INTERNACIONAL
15/03/2018 07:50 CET | Actualizado 15/03/2018 12:10 CET

Síndrome de resignación: el extraño coma de los niños refugiados en Suecia

De la noche a la mañana quedan apáticos, inmóviles, mudos, prácticamente en coma, como si algo se rompiera dentro de ellos. Y no pasa en ningún país más.

Se le llama síndrome de resignación o de Blancanieves. Definirlo es complicado, por más que los médicos lleven dos décadas enfrentándolo. Básicamente, es un mal que ataca sólo a niños y adolescentes que, de la noche a la mañana, quedan apáticos, inmóviles, mudos, prácticamente en coma, como si algo se rompiera dentro de ellos. Menores que son migrantes, refugiados, miembros de minorías perseguidas que han tenido que escapar de sus países. Chavales que llegan a Suecia, sólo a Suecia. No hay ningún otro lugar en el mundo en el que se haya detectado el uppgivenhetssyndrom. Entre los pacientes hay chiquillos procedentes de la antigua URSS, de la extinta Yugoslavia y ahora, también, sirios, huidos de la guerra que esta semana cumple siete años. Los más vulnerables.

La primera vez que se informó de un caso de "niño apático", como inicialmente se les llamaba, fue en 1998. Cuando mejoraron los protocolos de detección, los pacientes se multiplicaron, unos 400 sólo entre 2003 y 2005. Los datos más recientes aportados por la Junta Nacional de Salud de Suecia constatan 169 casos entre 2015 y 2016, cuando más refugiados llegaron (más de 350.000). Lo único comparable de que se tenía noticia hasta entonces eran los casos de personas recluidas en campos de extermino nazis, en la Segunda Guerra Mundial, que se bloqueaban y rechazaban el horror dejándose ir, pero entonces eran los adultos los afectados.

Para encontrar la primera referencia científica hubo que esperar hasta 2005. Entonces, Göran Bodegård, director de la unidad psiquiátrica para niños del Hospital Universitario Karolinska de Estocolmo, publicó un artículo en la revista Acta Pædiatrica, en el que explicaba que los pacientes aparecen "totalmente pasivos, inmóviles, carentes de tono, retraídos, mudos, incapaces de comer y beber, incontinentes y sin reaccionar ante los estímulos físicos o el dolor". Es como un "querer morir", en niños que no tienen de origen ni problemas físicos ni neurológicos. En este centro saben bien de lo que hablan porque han llegado a tener toda la sala de psiquiatría infantil tomada por chicos con síndrome de resignación.

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David Ramos / Getty Images
Niños llegados de Irak, en un complejo habilitado para darles cobijo en Tylosand, Suecia, en 2016.

Un trauma doble

La psicóloga belga Emma Feytons, investigadora de traumas de guerra y que se está desplazando a aquel país para analizar este fenómeno, explica que tras arduos debates, los sanitarios han llegado a la conclusión de que este mal puede ser una "respuesta a un doble trauma": el pasado de "violencia, persecución y pobreza" que arrastran los niños refugiados, sumado a un detonante extra, "que se da en muchos casos pero no en el 100%" de ellos, como es el mazazo que supone para ellos la comunicación oficial de que no se les concede la residencia o el permiso de estancia en Suecia, "cuando ya están en proceso de integrarse en su nueva realidad y cuando, sobre todo, han alcanzado una garantía de seguridad que les es vital".

Sin embargo, reconoce que es "imposible" definir una causa exacta y, menos aún, aclarar por qué no se da en otros países. "La explicación más plausible es que hay ciertos factores socioculturales que son necesarios para que se desarrolle este trastorno", afirmó meses atrás a la BBC Karl Sallin, otro doctor del mismo hospital, el principal en el estudio de esta enfermedad. No puede afinar más. Respecto a por qué no afecta a los mayores, Feytons explica que hay "una especie de interruptor en sus cabezas que lo impide: un adulto no se puede permitir entrar en coma si tiene personas a su cargo por las que pelear, sean hijos, padres, sobrinos... Muchas familias han viajado sufriendo lo indecible hasta llegar a Suecia y tienen que cuidarse unos a otros". Los niños, no. "Ellos han visto y ven, hay cosas que entienden y cosas que no, por ellos pasa todo y llegan un momento en el que colapsan. Los adultos pueden sufrir depresiones, autolesionarse y hasta intentar el suicidio, de eso hay mucho en los campos de refugiados, pero en ellos no se ve este bloqueo".

Sí se pueden ir marcando algunos rasgos coincidentes en la mayoría de casos: los pacientes suelen tener entre 7 y 18 años (antes no son tan conscientes de lo que ocurre alrededor), van perdiendo progresivamente su salud (dejan de caminar, de hablar, no abren los ojos, no pueden comer más que por sonda, necesitan pañales... aunque su apariencia es de una persona sana, dormida); no son inducidos por sus padres ni son casos fingidos como medida de presión para lograr el asilo ("los casos falsos se cuentan con los dedos de mis manos", sostiene la investigadora), y los letargos llegan a durar hasta dos años, en alguna ocasión con recaídas. Aunque hay algunos casos de críos recién llegados al país, la mayoría de los afectados ya llevan muchos meses o incluso años en Suecia, van al colegio, hablan el idioma. También se sabe que estos niños sobreviven, pero el seguimiento de los casos es desigual y no hay datos sobre su salud y calidad de vida posterior.

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Un niño afgano descansa en un albergue temporal en Halmstad, Suecia, en 2016.

La seguridad, esencial

En el año 2013, el Gobierno de Estocolmo editó una guía para conocer mejor el fenómeno y concluía que lograr el permiso de residencia servía para que la mayoría de los chicos despertasen. Están documentados episodios en los que, meses después de que la familia reciba la noticia de que se puede quedar en zona segura, el niño ya siente esa seguridad y se recupera. "El mundo les ha dado la espalda y ellos le dan la espalda al mundo y se meten en su caparazón, porque sienten que ya sus padres o abuelos no los pueden proteger. Un permiso de estancia es la esperanza y, si se les logra transmitir, parece que funciona", indica la psicóloga belga, que trata de analizar si en su país pueden darse casos similares.

No obstante, como tampoco el asilo es una garantía total de curación, hay especialistas que se están centrando más en tratar el trauma pasado para recuperar a los chavales. Así trabajan en centros en entornos rurales, que separan a los niños de sus padres, no les hablan del proceso administrativo de asilo y, en cambio, los estimulan para que revivan sus sentidos, para que recuperen su vínculo con la vida. Mientras se da con la tecla, queda atenderlos al máximo: ejercicios para mantener el tono muscular, mucha conversación, estímulos como juguetes, muñecos y música, paseos al aire libre... Hay que probarlo todo, cuando hay miles de niños clavados a una cama.

Suecia, en estos 20 años de síndrome de resignación conocido, ha permitido a las familias quedarse en el país mientras su hijo estuviese enfermo, su actitud ha sido de ayuda. Es ahora, con la llegada de más solicitantes de protección, cuando ha restringido las leyes y lleva casi tres años endureciendo los criterios. Fue muy difundido el caso de una anciana afgana de 106 años a la que se le denegó el asilo afirmando que su país ya era zona segura y podía regresar. La BBC sostiene que se dan visas de 13 meses o de tres años, temporales, no de por vida. Ese nerviosismo por el futuro es el que acaba rebosando en algunos menores.

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