Sarissa, 30 años, arrastra 44.000 euros de deuda desde que pidió su primer microcrédito a los 18: "La vergüenza es absurda, no estamos solos"
“Era demasiado joven y no tenía ni idea de cómo administrar el dinero”, asegura.

A los 18 años, cuando la mayoría apenas empieza a entender cómo funciona el dinero, Sarissa Minkkinen ya había entrado en una dinámica que no supo frenar. Lo que comenzó como pequeños préstamos para salir del paso se convirtió, con los años, en una deuda que hoy supera los 44.000 euros y condiciona su vida diaria. Hoy, su vida transcurre entre presupuestos estrictos y el intento diario de romper un ciclo que empezó demasiado pronto.
Sarissa tiene 30 años, una familia estable y dos hijos pequeños, pero también carga con una mochila financiera difícil de desprender. Todo empezó en 2014, cuando empezó a recurrir a microcréditos para cubrir gastos cotidianos y planes de fin de semana. Sin experiencia financiera y rodeada de un entorno que normalizaba el consumo a crédito, pronto encadenó préstamos para pagar otros préstamos, entrando en una espiral que en pocos meses ya era difícil de controlar.
Recién independizada y estudiando en el extranjero gracias a una beca, Sarissa se encontró de golpe gestionando por primera vez su propio dinero, sin herramientas ni experiencia para hacerlo. “Era demasiado joven y no tenía ni idea de cómo administrar el dinero”, asegura Sarissa en declaraciones recogidas por Ilta-Sanomat. A partir de ahí, los préstamos rápidos se convirtieron en una solución habitual hasta llegar a la situación actual.

“Todo está a nombre de mi pareja”
En pocos meses, la deuda creció hasta volverse inasumible. A los préstamos rápidos se sumaron compras a plazos, tarjetas de crédito y gastos básicos financiados a crédito. “Me sentí terriblemente avergonzada. Mis padres siempre nos habían dicho a mis hermanos y a mí que, sin importar lo que hiciéramos, cuidáramos bien nuestras finanzas”, cuenta al confesar que tuvo que dejar que deudas de alrededor de 10.000 euros fueran a ejecución hipotecaria.
A los 20 años, Sarissa decidió que su vida tenía que cambiar, por lo que se mudó a otra ciudad para estudiar y se distanció de su anterior circulo social. A partir de entonces, periodos de empleo fijo se alternaron con desempleo y cuidados familiares, mientras los intereses y nuevas obligaciones seguían acumulándose, hasta llegar a los 44.000 euros. Ahora Sarissa lleva una vida normal con su esposo e hijos en Laukaa.
“Todo está a nombre de mi pareja”, reconoce, al explicar cómo su historial financiero condiciona decisiones familiares. La mujer asegura que le daba vergüenza no haber podido comprarles cochecitos caros ni ropa de marca a sus hijos. “Ya no me considero mala persona, sino que mi situación es el resultado de una serie de desafortunadas coincidencias”, confiesa y admite que, pese a todo, sigue intentando reconciliar esa sensación de culpa con la realidad de su situación actual.
Hoy, Sarissa trata de reconstruir su estabilidad con una reorganización financiera en marcha y una disciplina estricta en el gasto. “La vergüenza es absurda, porque actualmente hay un número récord de personas en Finlandia que se enfrentan a la ejecución hipotecaria. No estamos solos”, reflexiona, convencida de que hablar del problema es también una forma de empezar a resolverlo.
