INTERNACIONAL
08/12/2016 18:37 CET | Actualizado 08/12/2016 18:37 CET

Noruega demuestra que tratar a los presos como seres humanos funciona

BASTOY ISLAND (NORUEGA) ― “¿Va a la cárcel?”, pregunté a los dos marineros de cubierta cuando el tren me llevó hasta el ferry.

“Sí”, dijo uno de ellos, frotándose las manos para entrar en calor. Me miró de arriba abajo con arrogantes ojos azules. “Pero lo siento, sólo es para hombres”, rió. “Venga, venga, está usted en el lugar adecuado”.

Un ferry se dirige a la cárcel de Bastoy el 11 de abril de 2011.| MARCO DI LAURO VIA GETTY IMAGES

Miré a lo alto del mástil y me di cuenta de que estaba coronado por un cisne disecado.

“Nos lo encontramos congelado hace años en un bloque de hielo”, dijo el otro marinero, de cara amable y arrugada y ataviado con un gorro negro.

“Da un poco de grima”, dije.

“¿Usted cree? Es nuestra mascota. ¿Le dan miedo los delincuentes?”, me preguntó de repente. Antes de que me diera tiempo a contestar, replicó: “Nosotros somos delincuentes”. Me miró a los ojos y se echaron a reír. ¿Se estaba quedando conmigo?

“En serio, lo somos. Delincuentes. ¿Tiene miedo?”.

“¿Por qué iba a tenerlo?”, respondí con desdén. Seguía sin saber si estaba bromeando.

“Me llamo Wiggo”, dijo, y me ofreció la mano a modo de saludo. Resulta que sí era un preso que estaba cumpliendo una condena de 21 años, la máxima en Noruega, pero probablemente saldría al año siguiente.

Cato, el otro trabajador, estaba cumpliendo un año y medio por intento de delito, aunque insistía en su inocencia. Wiggo y él me llevaron a un vestíbulo para enseñarme el horario colgado en la pared.

“Trabajamos en un turno desde las 6 hasta el mediodía”, explicó Cato. “Luego volvemos a la cárcel, nos relajamos y hacemos ejercicio. ¿Quiere conocer al capitán? Él no es uno de los presos. De hecho, el único que no lo es en este barco”.

Arriba, el robusto capitán me estrechó la mano.

“¿Está hablando con estos criminales?”, preguntó con una sonrisa. Me hacía gracia ese juego de la idea de los temibles criminales. Claramente, no había nada que temer y todo el mundo parecía saberlo.

Es un borrado total de las fronteras entre el ‘nosotros’ y el ‘ellos’.

Con el navegar del barco, me puse a espiar Bastoy, un conjunto de pinos larguiruchos en un mar grisáceo que se extiende hacia un cielo gris. Dentro de la pequeña zona de asientos del barco, Cato se sentó a mi lado, encendió la tele y puso History Channel.

“¿Tiene Facebook?”, me preguntó.

“¿Puede entrar a Facebook? ¿Y a internet?”, me sorprendí.

“Ahí no”, contestó señalando hacia los pinos. “Pero sí podemos cuando estamos de permiso en casa”. Le anoté mi nombre en un trozo de papel. Por primera vez desde mi llegada, apareció una delgada línea de cielo azul sobre nuestras cabezas.

Un preso conduce un coche de caballo en la prisión de Bastoy el 11 de abril de 2011.| MARCO DI LAURO VIA GETTY IMAGES

“Dicen que Bastoy es un campamento de verano”, me explicó Wiggo cuando salí de la cabina para desembarcar. Parecía que casi me estaba echando una reprimenda. “Quizá usted también lo piense. Pero no, es una cárcel. Se lo digo yo. Nuestra vida está parada. Congelada”.

Señalé al cisne. “Como vuestra mascota. Congelada. Aunque sea en una bella isla”.

Wiggo asintió con empatía.

“¡De vuelta al continente!”, gritó a Cato, listo para otra ronda. Pensé que eran como Carontes de hoy en día. Conduciendo a las almas por el río hacia el inframundo.

Aunque también es verdad que no parecía el inframundo. Wiggo tenía razón; parecía más bien un campamento de verano. Las hojas moteadas caían sobre los ciclistas —sí, presos ciclistas— y sobre un carro de caballos que cabalgaba a medio galope. Las casitas de galleta diseminadas por el paisaje eran de un amarillo pálido, con el friso verde y el tejado rojo. Vi pastar a las vacas y ovejas sin vallas ni alambradas.

