Más allá del gesto de Felipe VI que no termina de conquistar a México: claves históricas y actuales de una "controversia moral" que seguirá siendo eterna
El reconocimiento de los "abusos" por parte de Felipe VI en la conquista de México supone un antes y un después en la relación bilateral. Sin embargo, las grandes preguntas no desaparecen: ¿Cuál es la relación actual entre ambos países? ¿Es útil para mejorar las relaciones entre ambos?¿Hay motivos para hacerlo?

Hay historias que no terminan nunca. No porque no tengan final, sino porque continúan teniendo un gran peso en el presente. La conquista de México es una de ellas: relatos enfrentados a lo largo de los siglos y posturas que se han presentado como inamovibles, por un lado romantizadas y por otro, repudiadas.
Quizá por eso, cinco siglos después, cualquier gesto —una carta, una ausencia diplomática, una disculpa— adquiere un peso desproporcionado. No habla solo del pasado, sino de la forma en que decidimos comprenderlo.
Un perdón que llega cinco siglos después
Las palabras del rey Felipe VI han reabierto un debate que nunca ha terminado de cerrarse: el de la conquista de México y sus consecuencias. Más de quinientos años después de la llegada de Hernán Cortés a Tenochtitlán, la historia sigue viva, no tanto como relato del pasado sino como herramienta política en el presente.
El monarca español reconoció este lunes durante un encuentro con el embajador de México que el imperio español cometió "mucho abuso" durante la conquista de los pueblos indígenas en el siglo XVI. Sin embargo, también destacó que "nuestro criterio de hoy en día, con nuestros valores, obviamente no pueden hacernos sentirnos orgullosos, pero hay que conocerlos en su justo contexto, no con excesivo presentismo moral, sino con un análisis objetivo y riguroso", algo que genera a día de hoy "controversias morales y éticas"
El gesto del rey no surge de la nada. Es el último episodio de una relación bilateral marcada en los últimos años por tensiones diplomáticas, desencuentros simbólicos y una gran instrumentalización de la memoria histórica.
Un desencuentro que viene de lejos
En 2019, el entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador envió una carta a la Casa Real española solicitando una disculpa formal por los abusos cometidos durante la conquista. España rechazó la petición, defendiendo que no se pueden juzgar hechos del siglo XVI con planteamientos contemporáneas.
Desde entonces, la relación se ha tensado en distintos momentos, provocando una erosión en la relación entre ambos países. Uno de los gestos más sonados fue la decisión de no invitar al rey de España a la toma de posesión de la actual presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, un hecho poco habitual en la tradición diplomática entre ambos países.
De hecho, la propia presidenta mexicana ha definido este martes las palabras del rey Felipe como "un gesto de acercamiento", aunque ha reconocido que "no fue todo lo que hubiéramos querido, en la misma línea que su antecesor, López Obrador, quien demandó en su día el "reconocimiento de excesos, exterminios que hubo durante la llegada de los españoles".
En cualquier caso, estos "rifirrafes" no son meramente protocolarios: reflejan dos formas de entender el pasado. Por un lado, una visión que exige reparación moral y reconocimiento del daño; por otro, una que apuesta por contextualizar los hechos históricos sin trasladar responsabilidades al presente. Realmente, ambos países no están discutiendo realmente qué ocurrió, sino sobre cómo debe recordarse.
La conquista: ni 'leyenda negra' ni relato épico
En cualquier caso, si se quiere realizar un análisis serio sobre la conquista de México se debe escapar de dos trampas: la glorificación épica y la condena simplista.
La llamada "leyenda negra", difundida desde el siglo XVI por rivales del Imperio español -principalmente el británico- construyó una imagen de los conquistadores españoles como figuras exclusivamente brutales, movidas por la codicia y la violencia.
Esa visión, aunque basada en hechos reales, ya que se han notificado numerosas matanzas, abusos, explotación en la época, es cierto que resulta muy incompleta. Pero el extremo opuesto tampoco resiste un análisis riguroso. La conquista no fue una empresa civilizadora idealizada, ni un proceso armónico de encuentro cultural.
Fue, ante todo, un conflicto. Sin ir más lejos, la caída de Tenochtitlán en 1521 implicó destrucción, muerte y el colapso de un orden político complejo. A ello se sumaron las epidemias traídas por los europeos, especialmente la viruela, que provocaron una catástrofe demográfica sin precedentes.
