Un alga que crece sin tierra de cultivo ni agua dulce y que es ignífuga: la materia prima con la que Europa quiere reducir su dependencia de los plásticos fósiles
Una biomasa marina que podría mejorar la resistencia al fuego de determinados materiales.

Antes de pensar en bosques o cultivos cuando se habla de materiales sostenibles, quizá haya que cambiar la vista hacia el mar. Allí crece un recurso casi desconocido para el gran público que no necesita tierra fértil ni agua dulce y que podría convertirse en una de las grandes alternativas a los plásticos de origen fósil. Europa ya ha puesto el foco en su potencial y cada vez son más los proyectos que buscan llevar sus aplicaciones del laboratorio a la industria.
Se trata del alga azucarera (Saccharina latissima), una especie que se cultiva en las frías aguas del norte de Europa y que reúne características poco habituales en una misma materia prima. Su composición permite desarrollar bioplásticos, fibras textiles, recubrimientos y materiales para la construcción. Además, destaca porque para crecer no necesita riego, fertilizantes o pesticidas, ni tampoco ocupar tierras agrícolas.
Según recoge Axfoundation, uno de los aspectos que más interés está despertando es su capacidad para dar lugar a materiales con propiedades ignífugas naturales, un valor añadido que ha despertado el interés de la industria europea. Los primeros ensayos apuntan a que los minerales presentes en esta biomasa marina podrían mejorar la resistencia al fuego de determinados materiales, una característica especialmente relevante para aplicaciones en la construcción y el diseño de interiores.
Una posible producción a gran escala
A diferencia de otros cultivos, esta macroalga se desarrolla suspendida en cuerdas en el océano y, durante su crecimiento, absorbe dióxido de carbono, nitrógeno y fósforo, contribuyendo a mejorar la calidad del agua. Aunque lo verdaderamente valioso está en su composición, ya que contiene alginato, celulosa, proteínas y minerales que permiten fabricar películas flexibles, fibras textiles, biocompuestos y recubrimientos con aplicaciones en sectores como la construcción, la automoción o la moda.
Pese a su enorme potencial, el camino para convertir esta alga en una materia prima de uso habitual aún presenta obstáculos. Al estar formada en gran parte por agua, su conservación y procesamiento resultan complejos, y su calidad puede variar en función de la época del año o de las condiciones de cultivo. Además, para que llegue a la industria a gran escala será necesario garantizar un suministro constante y desarrollar toda una cadena de producción capaz de responder a la creciente demanda.
Un reto en el que Europa ya trabaja con el objetivo de impulsar la llamada bioeconomía azul y reducir la dependencia de las importaciones asiáticas, que hoy lideran el cultivo mundial de algas. Por ello, iniciativas como Seaweed Materials Initiative trabajan en desarrollar una cadena de valor completa que conecte a cultivadores, investigadores, empresas e inversores, con el objetivo de garantizar una producción estable y facilitar la llegada de estos nuevos materiales al mercado.
De momento, las previsiones son optimistas. La Coalición Seaweed for Europe estima que el mercado europeo de las algas podría alcanzar un valor cercano a los 9.000 millones de euros antes de 2030 y generar hasta 115.000 empleos, consolidando la bioeconomía azul como uno de los pilares de la transición hacia materiales más sostenibles y con menor dependencia de los combustibles fósiles.
