Ni la droga, ni el petróleo, ni la democracia
Fue sencillamente para dejar claro quién manda aquí. Quién manda allí.
No fue por la droga. No fue por el petróleo. No fue por la libertad y la democracia. Fue sencillamente para dejar claro quién manda aquí. Quién manda allí. Últimamente a la gente le da por pensar que Estados Unidos ya no es el país que gobierna el mundo, y eso es algo que no puede consentir ningún país que aspire a gobernar el mundo. Pregunta: ¿cuáles son los países que aspiran a gobernar el mundo? Respuesta: los que pueden hacerlo. No se trata de ser bueno o de ser malo. No ha ocurrido jamás en la Historia de la Humanidad que un país que objetivamente tiene condiciones para gobernar el mundo no haya actuado para gobernar el mundo. Y esto vale igual para la época en la que el mundo era el Creciente Fértil como para la época en la que el mundo incluye la Luna.
Uno no deja de ser el hegemón así como así. De hecho, la Historia de la Humanidad y la Historia de los Imperios se parecen como dos gotas de agua. O de sangre, si bajamos a la irrelevante escala individual. Considerémonos afortunados por poder presenciar en directo cómo el planeta cambia de gobernante. No ocurre cada cuatro años, sino cada varios siglos. Asistamos al fin de una hegemonía que agoniza entre discursos aberrantes y dirigentes esperpénticos, y al auge insidioso de una visión del mundo sólida como la Gran Muralla. Seamos conscientes de lo que vemos. Durante la primera mitad de su rueda de prensa de ayer, Trump habló sin parar de drogas y narcotráfico, pero después le traicionó la infraestructura y apareció la doctrina Monroe: América —el continente— para América —el país—.
Y que Maduro fuera un terrible dictador comunista, corrompido hasta la carroña, asesino de su gente y responsable de la miseria de su país, o fuera un glorioso libertador comunista, que entregó bolivarianamente la riqueza de Venezuela a su pueblo, que por fin vivió con dignidad y libertad tras siglos de opresión imperialista, da exactamente lo mismo. Porque el mamarracho al norte del Golfo de América iba a intervenir de igual forma. Particularmente, opino que el Nicolás real estaba más cerca de la primera caricatura que he hecho que de la segunda, pero eso sería el tema de otra columna. Mi más sincera enhorabuena a los venezolanos, que han tenido la suerte de que al hegemón le convino extraer —“extraer”, no me digan que no es maravilloso— a su dirigente del Palacio de Miraflores.
Es sorprendente cómo a veces analizamos fenómenos geopolíticos desde categorías psicológicas de sus protagonistas. Como si la explicación del Everest estuviera en la voluntad de los sherpas y no en el movimiento de las placas tectónicas. Las interesadas proclamas morales que escuchamos durante el día de ayer recordaban al abuelo de Gila, que quería inventar la radio a colores dándole brochazos al aire —“el día que le coja la onda…”—. La política es irreductible a la ética, y la moral sólo es un invento de los geoestrategas para seducir a los sentimentales. No se puede juzgar la detención de Maduro con las categorías con las que juzgo a Malena, que no me hizo el bizum por la cena del lunes. Y esto vale igual para EE.UU. y Venezuela, Rusia y Ucrania, China y Taiwan, Sánchez y Puigdemont.