de manera pacífica, facilitando el diálogo entre las distintas fuerzas políticas. Cuando se habla del juego democrático, se usa una metáfora que representa bien la realidad. Porque la democracia es eso, entender las relaciones sociales como si se tratara de un juego, fijar unas reglas que todos respetamos y dejar que todos participen. No es una entelequia de principios abstractos, sino un sistema de gobierno. Su propósito es crear un marco legal que facilite la convivencia en una sociedad, por lo que tan importante como las normas en sí es la negociación para llegar a ellas. La periodicidad del voto es su fundamento, pero todo lo demás debe ser negociado. Hay incluso votaciones que pueden no ser democráticas. Por ejemplo, si en España un partido con mayoría absoluta cayera en la tentación de atizar el fuego nacionalista y decidiera convocar por su cuenta a las urnas para eliminar el sistema autonómico, argumentando que Francia tiene una sociedad más centralizada que la nuestra y que funciona mejor, no estaría procediendo de manera democrática. No porque nadie ponga en duda que Francia es una democracia, ni porque la votación fuera fraudulenta, sino porque estaría saliéndose de las reglas del juego que nos hemos impuesto los españoles. Esas reglas no son inamovibles, pueden variar, pero cualquier cambio que se produzca, si se hace de manera democrática, debe ser producto de una negociación. Nadie puede decidir unilateralmente salirse del marco legal.

Desde que se inició la transición en España, hace treinta y cinco años, los principales partidos políticos habían aceptado implícitamente esta premisa. La regulación de la vida en común se había hecho siempre mediante conversaciones y acuerdos. Todos se quejaban, todos pensaban que el otro era un poco prepotente o un poco deshonesto, pero eso formaba parte del juego. Lo que contemplamos ahora es diferente. Desde que entró en vigor la Constitución, es la primera vez que un sector importante de nuestra sociedad decide ignorarla y busca su legitimidad en el concepto abstracto de democracia, como si se tratara de un sistema platónico de principios que se pueden aplicar indiscriminadamente en todas partes. Mencionar el ejemplo de Escocia puede ser útil para plantear la necesidad de un diálogo con las demás fuerzas políticas, pero no lo es para imponer en Cataluña el resultado de un diálogo que tuvo lugar allí, no aquí. La democracia es una cuestión de procedimiento tanto como de contenido. Su materialización varía de acuerdo a las circunstancias concretas de un país. Cuestiones de libertad religiosa, que en Noruega no causan el menor sobresalto, en Egipto o en Pakistán pueden ser explosivas. La manera que tiene Francia de resolver sus problemas de diversidad lingüística, reconociendo el francés como única lengua oficial del Estado, a nosotros no nos sirve. Si un partido decidiera impulsar un sistema así en España, aunque lo hiciera mediante una votación y la ganara por mayoría absoluta, no nos estaría llevando a una democracia sino a un campo de minas. Nuestra Constitución es diferente de la francesa o de la británica, porque la realidad en que vivimos es diferente. La democracia es un sistema de gobierno práctico, por eso se aplica de manera diferente en cada país. Sus normas no se pueden sacar de contexto. Como aconsejaba José Martí a los políticos latinoamericanos, tan aficionados a salir por el mundo en busca de modelos, cuando tienes un problema en Cojímar no vas a buscar la solución a Dantzig. No soy un experto en cuestiones de administración territorial, por lo que no puedo decir hasta qué punto los casos de Escocia y de Quebec son similares o no al de Cataluña. De lo que sí estoy seguro es de que las decisiones allí se han tomado después de una negociación y en un marco legal específico. Por eso son democráticas. Si se hubieran llevado a cabo saltándose el marco legal, no lo serían. La Constitución que nos impusimos en 1978 será mejor o peor que la de otros países, todo depende de quién la analice, pero es democrática porque se hizo tras una negociación y es fruto de un pacto en el que todos consiguieron algo, pero también renunciaron a algo. Es lo que sucede en todas las negociaciones. Romperlo unilateralmente implica salirse de ese marco de convivencia y atentar contra uno de los principios básicos de la democracia.

El nacionalismo y el sistema democrático son dos realidades distintas. Uno se basa en la defensa apasionada de lo propio y el otro en la negociación racional de la diferencia. En este sentido, parece indudable que lo que venimos observando en los últimos dos años en Cataluña es una explosión de entusiasmo nacionalista. No se pueden interpretar de otro modo las cadenas humanas, las manifestaciones multitudinarias, las emociones a flor de piel, el fervor proselitista de miles de voluntarios recorriendo incansablemente las casas en un generoso ejercicio de entrega a una causa sagrada. Eso es lo que vemos, por más que se nos intente convencer de que nos encontramos frente a una experiencia democrática. La democracia es otra cosa. Llamemos las cosas por su nombre. Si lo que vemos es una mesa (aunque sea con carcoma), que no nos digan que lo que tenemos delante de los ojos es una pipa. Y si vemos una pipa, que nadie escriba un letrero al lado del dibujo diciendo que no lo es. La gente tiene derecho a exigir que se le planteen los problemas de manera clara. Sólo así dispondrá de una base de juicio sólida a la hora de tomar decisiones.

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