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¿Es cierto que 'Europa no puede'? La UE no padece ningún problema de capacidad: sí de voluntad política y de correlación de fuerzas

¿Es cierto que 'Europa no puede'? La UE no padece ningún problema de capacidad: sí de voluntad política y de correlación de fuerzas

Trump ha desencadenado un zafarrancho de rearme al que se ha apuntado, en pánico, la hegemonía conservadora que gobierna actualmente las Instituciones de la UE

Donald Trump y los planes de su cabeza
Donald Trump y los planes de su cabeza

"Europa no puede, no es capaz". En las últimas jornadas, sucesivas a la intervención en Venezuela, hemos venido asistiendo, en toda su variedad de versiones, a la descalificación de la UE a propósito de su silencio, falta de reacción reconocible y unitaria ante la patada al tablero del orden internacional perpetrada por Trump al frente de EEUU, superpotencia a la que tradicionalmente se la estimaba como aliada preferente desde este lado del Atlántico. 

Por parte del Pentágono y de portavoces del US Congress hemos escuchado también juicios cruelmente despectivos sobre la impotencia europea, al punto de dar por hecho que, en caso de consumarse la "toma de Groenlandia por la fuerza" (anexión por EEUU bajo algún régimen jurídico que no necesariamente conduciría a su reconocimiento como "Estado 51"), ni la UE reaccionaría ni ninguno de sus Estados miembros (EEMM) estaría dispuesto a involucrarse en un conflicto militar nada menos que con el US Army.

Y, sin embargo, no es cierto que la UE padezca un defecto de capacidad que le imposibilite honrar su enfática retórica de “autonomía estratégica”. Nunca se subraya lo bastante que si los EEMM uniesen operativamente sus esfuerzos defensivos (por la especialización de las respectivas "capacidades nacionales" y su interoperabilidad, por la inversión estructurada en altas tecnologías y ciberseguridad, y por la puesta en común de su respuesta operativa y de intervención rápida), en lugar de someterse acríticamente al test de estrés e incrementar fragmentariamente sus 27 Presupuestos nacionales de Defensa (hacia un arbitrariamente impuesto del 5% de sus respectivos PIB, tal como, qué sarcasmo, les exige Trump que hagan, con la complicidad abochornante del Secretario General de la OTAN, Marc Rutte), la UE pasaría a ser la segunda potencia militar del mundo (por detrás, sí, de EEUU, pero muy por delante de Rusia, de China, o de cualquier otro actor global).

Nunca se insiste lo bastante en que si la UE uniese los despliegues diplomáticos de sus 27 EEMM a su Servicio Exterior (la Diplomacia europea que dirige su High Rep, actualmente Kaja Kallas), su acción internacional sería la de mayor cobertura planetaria, cubriendo a los 193 Estados integrantes de la comunidad internacional, multiplicando cualitativamente la influencia (limitada y manifiestamente mejorable) de su actual esfuerzo de Cooperación Humanitaria y Ayuda al Desarrollo (que cuenta con el montante más abultado del mundo, sin que lleguemos nunca a deducir las consecuencias esperables, en influencia política y promoción de valores como igualdad de sexo y empoderamiento de las mujeres, derechos humanos, independencia judicial, estrategias anticorrupción y de capacitación institucional).

No, la UE no padece un déficit de "capacidad". No es que “no pueda”. El déficit es de voluntad, de voluntad de ser, de voluntad política, de voluntad de acompasar su discurso proclamado en las promesas normativas fijadas en los Tratados y las ambiciones declamadas en sus "Estrategias", "Conclusiones del Consejo" y proclamaciones solemnes.

Hay algo peor: la actual correlación de fuerzas, escorada como nunca a la derecha y condicionada como nunca por una pujante emergencia de ultraderecha nacionalista y reaccionaria como no había visto Europa desde su fundación (históricamente conexa a la derrota del fascismo tras las terribles lecciones dictadas por la primera mitad del S.XX y la incuantificable devastación de la II Guerra Mundial) no solo no auspicia ningún avance verosímil de la unidad de Europa y del fortalecimiento de su voluntad política, sino que lo mina en sus cimientos. 

En otras palabras, la UE se encamina hacia un el regurgitar de pulsiones nacionales, restablecimiento de fronteras y controles interiores (contra el acervo Schengen de libre circulación), desconfianzas cruzadas (en contra de la confianza y reconocimiento mutuos que cimientan al Espacio de Libertad, Justicia y Seguridad del Título V TFUE) y explotación electoral del miedo a los cambios y el rechazo al diferente y al "otro" (los migrantes), en que descansa la espiral de "chivos expiatorios" con que el populismo xenófobo exacerba la ansiedad y los temores suscitados por la globalización, sañudamente cruel con quienes se perciben como "perdedores" o "perjudicados" por este estadio de lo humano que no tiene marcha atrás.

La ironía no puede ser más lacerante: Trump ha desencadenado un zafarrancho de rearme al que se ha apuntado, en pánico, la hegemonía conservadora que gobierna actualmente las Instituciones de la UE. Tras haber impuesto esa lógica, Trump desentiende a EEUU de todo compromiso solidario con la UE e incluso con la OTAN, manifestando incluso, con desparpajo ofensivo, que ya no cabe continuar considerándolo “aliado”, sino la misma amenaza que EEUU ve en la UE en su recién editada “Estrategia de Seguridad Nacional”.

Y aún hay más: en el caso de que esta hegemonía conservadora en las Instituciones de la UE (cada vez más condicionada por el empuje de la ultraderecha) resolviese acometer un ciclo de cambio normativo (una hipotética, por improbable, reforma de los Tratados), seguramente no lo haría en sentido federal sino en la dirección contraria (devolución de poderes a la "soberanía nacional" de los EEMM). 

Y si optase tomar decisiones por mayoría cualificada, esta se decantaría por la narrativa neocon de la defensa y la seguridad, el gasto armamentístico y la compra de material bélico a los EEUU. Incluso para quienes nos tenemos por europeístas y federalistas europeos, la perspectiva de un cambio a peor debe ser contemplada con seriedad analítica, y prevenida en sus efectos potencialmente peyorativos de todas las causas proeuropeas, por las que hemos combatido a todo lo largo de nuestras vidas.

¿Alguien da más? No, no es un problema de "capacidad". Lo es, sí, de voluntad. Pero lo es, sobre todo, de correlación de fuerzas. No cabe engañarse al respecto.

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Licenciado en Derecho por la Universidad de Granada con premio extraordinario, Licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid, becario de la Fundación Príncipe de Asturias en EE.UU, Máster en Derecho y Diplomacia por la Fletcher School of Law and Diplomacy (Tufts University, Boston, Massasachussetts), y Doctor en Derecho por la Universidad de Bolonia, con premio extraordinario. Desde 1993 ocupa la Cátedra de Derecho Constitucional en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Es, además, titular de la Cátedra Jean Monnet de Derecho e Integración Europea desde 1999 y autor de una docena de libros. En 2000 fue elegido diputado por la provincia de Las Palmas y reelegido en 2004 y 2008 como cabeza de lista a la cámara baja de España. Desde 2004 a febrero 2007 fue ministro de Justicia en el primer Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. En octubre de 2007 fue elegido Secretario general del PSC-PSOE, cargo que mantuvo hasta 2010. En el año 2009 encabezó la lista del PSOE para las elecciones europeas. Desde entonces hasta 2014 presidió la Delegación Socialista Española y ocupó la presidencia de la Comisión de Libertades Civiles, Justicia y Asuntos de Interior en el Parlamento Europeo. En 2010 fue nombrado vicepresidente del Partido Socialista Europeo (PSE).