“Es muy sencillo: trata a la gente como basura y serán basura. Trátalos como seres humanos y actuarán como seres humanos”. — Tom, director de la cárcel abierta de Bastoy

Bastoy es una cárcel abierta, un concepto nacido en Finlandia en los años 30 y ahora forma parte del sistema en toda Escandinavia, donde los presos a veces pueden mantener su empleo fuera mientras cumplen su condena, usando el transporte público a diario. El 30% de las cárceles noruegas son abiertas y Bastoy, un conocido reformatorio masculino reconvertido en prisión en 1982, se considera la joya de la corona de todas ellas.

Edven, de 38 años, y condenado a más de tres años por un delito relacionado con el narcotráfico, en la cocina de su casita de madera en la cárcel de Bastoy el 11 de abril de 2011.| MARCO DI LAURO VIA GETTY IMAGES

Una pequeña furgoneta amarilla conducida por un trabajador sonriente me lleva a una cabina donde me registran el teléfono, lo primero que hace pensar que se trata de una “cárcel”. Tom, el director —no carcelero ni superintendente, sino director—, me recuerda a Kevin Costner. Me ofrece una taza de café y nos sentamos en su despacho que, con sus cortinas florales, sus plantas de aloe y el ligero olor a incienso me hace pensar que podríamos estar en cualquier hostal pintoresco de Nueva Inglaterra.

“No funciona. Sólo lo hacemos porque somos vagos”, dice Tom con un tono plano. Se refiere al sistema tradicional de prisiones, donde él estuvo trabajando durante 22 años antes de empezar a dirigir esta cárcel abierta. Una mosca zumba de forma ruidosa por la ventana.

“Al principio me mostré escéptico. Pero eso cambió rápido. Hay más prisiones que deberían ser abiertas; casi todas deberían serlo. Aquí hacemos todas las que podemos, pero no hay sitio para todo el mundo”. Los presos del país pueden solicitar que los pasen a una cárcel abierta como la de Bastoy cuando les queden tres años para salir. La isla acoge a unos 115 hombres vigilados por más de 70 trabajadores, y hay una lista de espera de unos 30.

“Existe la percepción de que: ‘Ah, esta es esa cárcel ligera… cogéis a los tipos buenos para esta cárcel-campamento’. Pero lo cierto es que no. Nuestros hombres están (y perdón por la expresión) en la mierda. Drogas y violencia. La verdad es que algunos han sido problemáticos en otras cárceles, pero entonces vienen aquí y se calman. Decimos: ‘¿Es el mismo tío al que llamabais difícil?’. Es muy sencillo: trata a la gente como basura y serán basura. Trátalos como seres humanos y actuarán como seres humanos”.

Tom abre la ventana y deja salir a la mosca. “Venga, vamos a dar una vuelta”.

“Somos humanos, ecológicos. Los animales también tienen una función social, enseñando lo que es la empatía. Aquí todo el mundo trabaja la tierra”. — Tom, director de la cárcel abierta de Bastoy

Paseamos por el bosque, vimos caballos pastando, una zona de criadero para aves, un invernadero y una barbacoa en la que los hombres pueden cocinar. Los presos viven en casas compartidas que parecen cabañas de madera. El delicioso olor a leña quemada flota por el aire y viene a la mente la isla sudafricana Robben Island, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Bastoy es justo lo opuesto a su doble: no un gemelo malo, sino la versión humana de esta isla-prisión.

“No se trata de dirigir una cárcel, sino una isla”, señala Tom. “La agricultura es una parte importante de nuestra filosofía. Somos humanos, ecológicos. Los animales también tienen una función social, enseñando lo que es la empatía. Aquí todo el mundo trabaja la tierra”.

Es una reserva natural, que cultiva el 25% de sus alimentos. La mayoría de los vehículos son eléctricos y todo se recicla.

“¿Usted vive en la isla?”, le pregunto.

“Vengo en barco todos los días. Me encanta. No tengo que conducir entre el tráfico de Oslo. Antes no sabía nada de esto. Era un chico de ciudad. Ahora mi vida es mucho más tranquila gracias a este lugar, a este estilo de vida. Más o menos como los presos”, apunta.

Un preso, condenado a 16 años y medio por asesinato y delitos de narcotráfico, toma el sol frente a la casita de madera donde vive en la cárcel de Bastoy, el 11 de abril de 2011.| MARCO DI LAURO VIA GETTY IMAGES

Tom me mostró una iglesia de madera ornamentada con un candelabro de brazos. “Noruega es un país laico, así que esto es más bien un espacio cultural; el capellán parece más un psicólogo que un sacerdote a la antigua usanza”, argumenta. También me llevó a un reluciente supermercado, que vende chocolate y zumo de aloe vera. Hay cabinas rojas de uso ilimitado, aunque Tom piensa que los móviles e internet deberían estar permitidos en todas las cárceles.

“¿De qué tenemos miedo? No se puede matar a nadie por internet o por teléfono”, murmulla.

