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16/06/2014 07:19 CEST | Actualizado 15/08/2014 11:12 CEST

Por una gran coalición

Cuando se debate sobre quién presidirá la próxima Comisión Europea, conviene evitar que los árboles nos impidan ver el bosque. Es importante insistir en que el nombramiento recaiga en quien ganó los comicios, pero es aún más relevante conseguir que la Comisión sea útil a la UE.

Cuando se debate sobre quién presidirá la próxima Comisión Europea, conviene evitar que los árboles nos impidan ver el bosque, aunque no sea fácil conseguirlo. Me explico.

Por supuesto que es importante insistir en que el nombramiento por el Consejo Europeo de un candidato a presidir la Comisión recaiga en quien ganó los comicios y es respaldado por la mayoría del nuevo Parlamento: Juncker.

No podemos consentir que los resultados electorales no guíen la decisión del Consejo Europeo y menos aún que se repita la situación vivida en 1999, cuando los gobiernos euroescépticos impidieron que Dehaene (que había sido primer ministro belga y ha fallecido hace unos días) fuera propuesto como presidente de la Comisión por haber cometido el delito de ser un europeísta convencido.

Pero es aún más relevante conseguir que la Comisión que encabece sea útil a la UE para aprovechar un momento de gran oportunidad para seguir avanzando.

Sí, porque vivimos una coyuntura en la que se conjugan muchos elementos para que la Unión continúe profundizándose políticamente: la crisis de 2008 ya no pone ni de lejos en peligro la estabilidad de la zona euro, se atisba un cierto crecimiento económico, el Banco Central Europeo es capaz de tomar decisiones tan adecuadas como impensables hace tiempo y, sobre todo, existen los números necesarios para equilibrar la austeridad con otras medidas favorables, en primer lugar, a la creación de empleo.

¿Cuáles son esos números? Los que nos dicen que, poco a poco, los socialistas han ido recuperando posiciones de gobierno, hasta el punto de que casi una docena de primeros ministros pertenece a esa familia política, que también forma parte de gobiernos de coalición presididos por democristianos o liberales.

Ha llegado, por lo tanto, el momento de reorientar la política económica europea para, sin abandonar el concepto de austeridad, contribuir desde lo público (en el nivel comunitario y en el nacional) a que el crecimiento sea mayor, se reduzcan sensiblemente las tasas de desempleo (sobre todo en el sur) y se recupere la fortaleza del estado del bienestar que caracteriza nuestro modelo social.

Por cierto, estado del bienestar que ni mucho menos ha desaparecido. Como afirmaban reconocidos expertos en un reciente simposio sobre la cooperación China-UE-España organizado por la Fundación Alternativas, en la UE sigue dedicándose el 25% del PIB a financiar el estado del bienestar, y dicho gasto representa el 40% del total mundial dedicado a lo social. El welfare ha recibido golpes pero sigue incólume, no nos engañemos a nosotros mismos y no demos armas al adversario.

Pues bien, ese programa favorable a más Europa social solo podrá ser llevado a la práctica a través de un plan para el próximo mandato que sea compartido por el Parlamento Europeo, la Comisión y el Consejo en el terreno de las instituciones, y por las grandes familias europeístas en el ámbito ideológico, es decir, los populares, los socialistas y los liberales.

De ahí la importancia de elegir una Comisión Europea de gran coalición, como acaba de proponer sin pelos en la lengua el candidato socialista a presidirla, Martin Schulz, que desea que la encabece Juncker por haber ganado las elecciones y de la que seguramente formará parte.

Es lo lógico y es, seguramente, lo que desean millones y millones de votantes progresistas: que los partidos socialistas sigan comprometidos con la construcción europea desde posiciones de gobierno que les permitan modular las políticas económicas y sociales de la Unión en beneficio de las grandes mayorías.

Si actúan así, los socialistas recuperarán a los votantes perdidos. Si se quedaran fuera de la gestión diaria, otros gritarán siempre más que ellos.

Probablemente, esa fue la grandeza del discurso de Rubalcaba en el debate sobre la Ley Orgánica de Abdicación: entender que sólo actuando como partido constitucional y de gobierno podrá ser reconocible el PSOE. Y me da la impresión de que su posición será recompensada en las urnas con el paso del tiempo.