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24/01/2019 07:18 CET | Actualizado 24/01/2019 07:18 CET

Nostalgia vs. futuro: Brexit y Pedro Sánchez ante el Parlamento Europeo

J. F. López Aguilar

Durante la semana del 12 al 16 de enero tuvo lugar en Estrasburgo el Pleno del Parlamento Europeo (PE), con una agenda marcada por debates de singular densidad. Próximas ya las elecciones europeas del 26 de mayo —coincidentes en España con las municipales y con las autonómicas en trece comunidades autónomas—), el Pleno sometió a debate el balance de resultados de la presidencia austriaca —segundo semestre de 2018—, pilotada por un ejecutivo de coalición en que el conservador Sebastian Kurz se apoya en la extrema derecha.

El PE examinó también el programa de la última presidencia rotatoria, primera de Rumanía, con la Primera Ministra Viorica Dancila. Para complicarlo todo, el (esperado) rechazo del Parlamento británico al deal negociado por Theresa May con la UE dispara las incertidumbres, haciendo más verosímil que nunca la hipótesis de pesadilla de un Brexit desordenado el 29 de mayo.

El contrapunto europeísta lo puso el intenso discurso del Presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, en la ronda de debates que cada mañana de miércoles durante el Pleno de Estrasburgo el PE ha venido sosteniendo a lo largo de esta legislatura con los jefes de Gobierno de los (todavía) 28 Estados Miembros (EE.MM) de la UE.

Tanto en el debate continuo sobre las presidencias austríaca y rumana —que no solamente ostenta este papel por vez primera, sino que lo hace en la que va a ser la más corta del mandato, apenas durante tres meses, puesto que a partir de abril todo girará en torno a la contienda electoral que se libra el 26 de mayo—, como en la valoración política de esta recta final de legislatura europea, gravitó una vez más la protesta (e indignación) en muchas intervenciones —desde luego, en la mía propia-— ante el injustificable bloqueo de la reforma del Sistema Europeo de Asilo impuesta por un Consejo que se revela, una vez más, como el eslabón fallido o disfuncional del proceso decisional europeo. Porque este bloqueo bascula desde hace demasiado tiempo en la incapacidad del Consejo —reunión de los Gobiernos de los Estados miembros— de acordar con el PE un mecanismo común y solidario de gestión de las demandas de asilo, superando la injusticia e inoperatividad del actual Reglamento de Dublín que asigna esta responsabilidad al Estado miembro de primera entrada o de primer acceso de la persona en busca de estatus de refugiado.

Ni el Primer Ministro austriaco ni la Primera Ministra rumana pueden explicar al PE —órgano que representa a la ciudadanía europea y el único de elección democrática directa— en qué pensaban sus antecesores (Jefes de Estado y/o Gobierno de los EE.MM) cuando ratificaron el Tratado de Lisboa (TL), que ordena (arts.78, 79 y 80) un "sistema integrado de fronteras exteriores y una responsabilidad común y solidaria en la gestión de migraciones y en las demandas de asilo".

Intervine en el debate para reafirmar, de nuevo, mi profunda convicción de que, ante el inminente test existencial que las próximas elecciones imponen a la pervivencia del proyecto europeo y a la propia UE, nada perjudica tanto su credibilidad como el prolongado divorcio entre lo que Europa promete (y lo que ha consagrado en su Derecho en vigor) y lo que realmente hace. El gap —brecha— entre lo uno y lo otro ha ensanchado la distancia entre las instituciones europeas y la ciudadanía, ahondando el malestar que más pronto que tarde tiende a manifestarse en resentimiento y rechazo antieuropeo en las urnas.

El Consejo es responsable de las declinantes cotas de compromiso proeuropeo que han venido registrándose durante los últimos diez años en sucesivas elecciones nacionales y europeas, en coincidencia no casual con la sumersión de la UE en la peor crisis de su historia

Del actual paisaje de insolidaridad entre los EE.MM (que es lo opuesto a la regla de la solidaridad establecida en el art.80 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea) y de la rebatiña de rechazo a los migrantes y demandantes de asilo a la que se han abandonado buen número de gobernantes europeos, resulta un desfallecimiento de la consistencia y crédito del Derecho de la UE y de la voluntad de Europa. El Consejo es políticamente responsable de este desaguisado; máxime cuando de lo que se trata es de estimular una mayor participación ciudadana en elecciones europeas. El Consejo es responsable de las declinantes cotas de compromiso proeuropeo que han venido registrándose durante los últimos diez años en sucesivas elecciones nacionales y europeas, en coincidencia no casual con la sumersión de la UE en la peor crisis de su historia: la que arrancó en 2009 con la Gran Recesión. Una crisis tan profunda y duradera que ha cuestionado como nunca la misma irreversibilidad de la integración supranacional europea.

