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04/12/2015 07:12 CET | Actualizado 03/12/2016 11:12 CET

La libre circulación, ¿desaparecida en combate?

mapaCompartir, mancomunar, poner en común las heterogéneas capacidades de respuestas nacionales es, de nuevo, la única manera de proteger mejor a Europa y a los europeos. E insisto: nada que hacer si no conseguimos implicar a las comunidades islámicas que habitan entre nosotros en la detección, prevención y, en su caso, detención y desmantelamiento de los que quieren matarnos en nombre de un Islam que no "les representa". Todo un reto de futuro para la laicité republicana francesa. Y para la entera fábrica social de la diversidad en que se sustancia Europa.

A lo largo del doloroso duelo que siguió a la masacre de París, escuchamos a los responsables de las instituciones europeas asegurarnos una y otra vez que los terroristas no se saldrían con la suya, haciéndonos retroceder en las libertades trabajosamente conquistadas en Europa. Singular preocupación suscita el acervo Schengen, metáfora de la apuesta europea por la gestión integrada de las fronteras exteriores y la garantía del disfrute de la libre circulación de personas.

Tan solo dos semanas después de la conmoción que sacudió a la UE entera, los ciudadanos europeos asistimos a un despliegue sin precedentes de discursos que abrazan explícitamente la retórica de "la guerra" -sin concreción de objetivos militares y estratégicos, empezando por qué hacer con el territorio y la población actualmente sometidos al control del Daesh-, y a medidas que -bajo la cobertura de "emergencia" y/o "excepción"-, postulan sin ambages la suspensión o el retroceso de sus libertades arduamente conseguidas. Empezando -cómo no haberlo sospechado, si era lo que más temíamos- por la libre circulación de personas sin fronteras interiores en el Espacio Schengen. En efecto, mal que nos duela, la libre circulación parece la primera pieza damnificada en el estado de emergencia que recorre Europa, bajo sus diversas acepciones jurídicas en cada ordenamiento nacional.

La semana pasada, el Pleno del Parlamento Europeo se reunió en Estrasburgo, que, no se olvide, es Francia (Alsacia). Los parlamentarios europeos que acudíamos a nuestro trabajo debimos identificarnos dos veces con nuestro pasaporte o carnet de identidad al acceder a un aeropuerto de nuestro querido Espacio Schengen; y otras tres al utilizarlo, de nuevo cuatro días después, para volar de regreso a nuestras circunscripciones.

La primera reflexión es que el acquis más apreciado por la ciudadanía ha sido sometido abruptamente a la interposición de barreras y controles extraordinarios, contrarios a la libre circulación de personas, como no habíamos conocido en los últimos 25 años.

La segunda reflexión es que, una vez más, los Gobiernos nacionales de los EE.MM. se han aprestado a orquestar medidas aparentemente efectistas a la vista de su impacto sobre los hábitos consolidados de los transeúntes europeos, y consiguientemente sobre nuestras vidas cotidianas. Podemos comprender la necesidad de enlazar con la percepción social de la situación de "emergencia". Pero tan espectaculares medidas de poco ayudarían, vistas sus limitaciones, si no las acompañamos de las más estructuradas que exige la seguridad a la que los europeos tienen derecho fundamental (art. 6 CDFUE).

Compartir, mancomunar, poner en común las heterogéneas capacidades de respuestas nacionales es, de nuevo, la única manera de proteger mejor a Europa y a los europeos.

El pasado Consejo Europeo extraordinario de 28 de noviembre decidió, en un clima enrarecido por esa angustia seguritaria, "inyectar " nominalmente (¡aún no sabemos de dónde va a salir el dinero!) 3.000 millones de euros para "ayudar" a Turquía a "contener" refugiados sirios dentro de su territorio... ¡con el señuelo adicional de "acelerar" negociaciones con vistas a la adhesión futura de Turquía a la UE!

Al margen de la discusión que merece este enfoque por utilitario y cortoplacista -pero también, sobre todo, por abundar en la ya cansina tentación de reaccionar irreflexivamente en la dirección equivocada-, asombra que en la calentura de un atentado terrorista de proporciones escalofriantes no se aborden, además, las perentorias medidas de cooperación de inteligencia y policial, que se han mostrado necesarias y que hacen más falta que nunca, reforzando las cláusulas de cooperación transfronteriza cuyos defectos resultaron determinantes en la secuencia de hechos que condujo a la materialización de las matanzas de París y a la huida de los supervivientes: Abdeslam, el "octavo yihadista", parece seguir escondido en alguna madriguera de impunidad en Bélgica, quizá Molembeek, en Bruselas.

Una reflexión detenida merece particularmente la súbita revelación de la vulnerabilidad de Bruselas. Esta ciudad es la capital, en simultáneo, de las instituciones europeas y de un Estado federal que opera, nos guste o no, como una laxa (o evanescente) confederación de autoridades en materia policial, con un rompecabezas o enjambre de cuerpos de policía obedientes a autoridades distintas, disconexas entre sí, que no hablan el mismo idioma (sino francés, neerlandés o alemán) y no comparten adecuadamente la información sensible que se prueba ahora crucial para hacer frente a amenazas comunes con herramientas, capacidades y acciones comunes, en lugar de abandonarse a la tentación nacionalista del regreso a lo pequeño que nos condena a la impotencia en lo individual y a la irrelevancia en lo colectivo.

¡Y todo esto se hace sin pararse a reflexionar autocríticamente hasta qué punto la desastrosa austeridad destructiva ha deteriorado las capacidades de EE.MM empobrecidos, como Grecia, de "controlar" sus fronteras exteriores sin recursos materiales, humanos y financieros con que poder hacerlo!

Compartir, mancomunar, poner en común las heterogéneas capacidades de respuestas nacionales es, de nuevo, la única manera de proteger mejor a Europa y a los europeos. Y es la vía efectiva para salir de la ratonera en que el yihadismo puede convertir a Bruselas -ciudad abierta a todo tipo de conexiones y comunicaciones, por tierra, mar y aire- en una ciudad atenazada por la ghettización de la segunda y tercera generación de los inmigrantes del último tercio de siglo pasado.

Esos jóvenes son presa fácil del resentimiento y marginación que conduce a muchos de ellos a la islamización del extremismo y del fanatismo violento al que se les incita en las redes. Y que puede convertir, por extensión, a toda la UE en un espacio amenazado por un estado de psicosis espoleada por la política del miedo cuya única escotilla parece ser, hasta la fecha, la tentación facilona de "externalizar" en Turquía la crisis de los refugiados... a cambio de la promesa de un dinero que todavía no sabemos de dónde va a salir.

E insisto: nada que hacer si no conseguimos implicar a las comunidades islámicas que habitan entre nosotros en la detección, prevención y, en su caso, detención y desmantelamiento de los que quieren matarnos en nombre de un Islam que no "les representa". Todo un reto de futuro para la laicité republicana francesa. Y para la entera fábrica social de la diversidad en que se sustancia Europa.