Pilas subidas de precio, guitarras y 42 whatsapps de golpe: intrahistorias de un apagón aún sin luz un año después
Nadie olvidará el 28 de abril de 2025. El día en el que España y la mayor parte de Portugal se quedaron a oscuras.

Esta vez, el protagonista de la historia somos todos. Tú, que lo lees, y quien esto escribe. Porque hace justo un año, tú, yo, y varias decenas de millones de habitantes ibéricos más nos fuimos a cero. Al 'cero energético' que dejó España y parte de Portugal sin luz durante horas y horas. En el ya excesivamente cargado calendario de 'días históricos', el del 28 de abril de 2025 ocupa un lugar especial por el apagón total.
Fue una escena distópica, mucho más propia de una pantalla que de la realidad que nos toca vivir. Como ocurriera años atrás con la pandemia y el confinamiento, otra vez esa chocante realidad superó la ficción más ingeniosa en forma de caos total. Caos, por cierto, que continúa, con una casi total falta de respuestas de qué paso y quién o quiénes fueron los responsables, aunque se multipliquen las sanciones en los últimos días.
Esas preguntas ya se formulaban apenas minutos después de las fatídicas 12:33 de aquella primaveral jornada de lunes que aspiraba a no ser sino un día más y acabó marcando un hito en la historia de España y alrededores. Llamadas cortadas sin opción de despedida, televisiones a negro, cargadores que no cargaban... Incidencias llamativas que, en algunos casos, se tornaron en problemas críticos, como los que sufrieron tantos pacientes conectadores a respiradores en sus hogares.
Si todos tenemos al menos un relato ese día, quizás los periodistas tengamos más de uno por ser vehículo del sentir de más personas. En medio de una entrevista, el apagón sorprendió a este redactor de El HuffPost y a su compañera Aurora en el Parque del Retiro de Madrid. En cuestión de minutos, los gestos de extrañeza de peatones y conductores se tradujeron en un abismo de prisas y miedos.
Jesús, un obrero que trabajaba en un edificio cercano, recibió pronto la indicación de "echar una mano" para dirigir el tráfico. Sin semáforos operativos, no había agentes suficientes para regular el fluir de vehículos y personas. 'Armado' con una paleta de obra con la indicación "Stop" en una cara y una flecha azul que indicaba "adelante" en la otra, se afanó por evitar más de un choque. Eran las 13:00 y Madrid ya sonaba únicamente a confusión.
En la polifonía de gritos una de las voces pertenecía a Raúl, un taxista que daba por seguro que sería "un día difícil". Su radio dentro del taxi informaba de urgencia, a la espera de una red telefónica que no volvería hasta la noche. Raúl se las vio y se las deseo para salir de la ratonera en la que se había convertido el centro de Madrid. "No me huele nada bien", confesaba este conductor ya veterano, preso de un miedo que compartíamos tantos.
Una hora después —sobre un trayecto de 20 minutos—, el taxi alcanzó destino. Solo faltaba pagar y, por supuesto, el datáfono no iba. Qué buen día para recordar lo ideal de llevar algo de dinero en efectivo. "Me da que hoy me van a poder pagar pocos clientes", asumía, sabedor de que ni cajeros ni tarjetas operaban ya. Con las horas se irían conociendo testimonios de taxistas que optaban por no cobrar a los angustiados clientes.
Los periodistas, como decía, tuvimos muchas historias ese día, pero también la suerte de poder trabajar y gestionar contactos desde las redacciones que sí contaban con generadores y, por ende, con internet. Entre lo informativo y lo humano, muchos colegas sirvieron de elemento de información para los pocos que pudieran leernos y de enlace para gestionar contactos. "¿Qué sabes de mamá?", "el peque sigue en clase", "cuando salgas ve a comprar pilas" fueron algunas de las frases que se escuchaban en la redacción.
Pilas, linternas y radio fueron, no cabe duda, las estrellas de la tarde. Curiosamente, poco después de que la Unión Europea lanzara su kit de supervivencia con estos y otros productos como necesarios para soportar una crisis que parecía lejanísima. Isabel recuerda, un año después, y ya con cierto alivio, cómo se las vio y se las deseó para encontrar un paquete de esas cotizadísimas pilas. No es una manera de hablar, porque hubo comerciantes que optaron por subir el precio en los momentos críticos.
Ya se sabe que las crisis sacan lo mejor, pero también lo peor de las personas.
En su camino a casa, Pilar era un mar de dudas. Su marido llevaba horas tratando de contactar con ella, sin éxito. En el hospital donde trabaja se multiplicaron las urgencias y los cuadros de ansiedad. Para todos un apagón es un trastorno; para algunos puede suponer un problema vital. Pilar, como tantos trabajadores, alargó su turno, consciente de que toda mano podía ser útil. En la sanidad, en el transporte o en la barra de un bar dando comidas frías.
Lejos de puestos se responsabilidad, algunos afortunados se quedaron con 'lo positivo'. La celebración de "la vida sin móvil, que también es posible", como recuerda Rocío. Esta joven fue una de las tantas consumidoras que poblaron las terrazas de Madrid y otras ciudades. Las calles se llenaron de vida, de ruido e incluso de risas, porque siempre hay quien le ve el lado positivo a todo. Por haber, hubo gente que sacó las guitarras (acústicas, por supuesto) a los parques.
Guitarristas a tiempo parcial y clientes de terraza de bar se cruzaban con un pelotón de trabajadores que, sin metro, ni autobús viable, ni opción de reservar un taxi o VTC, optó por volver a casa andando. María cubrió los 12 kilómetros que separaban su oficina de su casa a pie. "Recuerdo que me despedí de los compañeros deseándonos suerte y paciencia. Era raro irse sin saber qué iba a pasar y aún más raro volver a casa sin saber qué ibas a encontrar", rememora ahora.

Pasaron las horas. Europa iba descartando el principal temor, el de un ciberataque a gran escala, mientras la intranquilidad crecía en casas y calles por la extensión de una incidencia que Moncloa tardó en comenzar a explicar. Y cuando lo hizo, claro está, la información apenas alcanzó a una parte de la población, pese al abnegado trabajo de los compañeros de la radio.
Con la noche comenzó a llegar la paz. La recuperación, parcial y lenta, de la red eléctrica desde el norte fue permitiendo la reactivación del servicio de telefonía. De golpe, 42 whatsapps, 6 SMS —porque sí, algunos intentamos esa vía "por si acaso llegaba antes"— y 10 llamadas perdidas.
La normalidad tardaría bastante más en llegar. Para una parte amplia de España, no fue hasta bien entrado el martes. Otros la sentimos algo antes. Al filo de las 2 de la mañana, Weberson, un afanoso conductor de VTC, admitía "que llegar, llegaremos, lo que no sé es cuándo". Sin GPS, ni apenas semáforos operativos por las calles de Madrid, el viaje de vuelta a casa fue otra aventura. Para muchos, la última de un día que jamás olvidaremos.
