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19/03/2013 08:15 CET | Actualizado 18/05/2013 11:12 CEST

El Bajo Imperio de Vladímir Putin

Aunque sin la intensidad ni el glamuroso apogeo de la guerra fría, la kremlinología sigue llenando los medios de conjeturas y análisis destinados a entender el país más grande del mundo. Estas son algunas de las teorías más atractivas de la temporada.

La kremlinología es la pseudociencia que explica lo que ocurre entre los muros del Kremlin. Data de finales de los años veinte, cuando los analistas occidentales, basados en informaciones parciales y testimonios de exiliados políticos, intentaban descifrar cómo un don nadie como Stalin había conquistado el poder absoluto. Aunque sin la intensidad ni el glamuroso apogeo de la guerra fría, la kremlinología sigue llenando los medios de conjeturas y análisis destinados a entender el país más grande del mundo. Estas son algunas de las teorías más atractivas de la temporada.

1. Rusia se acurruca en sus ideas

Pese a Siria, el escudo antimisiles y otros quebraderos, Moscú prefiere concentrarse en construir una Unión Euroasiática que recuerde a la URSS, dejando las aventuras para situaciones de emergencia. Aquello de restablecer el papel de potencia mundial ha pasado a segundo plano. Ahora lo que importa es la patria, el espíritu, la moral, el yo. En su último discurso del equivalente ruso al Estado de la Nación, Vladímir Putin habló de patriotismo y raíces históricas sin referirse casi al extranjero. Estaríamos en el otoño del putinismo, donde conviene defender lo ganado, garantizar la supervivencia de la nación con el apoyo incondicional de la Iglesia Ortodoxa y reivindicar al viril ruso de provincias frente a la intelligentsia que alborota las ciudades con ideas foráneas. Prohibir las adopciones de niños rusos por ciudadanos estadounidenses (como respuesta a la Ley Magnitsky en EEUU) sería un síntoma de esta terquedad nacionalista.

Putin amaga con darle un guantazo al sacerdote que quiso besarle la mano. Telegraphtv/Youtube.com

2. Miedos primaverales

Acosado por el fantasma de una "primavera eslava" (despuntada en las fuertes movilizaciones de 2012, las mayores desde el fin de la URSS), Putin vive fortificando su castillo. Durante su nuevo mandato se han aprobado leyes que penalizan la difamación, prohíben la "propaganda homosexual" y consideran "agentes extranjeros" a las ONG que reciben dinero de fuera, posibilitando su juicio por "alta traición". Entre muchos otros, el caso de las Pussy Riot se ha convertido en el ejemplo más vistoso de la tolerancia cero contra la subversión. Putin también ha cementado la lealtad de los siloviki (órganos de seguridad) doblando los salarios en el ministerio del Interior y el aparato militar y subiendo un 40% el del servicio secreto. Y volverá a elegir a dedo a los 83 gobernadores regionales de Rusia. Para cerrar el círculo, el Kremlin puede interceptar sin orden judicial las telecomunicaciones del país mediante el poderoso sistema SORM-3 e incluso coquetea con la quimera de ponerle fronteras a internet. Las escuchas se han duplicado en cinco años.

3. La élite se revuelve

El país sería regido por una decena de hombres supervisados por el presidente, cuyo papel es el de proteger privilegios y dar luz verde. A este supuesto órgano se le llama "Estado interior" o "Politburó de Putin", y sus juegos de poder siguen el método clásico de utilizar los escándalos de corrupción como excusa para purgar y equilibrar clanes. En esta maraña de vídeos comprometedores y renuncias inesperadas, dos nombres suenan al alza: Sergei Sobyanin, alcalde de Moscú, y Sergei Shoigu, nuevo ministro de Defensa (el anterior fue barrido por un caso de corrupción). Debilitado está el premier Medvedev, cuya cabeza puede rodar esta primavera. Tanta actividad es percibida como una pérdida de poder del propio Putin, desgastado por años de cribas. Para reafirmar su control de la nomenklatura, el presidente ha propuesto prohibir a los altos funcionarios rusos poseer cuentas en el extranjero y exigirles una declaración completa de bienes inmobiliarios.

4. La oportunidad de Sochi

El Kremlin ha colocado frente a sus muros una inmensa cuenta atrás hacia las Olimpiadas de Invierno de 2014, que se celebrarán en Sochi, enclave vacacional de lujo donde se puede llegar a la playa sin quitarse los esquís. Sochi promete dar mucho de qué hablar, y no sólo en materia deportiva, pues: (a) Está a 300 millas de Chechenia, lo que disparará la obsesión nacional por la seguridad. Y (b) Las obras, participadas por una mafia poderosa y en era de turbulencias, crecen plagadas de corrupción y casos de explotación laboral. Ya son las Olimpiadas más caras de la historia. Costarán 36.000 millones de euros: más que Beijing, el triple que las de Londres.

5. La economía

Rusia es el mayor productor mundial de petróleo y el segundo de gas, pero esa es prácticamente su única baza: salvación y condena a un tiempo. Cuando Putin llegó a presidente, el petróleo y el gas rondaban el 40-50% de las exportaciones rusas. Hoy suman dos tercios, haciendo de su economía una esclava de los precios internacionales. Los anunciados esfuerzos modernizadores para reducir esta dependencia, ejercidos por la vertical del Estado, arrojan un saldo pobre: mientras en la Unión Europea las pequeñas y medianas empresas alcanzan el 40% del PIB, en Rusia representan el 15%. La seguridad jurídica tampoco está de buen ver: Rusia ocupa el puesto 112 de 185 en el índice Doing Business del Banco Mundial. Por eso Moscú contrató a Goldman Sachs para limpiar su imagen empresarial y atraer dinero extranjero, sin olvidar los reportajes propagandísticos que cuela en medios de primer orden.

De acuerdo a estas y otras teorías, Rusia huele a bajo imperio: una máquina concentrada no en evolucionar o expandirse, sino en mantenerse unida por un corsé de espaldas al mundo. Sin demasiado éxito: el 70% de los rusos cree que su Gobierno es ineficaz y sólo un 35% confía en el Parlamento, aunque más de la mitad (57%) dice preferir un "líder fuerte" a la democracia. Todavía queda mucho invierno que atravesar.

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