Llucia Ramis: "La gentrificación no tiene piedad ni tiene límites; hemos dejado que crezca de una forma absolutamente abominable y nos afecta absolutamente a todos"
Eterna inestabilidad, desahucios silenciosos y deshumanización de la vivienda.
En ciudades tensionadas y territorios especialmente castigados por la presión turística, acceder a un hogar estable se ha vuelto un reto que atraviesa generaciones, salarios y estilos de vida. La vivienda ha dejado de ser un refugio para convertirse en una fuente constante de incertidumbre.
En este contexto, la escritora y periodista mallorquina Llucia Ramis ha puesto palabras a una realidad compartida por miles de personas, también por ella misma. Lo ha hecho en una entrevista concedida a la Cadena SER, donde analiza sin rodeos el impacto de la gentrificación y la crisis de la vivienda.
Un titular que resume una época
"Creo que el titular es que la gentrificación no tiene piedad ni tiene límites", así arranca Ramis su reflexión, añadiendo que este fenómeno ha crecido "de una forma absolutamente abominable" y que "nos afecta absolutamente a todos".
La contundencia de sus palabras no es casual. La autora mallorquina, quien ha vivido durante varias décadas de alquiler en Barcelona, describe la situación actual como una deriva sin freno en la que el mercado ha terminado por imponerse a cualquier lógica social. La vivienda, según critica, ha dejado de ser un derecho para convertirse en un activo financiero (y especulativo) más.
Ramis pone el foco en una consecuencia menos visible pero profundamente arraigada: la inseguridad permanente de quienes viven de alquiler. "Si algo define nuestra situación es la eterna provisionalidad", explica, aludiendo a los contratos temporales que convierten cada hogar en una cuenta atrás.
La inestabilidad como forma de vida
Según la autora, esa sensación de no poder echar raíces tiene efectos que van mucho más allá de lo material. "La imposibilidad de proyectar una vida estable en un barrio, en una ciudad o incluso tu propia isla, porque es un problema muy grave ahora mismo poder vivir en las islas Baleares", subraya Ramis. Una situación generalizada que genera ansiedad y condiciona decisiones vitales. "Yo no podía más de esa inestabilidad", admite, explicando como ella misma, tras más de 20 años de inestabilidad como inquilina, ha terminado optando por una hipoteca casi por agotamiento, no por elección.
Uno de los puntos más incisivos de la entrevista es la comparación entre los desahucios visibles y los "desahucios silenciosos". Ramis describe el hecho de cómo no renovar un contrato o subir el alquiler hasta hacerlo inasumible obliga igualmente a sus inquilinos a abandonar el hogar, aunque no haya imágenes dramáticas que lo acompañen como en un desahucio al uso.
El resultado es el mismo: ruptura con el entorno, pérdida de comunidad y desplazamiento forzado. Pero, al no encajar en la narrativa tradicional de la emergencia, este fenómeno ha quedado muchas veces diluido en la normalidad del mercado.
Ciudades convertidas en lugares de paso
La escritora también alerta de un cambio más profundo: la transformación del tejido urbano. Según explica, las ciudades han dejado de estar pensadas para quienes las habitan y han pasado a orientarse hacia quienes las consumen.
Este proceso, ligado a la turistificación y la especulación, erosiona la identidad de los barrios y debilita los vínculos sociales. "Se deshumaniza" la función de la vivienda, insiste, hasta convertirla en un producto con el que se puede comerciar y que puede encarecerse indefinidamente.
Además, Ramis señala directamente la falta de reacción institucional. A su juicio, durante años se ha minimizado el alcance de la crisis, considerándola un problema acotado a jóvenes o rentas bajas, cuando en realidad se ha extendido a toda la población.
El resultado es un escenario en el que, como resume en su libro Un metro cuadrado, ya no es posible decir con tranquilidad "estoy en casa". Una frase sencilla que, en el contexto actual, se ha convertido en todo un privilegio.