Un estudio de la Universidad de Murcia confirma que hay barrios donde los vecinos de toda la vida tienen un déficit de hasta 20.000 euros anuales respecto a lo que ingresan sus nuevos vecinos
"Hasta 20.000 euros de diferencia entre vecinos del mismo barrio".

La gentrificación ya no es solo una palabra de moda asociada a grandes ciudades como Barcelona o Madrid. También está transformando silenciosamente ciudades intermedias como Murcia, donde la presión del mercado inmobiliario empieza a desbordar la capacidad real de quienes han vivido siempre en sus barrios.
La consecuencia no es inmediata ni siempre visible, pero sí contundente: una brecha económica que puede alcanzar hasta 20.000 euros anuales entre vecinos antiguos y nuevos residentes. Así lo revela un estudio elaborado por la Universidad de Murcia y recogido por el diario La Verdad, que analiza la “asequibilidad residencial” en el municipio con datos actualizados a 2024.
El informe, encargado por el Ayuntamiento, pone cifras a una realidad cada vez más extendida: hay zonas donde el precio de vivir ya no se corresponde con los ingresos de quienes las habitan. Una diferencia que, en la práctica, se traduce en una creciente dificultad para los vecinos de seguir viviendo en su propio entorno.
Barrios tensionados y riesgo de expulsión
El estudio, elaborado por la Cátedra de Agenda Urbana de la Universidad de Murcia, parte de una pregunta clave: ¿Pueden los vecinos pagar el barrio en el que viven? Para responderla, los investigadores comparan dos variables: el valor de mercado de cada zona y la capacidad económica real de quienes la habitan.
El resultado es lo que denominan una "brecha de renta": cuando el precio del barrio crece más rápido que los ingresos de sus vecinos, aparece una zona de tensión. Y ahí es donde surge el problema: familias con ingresos medios se vuelven incapaces de competir con nuevos residentes con mayor poder adquisitivo. Según el estudio, en algunos casos esa diferencia alcanza los 20.000 euros anuales.
Las zonas más afectadas se concentran principalmente en el centro de la ciudad y en áreas de expansión hacia el norte. Barrios como Vistalegre, San Antolín o El Carmen presentan diferencias superiores a los 10.000 euros, mientras que otros puntos alcanzan cifras aún más elevadas.
La consecuencia es clara: "zonas de expulsión silenciosa", donde los vecinos no se van de un día para otro, pero cada vez tienen más dificultades para asumir los costes de su propio barrio.
Lo llamativo es que esta tensión no solo aparece en zonas tradicionalmente acomodadas. También se detecta en barrios más modestos o incluso degradados, lo que evidencia que el fenómeno es más complejo de lo que parece.
No todo es encarecimiento: también hay "zonas de oportunidad"
El estudio también identifica el fenómeno contrario: áreas donde los vecinos tienen más capacidad económica que el valor de mercado del barrio. Son las llamadas “zonas de oportunidad”, muchas de ellas situadas en pedanías o en el sur de la ciudad. En estos casos, el problema no es el precio, sino la falta de inversión: déficits en servicios, transporte o infraestructura que hacen que esos barrios estén infravalorados.
Además, más allá de la división entre zonas tensionadas y de oportunidad, el informe dibuja un mapa urbano fragmentado y desigual, revelando una radiografía que refleja una ciudad cada vez más desigual, donde la ubicación determina en gran medida las oportunidades.
En concreto, el estudio detecta "núcleos de prosperidad" donde renta alta y mercado se refuerzan mutuamente, pero también "agujeros negros" de renta baja y bolsas de vulnerabilidad incluso dentro de áreas acomodadas.
¿Qué soluciones plantea el estudio?
Ante este escenario, los investigadores proponen medidas distintas según el tipo de barrio. En las zonas tensionadas, apuestan por contener los precios, movilizar suelo público y facilitar vivienda asequible para residentes de larga duración.
En las áreas de oportunidad, en cambio, recomiendan invertir en regeneración urbana: mejorar servicios, transporte y espacios públicos para equilibrar el desarrollo.
De momento, el mensaje es nítido: la desigualdad territorial no solo existe, sino que se está intensificando. Y el objetivo final es evitar que el mercado inmobiliario marque por completo el destino de esos barrios donde la vida sigue siendo la misma para muchos, pero donde el precio de quedarse ya no lo es.
