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27/09/2013 07:31 CEST | Actualizado 26/11/2013 11:12 CET

Juan Cruz y el sol de Tenerife

Juan Cruz, una de las figuras del periodismo, la cultura y la progresía ilustrada, cumple 65 años en uno de los momentos más extraños del periodismo, la cultura y la progresía ilustrada.

El Café Libertad 8, en el barrio de Chueca, es un clásico de la noche de Madrid. Me lo descubrió Javier Rioyo, a finales de los 80, un día en el que Almudena Grandes charlaba allí de alguno de sus libros. Esa fue la noche en la que conocí a Juan Cruz. En aquella época me recuerdo con Javier y Juan en el Libertad 8, en el Cock y en el Lisboa, un bar de la calle Argensola en el que acabábamos cantando boleros al amanecer, sobre todo si aparecía por allí el poeta Ángel González. Al Lisboa no le dio tiempo de convertirse en un clásico: cerró a los pocos años de abrir, después del suicidio de uno de los dueños. Pero cada vez que pienso en Ángel González lo veo en ese bar, llegando como un ciclón y entonando Se me olvidó que te olvidé. Ángel era un gran amigo de Rioyo y de Juan Cruz. Libros, amigos, periodistas, escritores, bares, tertulias y boleros hasta el amanecer. Ese era el mundo de Juan.

Juan tenía unos 40 años y ya era una figura del periodismo y de la cultura. Se había revelado muy joven con su primera novela, Crónica de la nada hecha pedazos, y fue uno de los que, tras la muerte de Franco, impulsaron el diario El País. Juan destilaba la esencia de ese periódico y, en general, del grupo Prisa, una referencia inevitable de la progresía ilustrada española desde la Transición. Pero la relevancia de Juan también tenía que ver con ese increíble don que le hace parecer ubicuo. Juan ha llegado a ser la estrella de un chiste: Juan Cruz vuela a Buenos Aires y mira por la ventanilla; en ese instante el avión se cruza con otro en dirección contraria en el que un pasajero hace lo mismo, mirar por la ventanilla. Ese pasajero es, también, Juan Cruz.

Escritor, periodista, ensayista, editor, entrevistador, memorialista, cronista cultural, analista político y social, columnista deportivo, bloguero, colaborador y contertulio de diversas publicaciones, radios y televisiones, lector compulsivo, cinéfilo desatado, viajero insaciable, charlista, conferenciante, radioadicto, agitador intelectual, catalizador de todo tipo de iniciativas, impulsor y alentador de carreras literarias, compañero de Pilar, padre de Eva, abuelo de Oliver y forofo del Barça y de los juegos de palabras. Cruz tiene muchas caras, algún día tenía yo que escribir esta frase. Sucede a menudo que no has acabado de leer su último libro cuando ya ha publicado otro. Una de las claves que explican semejante exuberancia es la endemoniada velocidad con la que lee y escribe y las pocas horas que dedica al sueño. Pero yo creo que hay algo más. Berlanga admitía sufrir algo que él llamaba "Complejo de Dios", distinguido por una especie de ansiedad por estar en todas partes y tareas donde merece la pena estar en cada momento. Juan Cruz es uno de los seres que más ha coqueteado con ese sueño imposible.

La pasión de Juan por la escritura y el periodismo fue muy temprana. A los 13 años, en su Tenerife, ya escribía en el semanario Aire Libre. Juan cuenta una anécdota muy divertida de una de sus primeras entrevistas, cuando era un crío y colaboraba en la tele, a mediados de los 60. Marisol, la niña más popular de España, fue a Tenerife y Juan logró entrevistarla en plena calle. Juan era bajito, moreno y tenía el pelo largo. Mientras Juan entrevistaba a Marisol, pasaron a su lado un par de chicos que se quedaron mirando. Y uno de ellos le comentó al otro: "Mira, qué curioso, Joselito entrevistando a Marisol".

Juan es una de las personalidades que ha acumulado más influencia en la cultura española. El lugar que ocupa desde hace tantos años es muy privilegiado pero tiene sus cosas. Ser editor de Alfaguara, responsable de cultura y columnista de El País o colaborador destacado de la Cadena Ser implica una capacidad más o menos consciente de condicionar la carrera de mucha gente. He conocido a muchos a los que, por ejemplo, una entrevista o una buena crítica en El País o, por descontado, publicar en una editorial del fuste de Alfaguara les ha cambiado la vida. Sobre todo para muchos escritores, Juan Cruz ha sido -y es- el hombre que podría hacer algo que les podía salvar y eso le habrá acostumbrado a estar rodeado de falsos amigos. Juan ocupa el sitio indicado para ser despreciado por todos aquellos que sientan que no les ha hecho el caso que ellos creen que merecían o por los que, en cierto modo, le responsabilicen de no haber llegado a ninguna parte. Por eso, el que Juan Cruz, después de cuatro décadas en primera línea, después de tanto poder, mantenga el respeto y el aprecio masivo de la gente de la cultura habla de él mejor que casi nada. El pasado año recibió su última distinción, el Premio Nacional de Periodismo Cultural. Lo raro es que aún no lo tuviera.

Raymond Chandler, en alguna de sus fantásticas cartas, escribió: "Como clase, los escritores me parecen hipersensibles y espiritualmente malnutridos. Odio ese pequeño destello en el fondo del ojo, que aguarda un elogio de su último libro"; "Los escritores tenemos el ego de los actores pero sin su belleza ni su encanto". Una de las especialidades de Juan es convivir y lidiar con el ego de los escritores. Juan ha disfrutado y soportado a algunos de los mejores escritores de España y del mundo. Sus libros Egos revueltos y Especies en extinción son unas deliciosas memorias personales, literarias y periodísticas, un inapreciable retrato de la trastienda del mundo cultural y, en el caso de Especies en extinción, un canto melancólico por una manera de entender el periodismo y la literatura que parece vivir su agonía. Pero, también, esos libros son un extraordinario tratado sobre la vanidad. Algunas de las situaciones que recrea Juan me provocaron la carcajada. Tal vez mi favorita sea esa que protagoniza el escritor argentino Ernesto Sábato, durante una cena con su mujer Matilde y otros amigos escritores. En un momento dado comenzó a circular discretamente un papelito entre los comensales en el que Matilde había escrito esto: "Hace media hora que no han dicho nada de Ernesto y él se está deprimiendo".

Juan ya no pierde ni un segundo de su vida en hacer mala sangre por las miserias de los demás. Juan adora a la gente con talento y a la gente que adora a la gente con talento. Una de sus grandes placeres es detectar, estimular y celebrar ese talento y cultivar la cercanía con los que lo tienen. Juan llamaba todos los sábados por la mañana a Rafael Azcona solo para reírse con él. Esa es otra de sus prioridades: la búsqueda obsesiva de la amistad y de la alegría. A mí, hace años, me llamaba cada vez que el Real Zaragoza me brindaba algún motivo de júbilo. Desde que eso se hizo casi imposible me pasó a llamar cada vez que nuestro amigo Pep Guardiola le daba a él una alegría, que esas sí fueron una barbaridad.

En 2013 se cumplen los 40 años del debut de Juan como escritor y este viernes 27 de septiembre hace 65 años que nació en Puerto de la Cruz. Una de sus frases preferidas es de Albert Camus: "El sol que reinó sobre mi infancia me privó de todo resentimiento". Esas palabras le sientan como un guante a Juan, a quien el sol de Tenerife le aseguró una sonrisa casi eterna.

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