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20/01/2014 07:21 CET | Actualizado 21/03/2014 10:12 CET

Bitcoin-manía

En su inmaterialidad radica el peligro potencial para quienes especulen con dichas monedas, fenómeno que ciertamente está dándose a lo largo del presente año. Basados en la creciente aceptación social de las monedas virtuales, quienes piensan que su precio solo crecerá en el futuro discernible se apresuran a adquirirlas. En fin, que volvemos a las andadas.

En 1635 una sola cebolla infectada por un virus alcanzó en el mercado de bulbos de Haarlem una cotización de 6.000 florines. Entonces, con dicha suma, se podían adquirir 200 cerdos o pagar el sueldo de un operario medio durante 40 años. Este y muchos otros episodios de la época acerca de la estulticia humana están muy bien documentados. Se cuenta que uno de estos bulbos, de la rarísima variedad conocida como Semper augustus, desapareció del lugar donde lo custodiaba su dueño, un tanto descuidadamente, y más tarde se supo que se lo había zampado un marinero confundiéndolo con una cebolla. El pinchazo de la tulipmania provocó el estancamiento de la economía holandesa por muchos años.

En agosto de 1720 estalló la "burbuja de los mares del sur", está vez basada en una estafa lisa y llana, que atrapó entre los perjudicados a Sir Isaac Newton, el individuo más preclaro de su generación, quien se arruinó declarando amargamente "I can calculate the motion of heavenly bodies but not the madness of people" ("Puedo calcular el movimiento de los cuerpos celestes pero no la locura de la gente").

El 27 de noviembre de 2013, hace apenas unos días, Bitcoin, la "moneda virtual experimental", como la denomina el Financial Times, superaba la cotización de los 1.000 dólares la unidad (iba a decir la pieza, pero no existe tal pieza) superando en 80 veces su precio a comienzos del año. Este furor se ha visto además estimulado por las declaraciones del mismísimo Ben Bernanke, para quien las monedas virtuales "may hold long-term promise, particularly if the innovations promote a faster, more secure and more efficient payment system" ("pueden resultar prometedoras a largo plazo, sobre todo si las innovaciones promueven un sistema de pago más seguro y eficiente"). El propio presidente de la Reserva federal admitía, sin embargo, que tratándose de medios de pago no emitidos por un agente asociado al sistema crediticio y autorizado por la Fed, carecía de poder regulatorio sobre las mismas. Son otras las autoridades que deben intervenir de ser ello necesario.

Uno de los primeros temores que surgieron a raíz de la generalización de las monedas virtuales fue el de que acabaran usándose para instrumentar transacciones en actividades ilegales, cuando no criminales. La opinión generalizada es que con los controles adecuados no debería haber más problemas que con otros medios de pago físicos, como el efectivo o el trueque. Incluso, se argumenta, la huella electrónica que dejan las monedas virtuales, ineludible dado que su existencia solo se sustenta en la red virtual, facilitaría su control por parte de las autoridades adecuadas.

Justamente en su inmaterialidad radica el peligro potencial para quienes especulen con dichas monedas, fenómeno que ciertamente está dándose a lo largo del presente año. Basados en la creciente aceptación social de las monedas virtuales, quienes piensan que su precio solo crecerá en el futuro discernible se apresuran a adquirirlas. En fin, que volvemos a las andadas. Hay, naturalmente, una probabilidad de que estas monedas estén aquí para quedarse y que su, por ahora futuro, uso y curso legal acabe estableciéndose. ¿Cuál será su valor entonces? Nadie lo sabe, ni puede saberlo. Aunque se admiten apuestas.

Recuérdese que, en definitiva, el dinero que manejamos en la actualidad es efectivo en una pequeña proporción del total y, aun así, no deja de ser efectivo fiduciario en el que, de momento, (casi) todos creen. El resto de ese dinero con el que instrumentamos transacciones que siempre requieren de él, son meros apuntes en los balances de los bancos, depósitos, en los que más vale que tengamos confianza. En suma, el dinero que manejamos hoy en día es físico en una pequeña parte, pero, en esencia, es virtual todo él. Basado en la confianza que inspira el monopolista del efectivo, que es el banco central, y la que puedan inspirar los bancos comerciales que generan el resto del dinero en circulación. Cuestión de confianza.

Este artículo se publicó originalmente en la revista Empresa Global, de Analistas Financieros Internacionales.

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