De la "nueva edad dorada" al "reinicio estratégico": la motosierra de Bezos en el 'Washington Post'
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De la "nueva edad dorada" al "reinicio estratégico": la motosierra de Bezos en el 'Washington Post'

El fundador de Amazon alega deudas para eliminar 300 puestos de trabajo de la histórica cabecera norteamericana, que compró en 2013. Hubo un tiempo en el que perder cien millones al año no le importaba. Pero ahora estamos en la era Trump.

Una mujer sostiene un ejemplar de 'The Washington Post' en una protesta a las puertas de su redacción tras el anuncio de despidos generalizados, el 5 de febrero de 2026.Ken Cedeno / Reuters

"Mi función principal fue respaldar a jefes y reporteros, creer en ellos". Katharine Graham, la mítica editora de The Washington Post, relata en su imprescindible Una historia personal lo durísimo que es poseer un periódico, sacarlo cada día adelante y mantenerlo a flote política y económicamente. Pese a todo, resumía su tarea hercúlea en una frase, porque sabía que su personal era la respuesta a todos sus problemas. 

La mujer que, soportando incalculables presiones, avaló a su gente en pleno caso Watergate, hoy se llevaría las manos a la cabeza al ver cómo el actual dueño de la cabecera, Jeff Bezos, la está descuartizando. El pasado 4 de febrero, se anunció que van a la calle 300 de sus 800 empleados actuales, una masacre que se traduce en el cierre de la sección de Libros y la de Deportes (se contará "sólo como fenómeno cultural o social"), además del podcast de referencia de la casa, Post Reports

También se cercena Internacional, un buque insignia, que pasará de tener oficina en 20 ubicaciones a sólo 12, lo que supone eliminar las delegaciones de Oriente Medio y Ucrania -ha habido reporteros que estaban desplegados con las tropas locales cuando han recibido su despido-, y en Local, otro pilar histórico de sus informaciones, pasan de 40 redactores a una docena. Todo forma parte de un "amplio reinicio estratégico" -como lo han llamado en un eufemismo que copiaría hasta Vladimir Putin-, comunicado en una videoconferencia de 12 minutos por Zoom, pasadas las ocho de la mañana de un día nevado. 

The Post Guild, el histórico sindicato de periodistas de la cabecera y encargado de dar los datos reales de despidos ante el ominoso silencio de la empresa, desvela que la plantilla ya se había recordtado notablemente, en 400 personas, en los últimos tres años. En 2023, la compañía de casi 2.500 empleados (había 980 periodistas en la redacción entonces) sufrió unas 240 bajas incentivadas en los meses anteriores. Otra parte se acogió a otro proceso de bajas incentivadas anunciado en mayo de 2025.

Bezos está incumpliendo su palabra. Cuando compró el periódico, en 2013, prometió devolverlo a una "nueva edad dorada" y garantizó inversiones para mejorarlo porque tenía claro que adelgazar los medios era "una estrategia de supervivencia, pero que, en el mejor de los casos conduce a la irrelevancia, y en el peor, a la extinción". Tuvo como notario de sus palabras a Bob Woodward, quien firmó las informaciones, junto a Carl Berstein, que llevaron a la dimisión del presidente Richard Nixon. Ahora se ha olvidado. 

La fortuna de Bezos, estimada entre los 233.000 y 259.000 millones de dólares, se ve que no le da para cubrir los agujeros del diario y, aludiendo a razones estrictamente económicas, para salvarlo del colapso, acude a la motosierra. El problema es que la excusa no termina de casar, por muy entendible que sea que un empresario quiera ganar más y más dinero: a cien millones de pérdidas anuales, que es lo que ha registrado el Post en el último año, "tendría más de dos milenios antes de tener que apagar las luces", como le ha recordado Ruth Marcus, un mito con 41 años de experiencia en la cabecera. Lo ha hecho en un artículo en la revista The New Yorker, que hace que todo encaje. 

Marcus se fue el año pasado no por los recortes económicos, que ya estaban en marcha, sino por los editoriales. Y esa es la conclusión de su texto: que el dinero influye, claro, y todos estos broligarcas son insaciables, pero que el cambio en el diario coincide, también, con un acercamiento preocupante de Bezos a Donald Trump, por acción o por omisión. En esta nueva fase, el Post como siempre ha sido, neoliberar pero tremendamente independiente, ya no gusta. 

El dueño del 'Washington Post', Jeff Bezos, asiste a la fiesta de los Óscar de Vanity Fair 2025, en el Centro de Artes Escénicas Wallis Annenberg el 2 de marzo de 2025, en Beverly Hills.Axelle / Bauer-Griffin / FilmMagic vía Getty

"La democracia muere en la oscuridad"

La importancia del Post supera con creces los límites de EEUU. Por eso, sus males preocupan porque revelan el mal estado del periodismo y, por extensión, del estado de derecho. "Democracy Dies in Darkness", la democracia muere en la oscuridad, dice su lema. No es grandilocuencia; es verdad. 