Le pregunto sobre el estigma y la reinserción en la sociedad.

“En Noruega, cuando eres libre, eres libre”, replica. “No hay mucho estigma. Un hombre que conozco pasó 18 años en prisión y ahora vive en mi barrio. Es un hombre normal. A nadie le importa. Esto pasa muchas veces. Tengo muchos amigos que han estado en la cárcel. Los noruegos saben perdonar”. Hace una pausa. “Es raro, porque no siempre hemos sido así”.

Las antiguas cabinas telefónicas son parte del legado de la isla y los presos las utilizan para llamar al exterior.| MARCO DI LAURO VIA GETTY IMAGES

Se puede considerar un eufemismo. Esta es la tierra de los Vikingos y de las sagas nórdicas, representadas en los zócalos de madera del Ayuntamiento de Oslo, que había visitado el otro día. Las sagas son largos cuentos de violencia, asesinatos, celos y venganza, y resulta fascinante pensar que en algún lugar del profundo pasado noruego, cambió la corriente social y triunfó una cultura de paz y perdón.

Durante la comida Tom sigue sorprendiéndome. Explicó que, aunque el partido “conservador” de allí sería considerado liberal en cualquier otro lugar y, en general, la izquierda y la derecha están de acuerdo en los principales hilos de la política correccional, la llegada de inmigrantes, el aumento de la xenofobia y las políticas conservadoras últimamente amenazan con socavar el sistema progresista del país y el enfoque más liberal sobre los crímenes. El Partido del Progreso anti-inmigración, que forma parte del Gobierno conservador, está fomentando un ataque contra lo que se conoce como “navegar” [naving] o aprovecharse del Estado del bienestar (NAV son las siglas que designan la Administración del Trabajo y el Bienestar de Noruega). Hace unos años, un periódico local afirmó que el 80% de los noruegos quiere que haya castigos más estrictos, y un sondeo de 2010 mostró que una mayoría pensaba que los castigos eran en general demasiado indulgentes.

“Son vuestros medios los que también son responsables”, afirma Tom, mordisqueando una tostada de pan integral con queso marrón. “La televisión estadounidense muestra estrictas prisiones y habla sobre ser ‘implacables con el delito’. Esto afecta a la gente de aquí. No obstante, y por suerte, esto ha empezado a cambiar. Toda la mala prensa de los últimos años ha hecho que dejemos de tomaros en serio. Especialmente en época de elecciones. En los discursos políticos, ¿a qué vienen esas referencias bíblicas en un país laico? ¿Y Sarah Palin? La gente se ríe… y también llora. ¿Es este un país a imitar?”.

Suspiro. Es preocupante la forma en que los medios pueden hacer y deshacer el problema. Es lo que digo, y añado que la cultura del miedo consiste en echar las culpas. Le explico un poco sobre mi experiencia australiana y los medios de Murdoch.

“Sí”, coincide Tom. “Habla con la gente en una fiesta y todos los idiotas (con perdón) insistirán en que hay más delincuencia de la que hay. Las estadísticas dicen que no hay nada que temer”.

No hay nada que represente mejor el estilo noruego que su sistema penitenciario.

Le cuento a Tom que un estudio alemán sobre los permisos penitenciarios reveló que los porcentajes de fuga ascienden a un mero 1%.

“Exactamente”, asiente Tom. “Aquí ha habido casos de presos que han cometido delitos estando de permiso, pero muy pocos. No se puede construir todo un sistema de justicia en torno a una o dos excepciones”.

“Le digo a la gente que estamos liberando a vecinos cada año. ¿Quieres que los liberemos como bombas de relojería? ¿Es eso lo que queréis tener como vecinos? Eh” —aparta su tostada— “¿has visto la película sobre el carcelero de Attica, en Nueva York?”.

Un reciente documental finlandés describe el turno de un antiguo superintendente de Attica en Halden, otra cárcel de Noruega centrada en la rehabilitación. Donde los oficiales noruegos ven rehabilitación y corrección, los estadounidenses veían riesgo y peligro. Mientras que la interacción de los trabajadores de Halden con los presos —jugando a las cartas, por ejemplo— es una parte imprescindible de la ideología de Halden, el superintendente americano cuenta que eso no está permitido en la cárcel de Attica.

Como respuesta, Tom comenta: “¿Cómo puedes ayudar a los presos si no compartes con ellos nada sobre ti, sobre tu vida y tus hijos? Los hombres de aquí conocen a mis hijos, mi dirección, todo. ¿Por qué iba a tener miedo?”.