Sin embargo, como señala el historiador John H. Elliott, "la conquista fue un proceso de interacción, no simplemente de imposición", y es que Hernán Cortés no conquistó México con un puñado de hombres, sino que lo hizo gracias a alianzas tejidas con otros grupos indígenas.
Esto se debe a que miles de guerreros tlaxcaltecas, entre otros pueblos sometidos por el Imperio mexica, participaron activamente en la caída de Tenochtitlán. Para ellos, la llegada de los españoles no fue necesariamente el inicio de la opresión, sino una oportunidad para alterar un equilibrio de poder que les perjudicaba y asesinaba. Por ello, es muy necesario comprender que la conquista no fue solo un choque entre españoles e indígenas, sino que se puede concebir también como una guerra civil en la que los europeos actuaron en algunos casos, como punta de lanza.
El nacimiento de un nuevo mundo
Tras la conquista, el territorio pasó a formar parte del Virreinato de Nueva España, una estructura política que duró tres siglos. En ese tiempo, se produjo uno de los fenómenos históricos más trascendentales de la historia: la creación de una sociedad mestiza construida por personas de ambos lados del Atlántico.
España no implantó un sistema colonial de segregación absoluta como harían otras potencias siglos después, como por ejemplo, la británica. Ya que, desde muy temprano se reconoció a los indígenas como súbditos de la Corona -mismo status que los peninsulares-, con derechos legales, aunque en realidad, no es menos cierto que muchas veces vulnerados en la práctica.
Las Leyes de Indias y el debate jurídico impulsado por figuras muy relevantes del momento reflejan una preocupación, -al menos sobre el papel- por el trato a los pueblos originarios. En este sentido, incluso la propia Isabel la Católica había dejado claro que los indígenas no debían ser esclavizados, estableciendo un principio que marcaría la legislación posterior.
Luces y sombras de tres siglos
Durante el periodo virreinal, Nueva España se convirtió en uno de los territorios más importantes del Imperio. Se fundaron universidades, se desarrolló una intensa vida cultural y se establecieron redes comerciales que conectaban América, Europa y Asia.
El mestizaje —biológico y cultural— dio lugar a una identidad nueva, que hoy es uno de los pilares de México. La lengua española, la religión católica y muchas instituciones políticas tienen su origen en ese periodo.
Pero también hubo explotación económica, sistemas como la encomienda, discriminación racial y una jerarquía social inamovible que favorecía a los colonos. Por ejemplo, la riqueza extraída del territorio benefició en gran medida a la metrópoli, mientras que amplios sectores de la población vivían en condiciones precarias.
Como señala la historiadora mexicana Josefina Zoraida Vázquez, "el virreinato fue un sistema complejo: ni un paraíso de convivencia ni un infierno de opresión constante". Es por ello por lo que se trata de un tema extremadamente complejo incapaz de encajar en relatos y narrativas simples.
La memoria como arma política
En el siglo XXI, la conquista de México ha dejado de ser solo un objeto de estudio histórico para convertirse en un símbolo político. En México, ciertos discursos la presentan como el origen de desigualdades que aún persisten. En España, en cambio, predomina una visión que insiste en contextualizar los hechos y subrayar tanto los abusos como las aportaciones.
Las peticiones de disculpa no son nuevas. Forman parte de un debate global sobre la memoria histórica, que afecta también a otros países con pasado colonial. La cuestión de fondo es si los Estados actuales deben asumir responsabilidades morales por acciones de sus antecesores.
¿Cuál podría ser el camino a seguir?
Quizá la clave esté en cómo se entiende el pasado. La conquista de México no fue un episodio simple y con una sola interpretación. Fue un encuentro -a menudo violento- entre mundos distintos, que dio lugar a una realidad nueva, por lo que reducirla a un relato de culpa o de gloria queda muy lejos la exigencia que requiere un análisis tan importante como este.
Quizá porque la cuestión no es tanto si hay que pedir perdón o no, sino qué significa hacerlo. ¿Es un acto simbólico suficiente? ¿Repara realmente algo? ¿O responde más bien a necesidades políticas actuales?
En definitiva, España y México comparten una historia y un pasado que no puede deshacerse, formada gracias a encuentros y desencuentros a lo largo de los siglos. Por todo ello, el desafío para ambos países -y su relación- quizá no esté en resolver el pasado, sino en saber convivir con él y construir una memoria conjunta en la que se explique lo ocurrido desde un punto objetivo y alejado de planteamientos simplistas y eslóganes.