El diario, como cuenta EFE, se publicó por primera vez el 6 de diciembre de 1877 con una edición de cuatro páginas que costaba tres centavos, ha evolucionado de periódico familiar local a institución nacional y símbolo de la libertad de expresión, no sólo en EEUU. En sus inicios estuvo más vinculado al Partido Demócrata: suele aún apoyar a sus candidatos en las elecciones legislativas, estatales y locales (una práctica habitual en el país, pero muy extraña en Europa), aunque ocasionalmente ha respaldado a candidatos republicanos.

Tras varias décadas de dificultades financieras, el financiero Eugene Meyer lo compró en una subasta por bancarrota en 1933, por 825.000 dólares. Bajo su mando y el de su yerno, Philip Graham, el diario absorbió a su competidor, el Washington Times-Herald, en 1954 y adquirió la revista Newsweek en 1961, además. La época dorada del diario llegó al mano de Katharine Graham, quien a la muerte de su esposo, dos años después, asumió el control. 

Bajo su liderazgo y la dirección editorial de otro mito del periodismo planetario, Ben Bradlee, el diario alcanzó primero fama mundial por la publicación de los llamados Papeles del Pentágono, en 1971, unos documentos que desafiaron al Gobierno al publicar información secreta sobre la Guerra de Vietnam. 

Su coronación llegó en los tres años siguientes, con el Watergate, paradigma de lo que hoy representa, las escuchas al Partido Demócrata que derivaron en el terremoto político que acabó con la presidencia del republicano Nixon. Fue entre 1972 y 1974.  Aquello empezó como una simple noticia local, sí, esa sección que casi ha borrado Bezos ahora. 

Bob Woodward y Carl Bernstein, en la redacción del 'Washington Post', durante la investigación del Watergate. Bettmann via Getty Images

En 2013, el rotativo también fue pionero en exponer el caso Snowden: a través de documentos filtrados por el exanalista de la NSA Edward Snowden, quedó a la vista una red masiva de vigilancia digital por parte de EEUU, afectando a ciudadanos, empresas y líderes mundiales. Snowden, excontratista de la CIA, reveló que la agencia accedía a comunicaciones privadas con la colaboración de grandes tecnológicas, provocando un debate global sobre la privacidad y la seguridad nacional. EEUU lo acusó de espionaje. 

En octubre de ese mismo año, llegó el millonario Bezos a comprar el periódico por 250 millones de dólares, terminando con 80 años de propiedad de la familia Graham. Fue un golpe duro, pero que se entendió con un doble propósito: reflotar el medio que estaba en horas bajas tras la crisis económica global del 2008 al 2012 e impulsarlo con una transformación tecnológica profunda. Bezos despertó esperanzas al lanzar ese lema de "Democracy Dies in Darkness" en 2017 y expandiendo la audiencia digital a nivel global. Pero el sueño se ha roto.

A la oleada de despidos en la plantilla se ha sumado la dimisión, por vergüenza, del editor y consejero delegado del Post, Will Lewis, tras dos años al frente del diario. El veterano británico se encontró a su llegada con una mala situación financiera, una pérdida de audiencia y suscriptores. Según The Wall Street Journal, entró en números rojos en 2022 y perdió 77 millones de dólares en 2023. Las pérdidas crecieron hasta los 100 millones en 2024, el año del que se tienen datos más recientes. 

No son sólo los dólares

Publicaciones como la de Ruth Marcus y de otros antiguos empleados del Post insisten en hacer una lectura de estos despidos que van más allá de los números. Hay fondo, hay intención, dicen. 

Ya el año pasado, el empresario dio orden de reducir los artículos de opinión a sólo dos materias: "libertades personales" y libre mercado". Asuntos muy en la línea de Donald Trump y que impedían que surgieran debates sociales, de la sanidad universal a los derechos de las minorías, de la inmigración a la sexualidad. "Lo salvaremos de nuevo", afirmaba Bezos refiriéndose a su compra y su primera inyección de dinero, justificándolo todo. "Soy un padre cariñoso", se vanagloriaba. La plantilla, en cambio, empezó a denunciar "intentos inquietantes" de congraciarse con el republicano. 

Tom Jackman, reportero en la sección local durante 27 años, que describe lo que se está viviendo estos días como "desgarrador", se duele del cambio. "Creíamos que Bezos nos respaldaba. Dijo que lo hacía. Necesitamos hacer periodismo", indica a la Agencia EFE en mitad de una de las protestas de estos días ante la redacción. Quizá la clave está en lo que dice Marcus, en que "ni conocía ni amaba" el oficio en el que estaba desembarcando, un negocio como otros pero, también, un negocio como ningún otro. 