Bjorn, de 54 años, fue condenado cinco años y medio por intento de asesinato. Posa frente a la casita de madre donde vive en la prisión de Bastoy, el 12 de abril de 2011.| MARCO DI LAURO VIA GETTY IMAGES

Si llegó a haber una utopía, Noruega tiene la fama de serlo. Es una sociedad del bienestar rica en petróleo —el Estado proporciona casi por completo una educación de alta calidad, sanidad y atención infantil— con una larga cultura de igualdad, seguridad y pensamiento comunitario. En vez de en la servidumbre o en una sociedad feudal, durante siglos la economía noruega se basó en pequeños pueblos y autogobiernos locales democráticos; los títulos nobiliarios se abolieron hace 200 años y nunca ha habido una distinción de clase superior. El clima y la geografía de Noruega limitaron la inmigración y la cohesión se fortaleció por la uniforme población del país.

No hay nada que represente mejor el estilo noruego que su sistema penitenciario, que ha adoptado un “principio de normalidad”, según el cual el castigo es la restricción de la libertad por sí misma y que ordena que nadie debe cumplir su condena bajo condiciones más estrictas de lo que se requiera para la seguridad de la comunidad.

El criminólogo John Pratt resumió el enfoque escandinavo usando el término “excepcionalismo penal”, en referencia a las bajas tasas de encarcelamiento de esos países y a las condiciones humanas en prisión. Las cárceles son pequeñas: la mayoría alberga a menos de 100 personas y algunas, a sólo un puñado de personas. Están diseminadas por todo el país, que mantiene a los presos cerca de sus familias y comunidades, y están diseñadas para asemejarse lo máximo a la vida del exterior.

Los reclusos siguen contando con una sanidad, una educación y otros servicios sociales aunque estén en la cárcel. El modelo importado en Noruega conecta a las personas en la cárcel a las mismas organizaciones de bienestar que el resto de ciudadanos y crea lo que se llama una condena coherente, lo que significa que una persona pertenece al mismo municipio antes y después de pasar por prisión. Aquí las condenas son cortas, de una media de ocho meses, sobre todo si se comparan con Estados Unidos, donde las condenas duran de media 4,5 años. Casi nadie cumple toda su condena, y cuando se completa un tercio de ella, el preso puede solicitar permisos para ir a casa y pasar hasta la mitad de su condena fuera de las instalaciones.

El aspecto más publicitado del sistema penitenciario humano de Noruega es el hecho de que parece que funciona. Las tasas de criminalidad son muy bajas y la tasa de reincidencia apenas llega al 20%.

El aspecto más publicitado del sistema penitenciario humano de Noruega es el hecho de que parece que funciona.

Tras mi visita, mientras esperaba a la furgoneta amarilla que me llevaría de vuelta al barco y a Oslo, un hombre con un paleto partido se me puso enfrente.

“¿Eres de América?”, preguntó. “Debes pensar que aquí estamos locos, ¿no?”. Y sin dejarme contestar, prosiguió.

“Pero si tratas a la gente como una mierda, serán una mierda. ¿Por qué América no lo pilla? Es gracioso, porque Tony Robbins es muy inteligente y es de Estados Unidos”. Se refería al gurú de la autoayuda, autor de libros como Poder sin límites. El hombre soltó una risa nerviosa.

“¿Qué está usted haciendo aquí?”, le pregunté. En su parka azul se podía leer la palabra ‘INGENIERÍA’, así que di por hecho que estaba reparando algo.

“¿Yo? Estoy aquí sentado. Voy al médico, porque quizás me trasladen a otra cárcel abierta. Creo que estoy desarrollando una alergia a los caballos”.

Ah, que está aquí en la cárcel. No tenía ni idea.

Mi propia ingenuidad me pareció algo emotivo. Él y yo éramos seres humanos. Como en mi encuentro con los marineros Wiggo y Caro, nuestra interacción —casual y normal— contrastaba con las muchas entrevistas en cárceles que he hecho en los últimos años; es un borrado total de las fronteras entre el “nosotros” y el “ellos”.

De vuelta al continente fue hablando conmigo como si fuera un viejo amigo y me contó que antes trabajaba en el petróleo y que viajaba por todo el mundo y que, aunque gracias a los permisos podía mantener una relación estrecha con su familia y su comunidad, cuando volviera a casa el próximo año, no iba a ser fácil recolocar todas las piezas.

“Aun así tengo esperanza. En la cárcel puedes elegir entre mirar al cielo o mirar al musgo del suelo. Y yo miro al cielo”.

Este es un extracto modificado de ‘Incarceration Nations: A Journey to Justice in Prisons Around the World’ (Other Press Hardcover; 2016), de Baz Dreisinger. Copyright © Baz Dreisinger. Con permiso de Other Press.

Este reportaje fue publicado originalmente en 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Marina Velasco Serrano

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