Ninguno de los episodios de la así denominada "crisis de los refugiados" puede ni podrá resolverse a golpe de llamadas telefónicas cruzadas entre los gobiernos más sensibles a la acumulación de tragedias en el Mediterráneo, siquiera sea por la exposición vulnerable de sus costas a los tráficos ilícitos en el Mediterráneo. El gesto del Gobierno español al acoger al Aquarius o al recibir una y otra vez a personas rescatadas por Open Arms o SeaWatch no basta para suplir la clamorosa ausencia de una política europea. ¡Humanitaria, eficaz, pero, sobre todo, europea! Política que, para empezar, debiera cumplir lealmente su propio Derecho en vigor (el desarrollo del Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia del TL legislado por el PE). Además de respetar los mandatos del Derecho internacional humanitario que obliga a prestar puerto seguro y desembarco en el lugar más próximo a la operación de salvamento en la mar.

Precisamente por eso, por tan dramático deterioro alrededor de la voluntad de Europa en este contexto tremendo, resultó tan ilustrativo el contraste entre el crispado cruce de palabras sobre el empeoramiento del Brexit ante la inminencia del deadline de calendario (el próximo 29 de marzo)... Y el mensaje europeísta que esgrimió en su exposición y debate ante el PE el Jefe de Gobierno español, Pedro Sánchez, en la ronda de intercambios sobre el futuro de Europa.

Sólo al Parlamento británico corresponde delinear una nueva hoja de ruta para salir del laberinto en que el Reino Unido se troncha más dividido que nunca

A vueltas todavía con el Brexit, parece que la Ley de Murphy es la nueva ley suprema en el sistema británico. Lo que puede salir mal... sale peor. No corresponde al PE suplir a la House of Commons a la hora de arrojar luz sobre este túnel oscuro en que el irresponsable Cameron sumió a la sociedad británica al convocar un referéndum divisivo y desdichado que sólo otro referéndum —más informado y menos tóxico que el de 23 de junio de 2016— podría enmendar con garantías: es el "segundo referéndum" por el que languidecen y braman quienes todavía se resisten a la consumación del desastre. Sólo al Parlamento británico corresponde delinear una nueva hoja de ruta para salir del laberinto en que el Reino Unido se troncha más dividido que nunca.

Parafraseando a Lincoln —que habló de una "House Divided" para describir su Nación en tiempos de su Guerra Civil (1861-1865)—, el referéndum del Brexit ha enfrentado a Reino Unido sobre sus propios ejes: sean generacionales (mayores vs. jóvenes), sociales (brexiteers vs remainers) o territoriales (según dónde haya ganado una u otra posición).

Y esta es toda una lección de la que urge aprender apoyando la unidad negociadora europea frente a la confusión y frustración que campea entre los interlocutores británicos: "If there is one lesson we may learn from history, it is that there is some people who have not learn from history". Los europeos europeístas podemos —y a mi juicio debemos-—mostrar toda nuestra empatía con los millones de británicos que braman por todas las esquinas por un segundo referéndum (aun cuando muchos de ellos debieron votar en junio de 2016, cuando pudieron hacerlo). ¡Pero sobre todo debemos escarmentar en cabeza ajena: plantar cara a las fake news y a los demagogos farsantes —con Nigel Farage, el gran impostor, a la cabeza— que han encerrado a la política británica en un bucle de conflicto del que todavía no se sabe cómo van a salir, con una negociación lose-lose en la que nadie gana!

Pero, insisto, contrapunto: Pedro Sánchez, en su turno sobre el futuro de Europa, dejó buen sabor de boca. Discurso sólido, extenso, estructurado, europeísta. Singularmente oportuna (y, a mi juicio, necesaria) su apelación al coraje con que urge más que nunca "proteger Europa" para que la UE pueda ser esa "Europa que protege". Porque ese lema —versionado en varias claves contradictorias durante los últimos años— no se acuñó para blindar la UE como una "fortaleza" frente a la supuesta amenaza de los chivos expiatorios de la explotación del miedo (inmigrantes, refugiados...), sino para reivindicarla frente a los enemigos de la sociedad abierta: la insolidaridad, la xenofobia, y la política del odio nacionalista y reaccionaria.

El presidente del Gobierno estuvo combativo y sereno ante la previsible colación de la tensión secesionista en varios turnos de palabra en el debate. Bien frente a los intentos de transportar al PE en Estrasburgo el fragor habitual en la confrontación española. Y claro en su convicción de que ninguna nostalgia del pasado puede ganar la partida a la voluntad que anticipa y lidera el futuro.

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