"No sé quién es esta persona", dice a la New Yorker otra veterana de enorme peso, Sally Quinn, colaboradora y esposa del director del Watergate, Bradlee. "Era inteligente, divertido, amable y con interés. Era alegre. Era una persona íntegra y concienzuda. Hablaba en serio cuando dijo que comprar el Post era una responsabilidad sagrada". Todo en pasado. Hoy es el hombre que acude a desfiles de moda con su esposa, Lauren Sánchez, y no da la cara sobre los 300 despedidos. "Arréglalo, constrúyelo, escálalo", la frase con la que trataba de animar a sus recién comprados empleados es papel mojado. 

Vista del edificio de 'The Washington Post' en la capital estadounidense, el 5 de febrero de 2026, antes de una protesta por su supervivencia.Ken Cedeno / Reuters

Los ejemplos

Volvamos a los intentos de acercamiento a Trump, esa "política de apaciguamiento" detectada en los últimos tiempos y que los profesionales vinculan, cuentas aparte, con el tijeretazo. Ha habido demasiados ejemplos que causan sospecha y el primero de ellos es el más sólido de todos: el diario se negó a publicar un texto de apoyo explícito a la candidata demócrata a las elecciones de 2024, Kamala Harris, que tomaba el testigo a Joe Biden en su pelea contra Trump. 

El llamado endorsement es un editorial que desde 1976 aparecía en las páginas de la cabecera norteamericana semanas antes de los comicios para mostrar su respaldo a uno de los dos candidatos, apenas con una excepción, en 1988. Cuando ya todos los empleados la esperaban, fue suprimida, lo que se interpretó como miedo por parte del dueño a las represalias de Trump, a quien todas las encuestas daban como ganador. 

"La decisión de no publicar el respaldo presidencial ahuyentó a cientos de miles de lectores leales", no menos de 250.000, explica estos días Martin Baron, director del diario 2013 y 2021, "Muchos más cancelaron sus suscripciones debido a los cambios en las páginas de opinión", añade. 

Baron habla de una "orden cobarde", sin cortarse. Y entiende que eso está en la raíz del mazazo que ahora contramos. La industria periodística se encuentra en "un período de cambios vertiginosos", asume, pero los problemas del Post "se agravaron infinitamente por decisiones desacertadas que vinieron desde la cúpula". "Los lectores leales, furiosos al ver al dueño Jeff Bezos traicionar los valores que se suponía debía defender, huyeron del Post. En realidad, fueron expulsados por cientos de miles", insiste. 

Es demoledor, con sus 11 Premios Pulitzer a sus espaldas, cuando dice: "Los repugnantes esfuerzos de Bezos por congraciarse con el presidente Trump han dejado una mancha especialmente desagradable. Este es un caso práctico de destrucción de marca casi instantánea y autoinfligida".

"Los repugnantes esfuerzos de Bezos por congraciarse con Trump han dejado una mancha especialmente desagradable. Este es un caso práctico de destrucción de marca casi instantánea y autoinfligida"

No es sólo el apoyo o no apoyo a Harris. Es que ahora hay editoriales del Post que aplauden las reformas en la Casa Blanca para que Trump levante un salón de baile tan grande como el que tiene en su residencia privada de Mar-a-Lago, o sostienen que el cambio de nombre del Departamento de Defensa por el de Guerra es positivo, pasando del "eufemismo gubernamental". 

Tampoco ha abierto la boca Bezos cuando el pasado enero el FBI allanó la casa de una de sus reporteras, Hannah Natanson, como parte de una investigación sobre un contratista acusado de retener ilegalmente documentos oficiales clasificados. Se entendió como una extralimitación y un toque de atención, que atentaba contra el derecho de prensa. Frente a ese silencio, la apuesta de su Amazon por Melania, el documental sobre la esposa de Trump y primera dama de EEUU, que tampoco es que esté siendo un éxito. Amazon ha desembolsado 75 millones de dólares, 40 por la adquisición de los derechos y 35, en marketing. 

La estrecha relación de Bezos con la Administración Trump ha sido criticada como un problema ético, además, porque hay importantes y abundantes contratos de Amazon con el Gobierno federal, en particular para computación en la nube. Su empresa espacial privada, Blue Origin, también se beneficiará de los contratos federales.

