Los psicólogos coinciden: las personas que dependen poco de los demás no tienen por qué ser emocionalmente inaccesibles
Mucha gente que parece distante o fría lo que ha hecho es pasar un periodo de aprendizaje para necesitar poco de los demás como reacción a algo sucedido.

Puede que hayas trabajado a su lado durante dos años al lado de un persona, el tiempo suficiente para notar cómo esquivaba cada pregunta personal con una broma, el tiempo suficiente para verla quedarse hasta tarde ayudando a los nuevos empleados, pero sin mencionar jamás lo abrumada que estaba.
Y eso que parecía indiferencia era, sin embargo, algo completamente distinto: algo construido, ladrillo a ladrillo, a lo largo de años de aprendizaje que la necesidad visible tiene un precio. Es decir, esa persona no es fría necesariamente, como seguramente pensáis sus compañeros de trabajo, sino que ha aprendido a necesitar muy poco de los demás, pero no son emocionalmente inaccesibles; simplemente pasaron por un período en el que necesitar cosas abiertamente les causaba dolor, y se adaptaron en consecuencia, según explican los psicólogos en la publicación VegOut.
Y es que la psicología nos cuenta una historia más compleja que la simple falta de disponibilidad emocional. A menudo se trata de personas que alguna vez tuvieron grandes necesidades, que se entregaron con el corazón abierto, solo para verlas desestimadas, ridiculizadas o ignoradas. Así que se adaptaron. Aprendieron a necesitar menos, no porque quisieran, sino porque la supervivencia lo exigía. Así, la psicóloga Avery White explica que que "las heridas invisibles de crecer con un padre emocionalmente distante moldean los comportamientos adultos de maneras profundas que la mayoría de la gente nunca percibe, hasta que reconoce los patrones agotadores que han estado repitiendo durante toda su vida".
También un artículo de Psychology Today afirma que las personas más independientes suelen ser las más solitarias. Y explica que la indisponibilidad emocional se manifiesta de muchas maneras y puede deberse a factores como traumas pasados, el temperamento o las normas culturales, lo que dificulta la sintonía, el procesamiento, la regulación y la expresión de las emociones.
Pero lo que realmente resulta a veces sorprendente es cómo se manifiesta esto, por ejemplo, en una cena. Estas personas dominan el arte de aparentar estar bien. Rellenan las copas, hacen buenas preguntas, recuerdan el nombre de tu hijo y se marchan sin que nadie se dé cuenta de que ni siquiera se mencionaron a sí mismos.
Otra psicóloga, Isabella Chase, lo resume así: "Aprendieron desde el principio que nombrar la soledad incomoda a los demás y su trabajo siempre ha sido asegurarse de que nadie más tenga que sentir lo que ellos sienten".
Además, uno de los patrones más desgarradores que he observado es cómo estas personas suelen convertirse en las más generosas dadoras de precisamente aquello que les falta. "Aprendieron a dar lo que necesitaban en lugar de pedirlo, y dar resultó ser una forma muy eficaz de mantenerse cerca de la gente sin llegar a estar lo suficientemente cerca como para que les hicieran daño", añade el también psicólogo Jordan Cooper.
