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06/11/2015 07:00 CET | Actualizado 05/11/2016 10:12 CET

La universidad mutilada

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Trinchera en la Ciudad Universitaria de Madrid durante la Guerra Civil/EFE.

La universidad, principal factoría del conocimiento, tiene un papel protagonista en la actual sociedad del conocimiento, por lo que su organización y fines son objetos de debate. No obstante, los numerosos estudios y artículos que se le están dedicando en los últimos tiempos, a menudo olvidan que la universidad española no es sólo lo que los universitarios son y hacen hoy, sino lo que hicieron los del pasado reciente.

Como indicamos en un artículo previo, tras recibir el impulso Giner de los Ríos y la Institución, la universidad y la investigación española salieron de su letargo en los años treinta del siglo pasado. No obstante, este despertar fue brutalmente interrumpido por la sublevación del 18 de julio de 1936. El final de la Guerra Civil no significó el fin de las hostilidades, sino que dio lugar a una nueva batalla que comenzó con un decreto de abril de 1939, año de la victoria franquista, en el que se cesó a los catedráticos que no habían destacado por su apoyo al nuevo régimen. Durante los años cuarenta y cincuenta, los tribunales de cátedra fueron los encargados de asegurar la ortodoxia política de los varones y la ausencia de mujeres entre el profesorado universitario en una de las etapas más vergonzantes de la universidad española.

Un caso paradigmático es el de Enrique Moles, catedrático de Química Inorgánica y Analítica, excelente investigador y profesor. Exiliado tras la guerra, a pesar de tener invitaciones para continuar su carrera investigadora en universidades alemanas, atendió ingenuamente la invitación a regresar a España que el Gobierno franquista hizo en 1941. Fue detenido nada más pisar suelo español, posteriormente sometido a un consejo de guerra en el que se pidió para él la pena de muerte y condenado sólo a cadena perpetua. Finalmente fue liberado al cumplir sesenta años, pero no se le permitió volver a formar parte de la universidad, una injusticia para quien no dejó de publicar artículos científicos ni cuando estaba en la cárcel. Si el talento de Moles se dilapidó, la tarea investigadora realizada en Estados Unidos por Severo Ochoa, el discípulo más brillante de Juan Negrín, fue reconocida con la concesión del Premio Nobel de Medicina en 1959. Ello le dio una gran notoriedad, pero hay que recordar que hay muchísimos más científicos cuyos talentos fueron aprovechados en los países que los acogieron. Por ejemplo, la universidad y el sistema de ciencia y tecnología de México, el país más generoso con los exiliados españoles en general y con los científicos en particular, se vieron extraordinariamente enriquecidos con su trabajo. Se ha escrito mucho sobre los pensadores, escritores, artistas y políticos exiliados tras la guerra, pero apenas se habla de los científicos, a pesar de que para la investigación española, la guerra y la victoria franquista fueron una hecatombe de la que aún nos estamos recuperando.

Otras de las grandes olvidadas cuando se habla de las víctimas de la Guerra Civil son las mujeres, pero no sólo las encarceladas o ajusticiadas, sino las que desempeñaban una profesión cualificada. Empiezan a ser conocidas algunas políticas, escritoras y periodistas, pero lo son mucho menos las jóvenes profesoras universitarias. Es el caso de las numerosas discípulas de Moles y de otros científicos eminentes del Instituto Nacional de Física y Química, como Miguel Catalán, el físico español que más cerca estuvo de obtener el premio Nobel. Tras la victoria franquista del 39, estas mujeres vieron cercenada su carrera y las siguientes generaciones de mujeres nos quedamos huérfanas de su ejemplo.

Cuando nada pareció poner freno a tanta ignominia, solo el Partido Comunista de España siguió representando un poco de esperanza para los vencidos. Gracias a él, el movimiento obrero siguió vivo durante toda la posguerra y también en parte gracias a él, la universidad que había expulsado a sus miembros más brillantes, esa universidad mutilada, volvió a tener un gran protagonismo en la década de los sesenta. En ella se gestó uno de los movimientos más activos de oposición al régimen franquista apoyado por el Partido Comunista y otras organizaciones de izquierdas. Las movilizaciones estudiantiles comenzaron en España en los años sesenta, como en el resto de Europa, pero aquí tuvieron una gran resonancia por su ruidosa oposición al régimen. Un factor adicional fue que el acceso a la universidad había dejado de ser el privilegio de unos pocos porque la amplia clase media, surgida tras los planes de desarrollo, decidió enviar a la universidad no sólo a sus hijos sino también a sus hijas. De esta forma, la universidad se convirtió el banco de pruebas del sistema democrático y en el principal vivero de donde salieron la mayor parte de los protagonistas de la transición al régimen democrático que tuvo lugar en España durante el último cuarto del siglo XX.

Este post fue publicado originalmente en Diario de Sevilla

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