El presidente de EEUU, Donald Trump, con Satya Nadella, director ejecutivo de Microsoft, y Jeff Bezos, director ejecutivo de Amazon, el 19 de junio de 2017, en una reunión en la Casa Blanca.Jabin Botsford / The Washington Post via Getty Images

Aún así, los profesionales del diario insisten en que han logrado mantener la raya sus informaciones sobre política nacional, más allá de esas incursiones de arriba. Su credibilidad aún está fuera de dudas, pero nadie sabe por cuánto tiempo. "Los periodistas del Post que conozco han demostrado una genuina disposición, incluso entusiasmo, por evolucionar, un espíritu de creatividad e innovación en un momento de transformación en los medios. Pero sus ejecutivos parecen no saber adónde dirigirlo. Entre los muchos fracasos -de liderazgo, gestión, negocios, imaginación y valentía-, el periodismo en sí se mantiene firme", dice con enorme cariño Ashley Parker en The Atlantic. Por eso insiste en el drama: "Estamos presenciando un asesinato".

"Tras ganar las elecciones de 2024, Donald Trump prometió ser un dictador 'desde el primer día'. En términos de libertad de información, ha cumplido su palabra y ha recrudecido la guerra contra la prensa que inició ya desde su primera campaña presidencial, infligiendo graves ataques al acceso a información fiable en todo el mundo", avisa la ONG Reporteros Sin Fronteras (RSF). La presión es gigante. 

Marcus enumera otros serios problemas internos, más allá del abrazo a Trump y la pérdida de línea editorial,  que arrastran de lejos. Desde la creación de una especie de "tercera redacción" más acorde con la dirección a datos ocultos al comité de empresa sobre los negocios de la casa, pasando por el abandono de firmas clave, escandalizadas por lo que se cocía en los despachos. "No tiene idea del daño que sufrirá su reputación en la historia si se le ve como el hombre que destruyó la institución que Katharine Graham y Ben Bradlee construyeron", denuncia Robert Kaiser, que fue editor asociado y uno de los corresponsales más representativos de la casa. 

Los profesionales restantes encajan ahora el día a día, con las pocas fuerzas del supervivente, con las dudas del porvenir y con la certeza de que hay una crisis global que no les beneficia pero, también, un dueño que es otro, con otros intereses y otras urgencias. No hay rumores de venta, pero sí, quizá, de transformación en una organización sin fines de lucro y, por tanto, mucha menos pegada. Una cosa es reinventarse y otra, perderse. 

"La prensa debe servir a los gobernados, no a los gobernantes", decía también la añorada Graham. Un recordatorio más necesario que nunca en un país que pone en tela de juicio hasta sus principios fundacionales

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Soy redactora centrada en Global y trato de contar el mundo de forma didáctica y crítica, con especial atención a los conflictos armados y las violaciones de derechos humanos.

 

Sobre qué temas escribo

Mi labor es diversa, como diverso es el planeta, así que salto de Oriente Medio a Estados Unidos, pero siempre con el mismo interés: tratar de entender quién y cómo manda en el siglo XXI y cómo afectan sus decisiones a la ciudadanía. Nunca hemos tenido tantos recursos, nunca hemos tenido tanto conocimiento, pero no llegan ni las reformas ni la convivencia prometidas. Las injusticias siempre hay que denunciarlas y para eso le damos a la tecla.

 

También tengo un especial empeño en la actualidad europea, que es la que nos condiciona el día a día, y trato de acercar sus novedades desde Bruselas. En esta ciudad y en este momento, la defensa es otra de las materias que más me ocupan y preocupan.

 

Mi trayectoria

Nací en Albacete en 1980 pero mis raíces son sevillanas. Estudié Periodismo en la Universidad de Sevilla, donde también me hice especialista en Comunicación Institucional y Defensa. Trabajé nueve años en El Correo de Andalucía escribiendo de política regional y salté al gabinete de la Secretaría de Estado de Defensa, en Madrid. En 2010 me marché como freelance (autónoma) a Jerusalén, donde fui corresponsal durante cinco años, trabajando para medios como la Cadena SER, El País o Canal Sur TV.

 

En 2015 me incorporé al Huff, pasando por las secciones de Fin de Semana y Hard News, siempre centrada en la información internacional, pero con brochazos de memoria histórica o crisis climática. El motor siempre es el mismo y lo resumió Martha Gellhorn, maestra de corresponsales: "Tiro piedras sobre un estanque. No sé qué efecto producen, pero al menos yo tiro piedras". Es lo que nos queda cuando nuestras armas son el ordenador y las palabras: contarlo. 

 

Sí, soy un poco intensa con el oficio periodístico y me preocupan sus condiciones, por eso he formado parte durante unos años de la junta directiva de la ONG Reporteros Sin Fronteras (RSF) España. Como también adoro la fotografía, escribí  'El viaje andaluz de Robert Capa'. Tuve el honor de recibir el XXIII Premio de la Comunicación Asociación de la Prensa de Sevilla por mi trabajo en Israel y Palestina y una mención especial en los Andalucía de Periodismo de la Junta de Andalucía (2007). He sido jurado del IV Premio Internacional de Periodismo ‘Manuel Chaves Nogales’.

 

 


 

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