Sobrevivir en Gaza cuando no puedes ver, oír o caminar
Un informe presentado por ActionAid y Stars of Hope Society constata la penosa realidad de las mujeres que tienen que sacar adelante a sus familias en mitad del genocidio israelí cuando ellas mismas arrastran discapacidades por la ofensiva.
Naela perdió a su marido en un ataque israelí en Gaza. Recibió la noticia mientras estaba desplazada, lejos de su casa, en uno de esos lugares improvisados donde miles de personas intentan seguir (sobre)viviendo. Desde entonces, sostiene sola a sus cuatro hijos. Hasta aquí todo desgraciadamente normal.
Pero Naela tiene una anomalía visual derivada en visibilidad reducida, al igual que uno de sus cuatro hijos. Ambos necesitan tratamiento médico continuo para aliviar la presión ocular. Pero en Gaza, cuando incluso conseguir lo más básico se ha convertido en una carrera de obstáculos diaria, imagina tener que hacerlo sin apenas poder ver.
No es solo no poder ver, es tener que arrastrarse por el suelo para llegar a un baño no adaptado por no tener andador, es no poder oír cuando se produce un ataque porque el dispositivo ya no tiene pilas, es no poder desplazarse porque las ruedas de la silla se quedan estancadas en la arena.
En Gaza hay mujeres con discapacidad sosteniendo a sus familias en condiciones que ninguna persona debería verse obligada a soportar. Pero se están quedando fuera de foco. Un informe presentado por ActionAid y Stars of Hope Society alerta de esta realidad con datos difíciles de ignorar. El 90% de las mujeres con discapacidad que respondieron a las encuestas necesita ayuda urgente, incluidos alimentos, agua y ropa. El 83,6% necesita medicación y atención médica. El 75,5% requiere un refugio adecuado y un largo etcétera. Pero quizá lo más grave es que muchas de estas mujeres ni siquiera están siendo alcanzadas por la ayuda disponible. El 96,3% afirma no haber recibido ningún servicio de entidades gubernamentales y el 77% no recibió asistencia de ninguna entidad no gubernamental.
La guerra y el genocidio en Gaza no afectan a todas las personas de la misma manera. Cuando se destruyen hospitales, carreteras, refugios, redes de cuidado y servicios básicos, quienes ya estaban en situación de mayor exclusión quedan todavía más expuestas; mujeres y niñas con diversidad funcional.
A pesar de todo esto, Naela no se ha rendido. Es una mujer agotada, pero también alguien que sigue haciendo todo lo que está en su mano para mantener con vida a su familia. "Me convertí en el sostén de mí misma y de mis cuatro hijos en medio de esta guerra cruel, marcada por desplazamientos repetidos de un lugar a otro, malnutrición, hambruna y falta de tratamiento médico. Mi hijo y yo sufrimos una presión ocular severa y necesitamos gotas de forma continua para aliviarla, para poder afrontar la vida que se nos ha impuesto… De repente, me encontré sola con mis hijos, desgastada, sin apoyo".
Pero sigue haciendo cola durante horas para llenar recipientes de agua, busca comida en cocinas comunitarias a pesar de las dificultades. "Moverme es extremadamente difícil para mí, especialmente cuando intento desplazarme entre las tiendas y por los pasillos estrechos. Hay cuerdas tendidas, a veces me hacen caer al suelo. Me cuido por mis hijos, temo fracturarme".
En Gaza, hablar de accesibilidad es la línea que marca no poder acceder a comida, no poder llegar a un punto de distribución, no poder usar un baño. no poder evacuar durante un ataque, no poder recibir tratamiento, no poder denunciar violencia… Hablar de accesibilidad, no es un asunto técnico ni de una mejora secundaria, es pura supervivencia. Un refugio con suelo de arena puede ser inhabitable para una mujer que utiliza silla de ruedas o muletas. Un baño lejano, sin adaptación y sin privacidad, puede convertirse en una fuente diaria de sufrimiento, riesgo e indignidad. Información sobre una distribución de ayuda organizada sin tener en cuenta quien sufre ceguera o sordera, puede dejar fuera precisamente a quienes más lo necesitan.
Todas somos diferentes. La ayuda humanitaria también debe diseñarse pensando en mujeres como Naela. Pero en estos momentos son muchas las organizaciones que no cuentan con programas específicos para mujeres con discapacidad o no siempre incorporan un enfoque de género. Tampoco pueden formarse, ni reforzarse, ni aumentar personal, en un contexto brutal de violencia que limita nuestra capacidad para llegar a personas en condiciones de vulnerabilidad extrema. Gaza es el sitio más peligroso del mundo para ser trabajadora humanitaria. El resultado es una zona ciega: mujeres que quedan en los márgenes de los márgenes.
Son muchas las mujeres y niñas que no tienen una silla de ruedas, un bastón, un audífono, una prótesis o un colchón médico. En el contexto actual, el acceso a estos productos de apoyo y tecnologías asistivas está muy condicionado por restricciones de entrada de determinados suministros considerados de “doble uso”, lo que implica de facto una exclusión cotidiana y un impacto directo en la dignidad de las personas con discapacidad.
La resiliencia de las mujeres en Gaza no puede convertirse en una excusa, Escucharlas exige cambiar nuestra mirada y nuestra respuesta. Hay que asegurar que las mujeres con diversidad funcional pueden recibir el apoyo que necesitan. Historias como la de Naela nos obligan a mirar de frente una realidad que demasiadas veces queda fuera del encuadre: en Gaza, la falta de accesibilidad no es un problema secundario. También mata, desplaza, aísla y desprotege.
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