Manuela Navarro, 71 años, vecina de Orcasitas y Cruz de la Orden del Mérito Civil: "Muchos no encienden la calefacción porque no la pueden pagar, pero desde que rehabilitamos los 90 bloques al menos no pasan frío"
Isabel Rodríguez, ministra de Vivienda, le otorgó la Cruz de la Orden del Mérito Civil por su "contribución a crear una sociedad y una democracia mejor".
En Orcasitas, al sur de Madrid, hay hogares donde el invierno se afronta con una decisión tan dura como cotidiana: no encender la calefacción porque no se puede pagar. No es una excepción, sino una realidad compartida por muchas familias. Durante años, el frío se colaba en las viviendas sin aislamiento, agravando una situación ya de por sí precaria. Hoy, aunque la pobreza energética sigue presente, el barrio respira un alivio: al menos, dentro de casa, ya no se pasa frío.
Detrás de ese cambio está Manuela Navarro, de 71 años, vecina de toda la vida y recientemente reconocida con la Cruz de la Orden del Mérito Civil por parte de Isabel Rodríguez, ministra de Vivienda. Su historia, como ella misma cuenta en una entrevista en El País, es la de una lucha persistente nacida de un problema urgente: edificios deteriorados y vecinos expuestos, no sólo al riesgo estructural, sino también a condiciones de vida indignas.
El detonante fue en 2014, cuando una piedra de gran tamaño cayó desde una fachada. Aquello evidenció lo que muchos ya sufrían en silencio: viviendas envejecidas, mal aisladas y peligrosas. Pero el frío era otro enemigo igual de constante. Casas que en invierno apenas retenían el calor, obligando a elegir entre encender la calefacción o llegar a fin de mes.
Navarro decidió actuar. Sin experiencia previa, comenzó a movilizar a sus vecinos y a exigir soluciones. Al principio, con poca respuesta y cierta hostilidad. Pero insistió. Reunión tras reunión, puerta a puerta, hasta convertir una cuestión individual en un movimiento colectivo.
Con el tiempo, lograron poner en marcha un ambicioso plan de rehabilitación. Hoy, 90 de los 107 bloques del barrio han sido renovados. Se ha eliminado el amianto y, sobre todo, se ha mejorado el aislamiento térmico de los edificios, un cambio que ha tenido un impacto directo en la vida diaria.
Porque la diferencia es clara: antes, el frío era inevitable; ahora, aunque muchos siguen sin poder permitirse encender la calefacción, sus casas conservan el calor. "Sin calefacción tengo una temperatura mínima de 19 grados", explica Navarro. Una cifra que, en este contexto, dice mucho más que cualquier dato técnico.
El reconocimiento institucional pone nombre propio a una lucha que, en realidad, ha sido colectiva. Navarro insiste en ello: nada habría sido posible sin sus vecinos. Pero su papel ha sido decisivo para que, en un barrio donde encender la calefacción sigue siendo un lujo para algunos, pasar frío haya dejado de ser una condena.